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La camilla diabólica

Javier Aroca

Actualizado 11/03/2008 20:35

Es justo reconocer la gallardía del candidato andalucista al comparecer solo y en soledad ante las cámaras para decir aquí estoy yo, después de la colisión andalucista. Era un momento trascendente en el que había que tener, no sólo agallas sino sentido histórico.

Es justo reconocer la gallardía del candidato andalucista al comparecer solo y en soledad ante las cámaras para decir aquí estoy yo, después de la colisión andalucista. Era un momento trascendente en el que había que tener, no sólo agallas sino sentido histórico. No le acompañó el autoproclamado presidente honorífico, Rojas Marcos, haciendo honor a su sentido del honor de su última trayectoria.

Sólo por eso, aquel merece continuar; él empezó un proyecto de renovación y justo es que lo termine, en un congreso, aunque no es eso lo que piensan los que le acechan. Al poco de la noche, los miembros de la camilla, la nobleza andalucista, se disolvían por Sevilla para acudir luego, hasta altas horas, convocados por el incombustible Lopera del andalucismo. Tenía razón el candidato cuando a lo largo de la campaña hablaba siempre de sillones; sin saberlo se sumergía en el acervo histórico de su memoria atávica: la mobiliaria. Lo mismo de siempre, un mueble, la camilla diabólica resolverá el futuro.

A los camilleros -a no confundir con los de la Cruz Roja- no los ha elegido nadie: los designó Él, cuando descendió la camilla desde los cielos y se posó en el tabernáculo hoy despojado de la calle Castelar. A los que se sientan en torno a ella se les comunica lo que el oráculo sólo manifiesta al Elegido. Sin saberlo, Julián ha desempeñado a la perfección el papel encomendado por la camilla diabólica en Torremolinos; sin saberlo, aunque no lo crea, ha salvado los muebles o, al menos, el mueble. Los militantes de base, ajenos, emprenderán otra travesía buscando el mueble de la salvación: el Arca perdida del andalucismo.

Licenciado en Derecho y Antropología. aroca.javier@gmail.com


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