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28F | José López Barneo Catedrático de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla y director fundador del Instituto de Biomedicina de Sevilla (IBIS)

"Competir científicamente desde Andalucía es posible, conseguir un premio Nobel es muy difícil... todavía"

Catedrático de Fisiología y Medalla de Andalucía hace 30 años, el fundador del Instituto de Biomedicina de Sevilla y hoy director emérito analiza los retos de la investigación científica en Andalucía y los pasos para dar el salto que merece

VÍDEO | Entrevista a José López Barneo

Marina Casanova

Patricia Godino

Patricia Godino

Sevilla

De cerca, impresionan las batas blancas que manejan las pipetas, los microscopios y las decenas de aparatos de nombres imposibles de recordar para el lego en la materia. No porque sean extraños (desde la pandemia, nos hemos familiarizado con esos laboratorios que se asomaban a la hora del telediario), impresionan porque se adentra en el territorio donde el hombre lucha contra la enfermedad a través de la ciencia. Es el Instituto de Biomedicina de Sevilla (IBiS), creado hace 20 años y considerado uno de los faros de la investigación biomédica desde España y transmisor del conocimiento a los principales hospitales públicos para mejorar la calidad de la asistencia sanitaria.

Con más de 600 profesionales de alto nivel, este centro gestionado por el CSIC, la Junta y la Universidad de Sevilla (y gestionado por la Fundación Fisevi) fue fundado en 2006 por José López Barneo (Torredonjimeno, Jaén, 1952), su primer director, uno de los grandes investigadores mundiales en el estudio de enfermedades neurodegenerativas. Hoy, jubilado administrativamente -y "trabajando a coste cero"- acude cada día como director emérito a este centro vecino del Hospital Virgen del Rocío que se financia, también, gracias a donaciones. "Lo puede poner: cualquier contribución suma. Multiplique 100 euros al año por mil", responde para ilustrar cómo el progreso es un logro colectivo.

Catedrático de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla, este hijo y nieto de campesinos, con numerosísimos reconocimientos, recuerda en esta entrevista cómo pudo esquivar la aceituna, el destino de los niños pobres de su pueblo, y la importancia de formar talento y aspirar a la excelencia. Medalla de Andalucía hace 30 años (el IBiS la recibió en 2019), a este amante del cine no se le ha ido el acento de Jaén, tampoco esa afabilidad tan propia de las personas brillantes de verdad. Tampoco se le han ido las ganas de seguir en la briega con una mirada crítica y comprometida al sistema científico andaluz.

P. ¿Qué hacen en el IBiS?

R. Intentamos descubrir nuevas ideas para mejorar el diagnóstico de las enfermedades más prevalentes y desarrollar herramientas terapéuticas para aquellas que aún no las tienen. En mi caso, soy neurocientífico y llevo treinta o cuarenta años trabajando para entender mejor las enfermedades neurodegenerativas, especialmente el Parkinson.

La mortalidad por cáncer está bajando espectacularmente pero hay patologías, como las enfermedades neurodegenerativas, sobre todo Alzheimer y Parkinson, que representan un reto enorme: no producen una muerte inmediata, se cronifican y generan un sufrimiento personal, familiar y social muy elevado. El objetivo es entender mejor por qué aparecen, diagnosticarlas antes y, eventualmente, curarlas.

P. ¿Tiene que ver con el ritmo de vida actual?

R. Se habla mucho del estrés y de la calidad de vida. Coja una foto de su abuela con 50 años y compárela con una mujer de 50 hoy. Carlos V, el hombre más poderoso del mundo, sufría gota y murió con dolores terribles. Yo tengo un poco de gota y con tres pastillas de naproxeno se me quita. Carlos V habría cambiado Alemania por una caja de naproxeno. Vivimos mejor que nunca, pero naturalmente hay que cuidarse. Conviene tener perspectiva histórica.

Carlos V habría cambiado Alemania por una caja de naproxeno. Vivimos mejor que nunca, pero naturalmente hay que cuidarse... Conviene tener perspectiva histórica.

P. ¿Cómo despertó la vocación científica en ese niño de Torredonjimeno?, ¿cómo era su familia?

R. Vengo de una familia humilde. Mi madre era ama de casa, hija de campesinos, y dejó la escuela con nueve años. Mi padre fue campesino y se alistó como voluntario en el ejército republicano y allí aprendió a conducir; tras la Guerra Civil, dejó el campo y se hizo chófer. En casa no había libros, pero tenía buena memoria y me gustaba estudiar. El padre de un amigo tenía una buena biblioteca y pude leer la vida de Pasteur o de Fleming. Esas lecturas me marcaron mucho. Desde los nueve o diez años quería ser médico y científico. Me vieron ese interés y actitudes para el estudio. Mi padre siempre decía "mi hijo no irá a la aceituna".

