Todavía la justicia no se quiere dar cuenta de que lo que consiguen es ampliar y perpetuar el conflicto familiar más allá del lugar que puede servir de punto de inflexión para el inicio de un comportamiento responsable con quien es más importante, el menor.
Debemos tener claro que son los adultos y sólo ellos, los que tienen el conflicto que no pueden o no desean resolver y solicitan el divorcio. Por tanto, la cuestión de los hijos es otra. Eso sí, suele ser un problema añadido porque uno de los progenitores desea que un nuevo conflicto, los hijos, porque desea salir del juzgado como ganador del pleito. Esto no es más que cobardía. A un problema de pareja que no supo resolver, añade una victoria sobre el otro progenitor, con lo cual le sirve como dosis tranquilizadora respecto de su fracaso como pareja. Y es verdad, si una pareja se divorcia, es que ha fracasado en su relación de pareja pero, han fracasado los dos por igual.
Bien, pues como decía, los jueces no quieren ver que los adultos que piden el divorcio, tienen un problema de adultos y uno de los dos ha incluido a los hijos en medio del conflicto, como reto personal a su fracaso como pareja, potenciando diferencias que los hijos nunca provocaron. Es el adulto irresponsable con sus hijos el que la provoca y además su condición humana se torna cruel, como una lacra.
Pedro Cruz Montesdeoca – Gran Canaria - 12 de marzo de 2010