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Nada nuevo bajo la salsa del Tomate

Sevilla Actualizado 28/11/2008 20:39

Cada vez que Tomatito toca en Sevilla acuden sus feligreses como cuando los obispos visitan los pueblos pequeños: para recibir su bendición. El gitano de Almería, que toca la guitarra con la misma naturalidad con la que anda, sabe que su pellizco cotiza al alza por lo que siempre viene con lo mismo a la tierra donde el Niño Ricardo creó el toque flamenco moderno.

Manuel Bohórquez

Cada vez que Tomatito toca en Sevilla acuden sus feligreses como cuando los obispos visitan los pueblos pequeños: para recibir su bendición. El gitano de Almería, que toca la guitarra con la misma naturalidad con la que anda, sabe que su pellizco cotiza al alza desde hace años, se siente mimado y siempre viene con lo mismo a la tierra donde el Niño Ricardo creó el toque flamenco moderno.

¿Quién quiere que traiga algo nuevo, si lo suyo de toda la vida es de un sabor que cuando acabas de escucharlo tocar parece que te acabas de embuchar una tabla de jamón de pata negra en El Rinconcillo? ¡Qué sabor más gitano tiene el Tomate! Y compás para poner un puesto en el Mercado de la Feria, donde acabaron vendiendo pipas algunos flamencos de relumbrón. Que creen los demás, dirá el Tomate, que se trajo la misma orquesta de la última vez, un cuadro que ya es como de la familia: cuatro gitanos sin problemas de alopecia, con voces desgarradas y algo divergentes, en el caso de los cantaores (Morenito de Íllora y Simón Román), un bailaor que haría carrera en Rusia (Joselito Maya) y un instrumentista (Diego Amador) que es capaz de sacarle al bajo eléctrico la confesión de la muerte del Espartero.

Que curren ellos, diría el Tomate, que de los ochenta minutos que estuvo tocando, cincuenta se los pasó acompañando a los acompañantes. ¡Menudo concertista de guitarra! Algunos echaron de menos una buena taranta, una buena rondeña y una buena granaína. Yo eché en falta otra cosa: un barril de mosto del Caimán y una cazuela de garbanzos de la Escalera.

El toque de Tomatito no es para un teatro; es para una bodega del Aljarafe, para echar un buen rato en la casa bormujera de Girón con algunas tablas de morcilla y tocino entreverao puestas en una mesa de tijeras. El concertista de guitarra es otra cosa; es alguien que compone y que lo hace de tal manera que sueñas en la butaca con tocar como él. Tomatito, en cambio, acaricia la guitarra como Butragueño jugaba a la pelota: como si estuviera en el patio de su casa.

Suena a Paco de Lucía y parece como si la voz de Camarón se hubiese metido en su guitarra; sus alegrías saben a vino viejo en vez de a sal de La Caleta y sus bulerías, de las que nos dio una suculenta ración, podrían ser perfectamente el himno del pueblo gitano. Es la salsa del Tomate, la de siempre, la que consigue que el flamenco te atraviese la piel con la facilidad con la que el sol cruza la espesa niebla. Ya no hay guitarristas de concierto, ¡qué lástima! Ahora tenemos a guitarristas como el Tomate o Gerardo Núñez, que en vez de ponerse a crear cosas nuevas y a perfeccionar la técnica, se van con los galgos a una vega o se ponen a sembrar cepas para hacerse su propio mosto. ¡Qué flamencos!


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