El 27 de febrero del pasado año , un terremoto de 8,8 grados sacudió Chile, modificó el eje de la tierra, desplazó la ciudad de Concepción 3 metros y 27 centímetros y acortó el día 1,26 microsegundos. Juan Villoro (México, 1956) estaba allí, vivió para contarlo y se hizo un montón de preguntas que ahora recoge en 8.8. El miedo en el espejo (Candaya).
-El día del terremoto, había en Santiago un congreso de Literatura Infantil y el congreso de la Lengua. Entre tanto escritor, ¿cómo ha sido usted el único que ha escrito sobre el cataclismo?
-En efecto, había muchos escritores, pero lo mío fue un poco casual. Escribir sobre el terremoto se me impuso como una necesidad, como una catarsis. Los mexicanos estamos acostumbrados a los seísmos, sobre todo desde el de 1985, que destruyó el DF. Desde entonces no somos los mismos. Pero al sentir en Santiago el quinto temblor más fuerte de la Historia, creímos que no sobreviviríamos. Evidentemente, allí no pensé en modo alguno en escribir: estábamos más preocupados por otras urgencias de la vida práctica. Pero cuando regresé a casa, y vi que las manos me seguían temblando, se me fue imponiendo la necesidad de escribir.
-8.8. El miedo en el espejo podría pasar por un reportaje, pero muy atípico: va cargado de preguntas existenciales...
-Bueno, no es una crónica puntual de los hechos duros, porque éstos ocupan apenas una página y media. Se trataba más bien de recrear un microcosmos, el de unos extranjeros que están a punto de quedarse para siempre en un hotel, literalmente, porque creímos que los muros se desplomarían sobre nosotros. Y ahí empieza un intercambio de sustos y de nervios, porque cuando caen las paredes también lo hacen las resistencias humanas. Gente que no conocía me contó cosas excepcionales. No es un libro tremendista, porque todos sobrevivimos. Pero sí me apetecía reunir a ese grupo de personas que tiene miedo en un periodo especial, y a partir de ahí reflexionar sobre cosas como el destino, el azar, la providencia...
-¿Salen en esas situaciones, como suele decirse, lo mejor y lo peor del ser humano?
-Así es, me hizo recordar un pasaje de La peste, de Albert Camus, donde el escritor describe escenas de solidaridad en medio del desastre. Y en efecto, en las mayores tragedias encuentras siempre alguien que sólo tiene un trozo de pan y está dispuesto a compartirlo contigo. Y también hay, cómo no, brotes de mezquindad, gente que aprovecha la situación para robarse un televisor... Un terremoto extrema las reacciones.
-Mientras que el cine ha representado de mil maneras los desastres naturales, la literatura se ha prestado a ello mucho menos. ¿Por qué?
-Hay en la literatura cierta incapacidad para describir la magnitud de una tragedia, son situaciones de alto impacto. ¿Cómo se describe la desmesura? El cine puede recrear olas de siete metros, pero la literatura tiende a recoger más bien los saldos de esa devastación. Hay en los libros muchas historias del post-apocalipsis, y no tantas de los cataclismos en sí. Un escritor mexicano, Ignacio Padilla, se preguntaba de hecho hace poco a qué se debe la escasez de testimonios sobre el terremoto de México, habiendo sido una sacudida que acabó con la vida de muchos familiares, amigos nuestros. Uno pensaría que de aquella tragedia saldría mucha literatura, y no ha sido así...
-¿La literatura es también más pudorosa ante el dolor?
-Sin duda, hay cierto pudor ante un drama de esas características, algo que como escritor te impide aprovecharte de la tragedia, celebrar escribiendo que sobreviviste, mientras que otros no pudieron hacerlo. Yo mismo hice alusión al terremoto de 1985 en muchas de mis novelas y relatos, de un modo marginal, a través de personajes que hablan de ello, pero nunca pude abordarlo frontalmente. Sólo a través del espejo distante de Chile pude regresar al seísmo que destruyó mi ciudad. El mío es también un libro de miedos cruzados, de historias que regresan y buscan un lugar en el relato. Soy el testigo que ha visto lo que puede hacer la Naturaleza, precisamente en una época en que prestamos poca atención a las señales que nos va lanzando ésta.
-Recuerdo que un amigo suyo, el chileno Antonio Skármeta , se refirió a "un capricho de la Naturaleza", como si se tratara de una persona, o una divinidad. ¿No hay en todo esto algo de vuelta a la fe primitiva, a la superstición?
-Desde luego, es difícil no tener supersticiones en una situación como la que vivimos. Una cosa interesante de aquellos días es que en el grupo de personas que compartimos hotel había varios con dotes psíquicas. Yo no les habría prestado la menor atención, de no ser porque me demostraron que podían adivinar determinadas situaciones. Retrospectivamente, les pedí que me contaran cómo habían percibido ellos el momento previo al terremoto, y todos ellos recordaban haber recibido signos, avisos. No es nada extraño, porque sabemos que antes de un terremoto hay signos naturales de lo que va a suceder:_los gatos cantan a deshora, los gatos huyen, la temperatura se altera...
-Y de ahí, a ponerse a rezar, hay un paso, ¿no?
-Una vez sucede el desastre, caemos fácilmente en consideraciones religiosas. Hay una lógica que te lleva a creer que todo fue un arbitrio, y por otro lado se te presenta una oportunidad de volver a pensar en los límites del destino. Por eso en el libro vuelvo a la lectura de Heinrich Von Kleist y su libro precisamente titulado El terremoto de Chile, que también se pregunta si la Naturaleza obedece a los designios de la Naturaleza, o uno puede labrarse su propio destino. La lógica excesiva puede llevarte a veces a la muerte, y en cambio una conducta espontánea e insensata puede salvarte.
-Para terminar, ¿qué hace un futbolero irredento como usted de promoción en plena Copa América?
-Bueno, este año México mandó un equipo juvenil, sin muchas esperanzas de triunfo, de modo que nuestra participación va a ser bastante pálida. Por otro lado, parece que no va a ser la copa más lucida, porque favoritos como Brasil o Argentina están decepcionando hasta ahora. Me iré enterando en la distancia, pero creo que puedo estar tranquilo lejos de Buenos Aires en este momento.