-Usted nació tres años antes de la muerte de Tito. ¿Qué diferencia a su generación de la de sus padres, que sí vivieron de lleno la dictadura?
-Por lo general fuimos más abiertos de mente, y más liberales, por haber crecido en el sistema político de los años 80, muy diferente del anterior, que nos permitió acceder a muchas cosas nuevas: música, películas... Recuerdo que desde los Juegos de Invierno de Sarajevo, en 1984, hasta comienzos de los años 90, había un optimismo que nos llevaba a pensar que las cosas iban a cambiar del todo. La guerra destruyó esos sueños: fuimos de lo más alto al abismo.
-Usted tenía 15 años, ¿La guerra le hizo escritor?
-En cierto modo sí. La guerra cambió nuestras vidas, el paisaje político y cultural. Nada sería lo mismo a partir de entonces. Y es muy difícil rehuir todo eso cuando empiezas a escribir. Yo lo intenté, desde luego, hasta que en mi segunda novela, cuando ya estaba viviendo en París, sentí que algo me tocaba la espalda y me decía: "Eh, tienes que enfrentarte a todo esto. Tienes que volver sobre aquello que has dejado atrás..."
-Es curioso que en sus novelas su tierra esté siempre presente, pero desde puntos de vista externos: Italia, Viena...
-Cuando asumí que quería volver sobre mi país, supe también que quería hacerlo con ojos diferentes. Quería mirar con los ojos de un extranjero . Es más fácil para mí, por lo traumático que puede ser enfrentarte a todo eso desde dentro. Pero también me ayuda a redescubrir el país que dejé atrás. Cuando vives en el extranjero, descubres cosas que antes no veías. Ivo Andric solía decirlo: "puedo ver a Bosnia mejor desde fuera".
-¿Es por eso que la mayoría de los escritores que salieron de la ex Yugoslavia no regresan?
-El exilio tiene esa dificultad añadida: pasa el tiempo y, al tiempo que empieza tu nueva vida en otro lugar, tu viejo país está cambiando, se vuelve diferente. Y puede suceder que la nueva tierra no llegue nunca a ser un hogar, en tanto la tierra de origen se vuelva extraña. Y tú vives entre una y otra, en mitad de ninguna parte. Es lo que le ha sucedido a Aleksandar Hemon, a Dubravka Ugresic... Por otro lado, sí hay algunos que están volviendo: el cineasta Danis Tanovic, el músico Goran Bregovic, también está allí, Predrag Matvejevic volvió a Zagreb... Veinte años después de la guerra, para muchos es hora de volver a casa.
-¿Cómo se lleva con los demás escritores de la antigua Yugoslavia?
-Mis libros están publicados en todos los países yugoslavos, lo que indica que ese espacio está bien comunicado. Nos leemos perfectamente los unos a los otros, usamos la misma lengua, y algunos incluso hemos hecho carrera internacional. Tengo una amistad fuerte sobre todo con Hemon, especialmente cuando viví en Chicago; y con Aleš Debeljak, un poeta esloveno que ha sido traducido al catalán, y no sé si al castellano...
-Escribir en croata, ¿es para usted un acto de militancia, una toma de posición?
-Trato de distinguir entre mi trabajo literario y mi labor académica. Lo primero lo desarrollo en mi lengua materna, mientras que la segunda la hago mejor en francés o inglés. Mi cerebro ha aprendido a separar ambas cosas muy bien. Admiro a gente como Kundera, o el mismo Hemon, por el coraje de esa decisión de cambiar de lengua, pero en ese paso se corre el riesgo de perder el estilo.
-Marco Vesovic, profesor de la Universidad de Sarajevo, decía que la de los Balcanes era la única guerra de la Historia planteada y dirigida por escritores. Pero no fue la única, ¿no?
-¡No, no, acordémonos de Goebbles! Pienso en Karadzic, pienso en Tudjman, que estaban muy orgullosos de ser escritores, o de pensar en sí mismos como escritores... Pienso en Dobrica Cosic en Serbia e Ivan Aralica en Croacia. Pero hubo muchos más. Deberíamos examinar el papel de tods esos escritores preparando la guerra, fomentando el activismo, buscando motivaciones para la comisión de los crímenes. Desgraciadamente, no hay tribunales para escritores. Pero hay una responsabilidad en la gente que usó los medios de comunicación y la escritura para la propaganda... Usaron la tinta como munición.
-Cuando en España se disparan las tensiones autonómicas, se habla de riesgo de "balcanización". ¿Basta con una mala vecindad para prender un conflicto armado?
-Desafortunadamente, los Balcanes se han llevado una mala reputación, y representa la idea de un lugar partido en muchos pedazos... Antes yo quería creer en una "iberización" de Yugoslavia, lo necesitábamos. Necesitábamos soluciones pacíficas y políticas para nuestros problemas, no el desastre que vino. Lo único que deseábamos era ser como los demás. Pero cuando ves lo que pasa hoy en Bélgica, Gran Bretaña o España, o en cualquier otro lugar del mundo... En todo caso, me gustaría convencerle de que la balcanización no es la única característica de los Balcanes [risas].
-En muchas novelas escritas después de la guerra, aparece como algo muy importante la memoria, una memoria que parece muy frágil. Sabrá que en España seguimos discutiendo sobre memoria, 60 años después...
-La memoria es muy importante, siempre que no te haga completamente esclavo de ella. Es importante saber qué pasó, y tener toda la información. Pero, por otro lado, tienes que salirte del modo pasivo, entender que la memoria es un elemento activo que debe ayudarte a elaborar tu presente. No puedes romper las páginas de la Historia, pero tampoco dejar de leerlas críticamente.