CRISIS SOCIALISTA
El PSOE que salió de las lágrimas de Pedro Sánchez: sin autonomía en los territorios, sin contrapoderes
El socialista es ahora mismo un partido sin capacidad de debate interno, sin críticos, sin contrapesos en los territorios, sin contrapoderes y además con miedo

Rueda de prensa del presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en la sede de su partido. / José Luis Roca / EPC

Solo hemos visto dos veces a Pedro Sánchez en público esforzándose por contener el llanto y con las lágrimas ahogándole la garganta y los ojos. Una fue la noche del 1 de octubre de 2016 en Ferraz, cuando comunicó su dimisión como secretario general del PSOE tras un día aciago y vergonzoso para el partido. Otra fue el 29 de octubre de ese mismo mes y año, cuando comunicó en el Congreso la renuncia a su escaño para no tener que abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy.
Era fácil comparar aquel llanto mal contenido con lo que ocurrió el pasado 16 de junio, cuando Sánchez compareció al término de la ejecutiva federal del PSOE con aire de superioridad y un aviso para que cesaran las preguntas: "Son las cinco y no he comido". Ya unos días antes, el 12 de junio, salió también en Ferraz sin lágrimas pero con los pómulos excesivamente marcados, gesto de pesar y un rostro demacrado para pedir perdón tras difundirse el sumario del caso Koldo, convertido ya en la trama de presunta corrupción del trío Koldo-Ábalos-Cerdán.
Las canas y los surcos del rostro del presidente delatan que ha vivido mucho en estos nueve años. La política española ha vivido mucho en esta última década. Sánchez le dobló el pulso al partido que lo decapitó el directo en las televisiones de toda España, en un acto de humillación política sin precedentes. Contra pronóstico, accedió a la presidencia del Gobierno en junio de 2018 tras una moción de censura que tumbó a un PP tocado de muerte por la sentencia de la Gürtel. Ganó unas elecciones en abril de 2019 pero fue incapaz de formar gobierno y volvió a ganarlas en noviembre de ese año, cuando se formó el Gobierno de coalición con Podemos, ese partido que le quitaba el sueño. De nuevo, riéndose de las encuestas y las quinielas, se hizo con la investidura y la presidencia del Gobierno, junto a Sumar, tras adelantar las elecciones a julio de 2023. La legitimidad de esa investidura es indudable, tanto como su precariedad y las dificultades de pactar con el batiburrillo de socios que propiciaron que el socialista siguiera en el poder.
Más frío, más hierático
Ahora Pedro Sánchez no llora. Al menos en público. No sabemos lo que hará en privado. Lo vimos tambalearse en abril de 2024, cuando comunicó por carta a los españoles que se tomaba unos días de reflexión. "Me urge responderme a la pregunta de si merece la pena, pese al fango en el que la derecha y la ultraderecha pretenden convertir la política", dijo cuando la causa judicial alrededor de su mujer, Begoña Gómez, avanzaba. De cada envite, Sánchez ha emergido más frío, más duro, más hierático y también más enjuto y más canoso.
Tras su regreso al poder del PSOE, Sánchez se cuidó de hacerse un partido a su imagen y semejanza, que jamás pudiera volver a echarlo a gritos, voces y empujones. Los militantes eligen y el secretario general manda ungido por el voto de la militancia. Un partido jerárquico, donde los barones pintan poco, quedan solo cuatro, también es verdad. Un PSOE donde los territorios no tuvieran autonomía ni capacidad de ejercer como contrapesos de las decisiones de Ferraz. Los críticos fueron barridos, tras ganárselo a pulso en muchas ocasiones. Sánchez optó por ser un político encerrado en un círculo cada vez más estrecho. Un grupo muy reducido sin voces discrepantes.
Su última decisión, convertir a sus ministros en candidatos tras la debacle de poder en autonómicas y municipales, se atisba en estos momentos como una decisión fatal. Ligar el futuro de los territorios al del líder era un riesgo y lo van a pagar. Depositar todo el poder del PSOE en una sola persona, Santos Cerdán, investigado ahora en una trama corrupta de mordidas y amaños de obras públicas, fue un grave error. "Ferraz soy yo", decía el navarro.
El síndrome de la Moncloa
"El síndrome de la Moncloa no es que te alejes de la calle, de lo que piensa la gente, es cuando todos lo que te rodean te dan la razón, porque evidentemente uno no siempre la tiene". Fue lo que el ministro Jordi Sevilla asegura que le dijo a José Luis Rodríguez Zapatero cuando llegó al cargo y el presidente socialista le aseguró que a él no le ocurriría. Cabe preguntarse quién le está diciendo a Sánchez en estos momentos la verdad. Que el presidente catalán Salvador Illa haya pasado por el confesionario de Moncloa puede ser una buena noticia. Hombre sensato y cabal quizás miró a Sánchez a los ojos y le dijo lo que no quiere oír.
Las salidas son muy difíciles. Hay cuatro escenarios posibles: una cuestión de confianza, un paso atrás de Sánchez y que se invista otro candidato o candidata, una convocatoria de elecciones o no hacer nada. Los dos primeros son prácticamente imposibles por la dificultad de la aritmética parlamentaria. No se sabe si los socios salvarían al presidente y tampoco si estarían dispuestos a dar paso a otro socialista. Las encuestas dicen que en las urnas la debacle de la izquierda es ahora mismo incontestable. Por eso quizás la opción ha sido resistir, ganar tiempo y seguir mirando hacia delante como si la tormenta de la corrupción fuera a amainar con las altas temperaturas, las vacaciones y las noches de verano.
Alguien debería decirle al presidente lo que no quiere oír. "El PSOE no es Pedro Sánchez es un partido con 140 años de historia, es mucho más", repiten de nuevo los más veteranos. El PSOE es ahora mismo un partido sin capacidad de debate interno, sin críticos, sin contrapesos en los territorios, sin contrapoderes y además con miedo, con temor a que sigan saliendo cosas, con psicosis por los audios y las grabaciones, sumido en la desconfianza y con una grave crisis de credibilidad. Con la UCO en Ferraz. Sin duda, sí que es para llorar.
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