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Pasear sobre las aguas

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César Rufino Actualizado 04/09/2010 21:48
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Hasta el río van a peatonalizar. Pero lo de la pasarela fluvial de la calle Betis no es nuevo: en la Cartuja ya puede vivir esa experiencia mesiánica.

La bajada es un poco inquietante. Uno no sabe lo que se va a encontrar a la vuelta de esa pendiente curva revestida de hierbajos, barrotes, soledad y silencio campestre por la que se desciende hasta la pasarela fluvial de la Cartuja, a espaldas del monasterio. ¿Un perraco suelto? ¿Un ciclista a todo meter? Pero merece la pena probar. Entre otras razones, porque para este mismo mes ha anunciado el Ayuntamiento el comienzo de las obras de otra igual ante la calle Betis, y eso ya son palabras mayores. Eso requiere que el sevillano se forje una opinión a través de la propia experiencia para poder responder a las siguientes preguntas: ¿Genialidad o pastiche? ¿Pasarela sí o pasarela no? Difícil de dilucidar, si no se conoce: hay que ir. Es lo malo de la subjetividad, que no está hecha para gente floja.

Bajada de las Pérgolas, dice el letrero de la entrada, justo al lado de los primeros aparcamientos del Camino de los Descubrimientos. Por ahí es por donde se va también al Jardín Americano, ya que lo pregunta. Al cabo de una veintena de metros, no siempre libres de botellas vacías, asoma una explanada sin encanto y, de inmediato, una terraza de madera sobre el río. A pocos pasos a la izquierda comienza la pasarela de casi medio kilómetro en paralelo a la orilla. Tiene un puntito indio, la susodicha. Da la sensación de que va a aparecer por allí un tipo moreno en una barca con las palmas de las manos pegadas y vendiendo elefantitos de madera. Pero quienes aparecen son otros. Durante todo el verano han menudeado los grupitos y las parejitas, siempre de jóvenes y siempre en bañador como si el aliciente de ir por el lugar fuese el de refrescarse, cuando la sensación no podía ser más sofocante. En especial al atardecer, trance en el que los efluvios de la arboleda y del río, vapuleados por el sol, se mezclotean a baja altura hasta condensarse en una pasta caliente que se pega a la piel sin piedad, convirtiendo al paisano allí presente en la versión esponjosa de un tritón de la Puerta de Jerez.

A cambio, una vez en la pasarela, la sensación es de paz infinita. El río parece más ancho y esa fiera llamada Torneo se divisa como el delicioso paseo arbolado que llevase soñando toda su vida un pajarillo. La orilla cercana se antoja impenetrable, de negra y espesa, pero la lámina central parece una bandeja de plata, apenas picada por las boqueadas de las carpas. La sensación de estar caminando sobre el agua es casi real.  Si tiene una flauta a mano le entraran unas ganas locas de tocarla, arrebatado por el aire pastoril del fenómeno. Como la pasarela va de ningún lado a ninguna parte (quiérese decir que no es zona de paso), aquello está más solo que la una, en honor a la verdad, excepción hecha de algún que otro ciclista y un dibujante. Es de suponer que el tramo de la calle Betis, frente al corazón de la ciudad y en un barrio populoso y típico lleno de vistas preciosas, se verá más concurrido.

Dicen que éste de Triana lo van a hacer prácticamente igual. Con sus farolitas modernas de luz blanca, su suelo antirresbalones, sus barandas de seguridad. Tiene aspecto recio y sólido, este trozo peatonal de la dársena, pese a que la gente se sienta ya más cómoda andando sobre losa o asfalto y se pregunte cuánto tardarán en comérsela los peces si le da por hacerlo encima del río y sobre madera. Y una nota curiosa: pese a la amplitud que ofrecen su concepto urbanístico y sus vistas, todo al aire libre y en la avenida natural más ancha de Sevilla, el hallarse uno bajo la cota de la ciudad induce una cierta sensación claustrofóbica. Ideal para ir a meditar o a sentirse solo, pero más todavía para pasear junto a alguien, es una experiencia que ningún vecino debería perderse.

La nueva plataforma de Triana quieren que esté terminada en mayo, para las municipales, aunque los presupuestos, y más en estos tiempos, se antojan un pavimento mucho más frágil que la madera. Son 1,7 millones de euros los que dicen que costará. Será el precio de ver el Paseo de Colón y el Puente de Triana desde una perspectiva insólita. Como la que ofrece, en la Cartuja, su solitaria y bella hermana mayor.

De utilidad:
Qué: Pasarela fluvial sobre la dársena del Guadalquivir.
Dónde: Van a hacer una a la altura de la calle Betis, pero hace tiempo que se puede recorrer la de la Isla de la Cartuja.
Cómo: Lo suyo es aprovechar para hacer una visita al precioso y recuperado Jardín Americano. Vaya en el C1 o el C2 y apéese a la altura del World Trade Center. Si prefiere su vehículo particular, vaya a la calle que queda a espaldas del monasterio (Camino de los Descubrimientos) y aparque en los primeros aparcamientos que vea, según se va desde Triana. Allí mismo, en la curva, verá la bajada. Y, naturalmente, también puede ir en bici.

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