P. ¿Él pudo disfrutar de sus logros?

R. Sí, sí, llegó a verlo. Cuando era profesor asociado, él ya decía que yo era catedrático y cuando logré la cátedra, él ya decía que yo era Premio Nobel. Hace unos años, en un acto en mi pueblo, me enseñaron el examen de ingreso que hice con diez años: escribí que quería ser médico y que me gustaba el cine y el fútbol.

Estudié con becas. En la Universidad Laboral, que fue una obra del franquismo muy positiva, me daban calcetines, ropa interior, camisas, zapatos... La primera vez que tuve unos zapatos en condiciones. Estuve dos años en Madrid, en Alcalá de Henares para hacer el Bachiller Superior y con esa beca me vine a Sevilla a estudiar Medicina, hasta que acabé la carrera y me casé.

Mi mujer y yo trabajamos varios meses como médicos en Peñarroya-Pueblo Nuevo (Córdoba) para ahorrar y poder irnos al extranjero con nuestras dos hijas gemelas recién nacidas. En 1978 estuvimos diez meses en París y después varios años en Estados Unidos. En aquella época aquí no había centros donde aprender a hacer investigación como hoy. Había que irse fuera. También fui médico en el ejército durante cinco meses, con cinco mil reclutas a mi cargo. Siempre he sido médico vocacional, pero desde el principio quise combinarlo con la investigación experimental y al final me dediqué al 100%.

P. ¿Qué hace falta para ser un buen investigador?

R. Inteligencia dentro de la normalidad. Muchísimo trabajo. Una vocación muy fuerte. Y compromiso. No conozco ningún científico importante que no haya trabajado muchísimo. He conocido a muchos a lo largo de mi carrera, algunos premios Nobel, y todos coinciden en lo mismo: trabajo constante y exigencia máxima. Ocupa tu vida.

Eso no significa ser un ermitaño, pero la dedicación ha sido enorme con jornadas larguísimas durante años porque la ciencia es muy competitiva. Cuando compites por financiación, lo haces con otros investigadores igual de inteligentes. Por eso la exigencia es tan alta. Aun así, es una de las actividades más bellas que puede hacer el ser humano. Es completa, es creativa y en biomedicina tiene además un componente de ayuda a los demás. La volvería a elegir sin ninguna duda.

La investigación es una de las actividades más bellas que puede hacer el ser humano. Es completa, es creativa y en biomedicina tiene además un componente de ayuda a los demás

P. ¿Qué hacemos bien y qué hacemos mal en Andalucía en materia de investigación?

R. El mérito de Andalucía es que ha tenido un desarrollo científico enorme en los últimos cuarenta o cincuenta años. Hemos pasado a ser la tercera región en producción científica en España. Los sucesivos gobiernos lo han apoyado y han apoyado la creación de centros de investigación y, aunque no de forma brillante, se ha hecho algún esfuerzo por financiar la investigación con recursos de Andalucía.

Mi mayor crítica histórica es que no hemos desarrollado un programa sólido de captación de capital humano de altísimo nivel externo, como hizo Cataluña con ICREA. Es un programa que trae investigadores internacionales de primera fila, que lo incrustan en el sistema y aumentan el nivel científico de una manera enorme. No es carísimo y el retorno es enorme. Aquí no se hizo y creo que fue un error. Yo no sé si es por un igualitarismo o una uniformidad mal entendida que dificulta diferenciar salarios según mérito se ha generado un ambiente demasiado provinciano, de mirarnos el ombligo.

P. ¿Quizás porque se entiende que vienen a enseñarnos?

R. Es que no es enseñar -los investigadores del IBiS son de primer nivel internacional- hablo de sumar, de aportar en áreas que aquí no se han abordado de forma específica. Si se traen 120 personas al año, multiplicado al cabo de los años, se genera un sistena, una red. Y es un programa relativamente barato para lo que retorna.

P. ¿Pero eso lo saben en la Junta?

R. Claro, tienen memorándums, se ha explicado... Andalucía además tiene la ventaja de ser una tierra muy atractiva, muy querida por la gente.

P. ¿Cuál es hoy día el mayor freno para investigar: la falta de financiación, la burocracia, la estabilidad, una mezlca?

R. En los jóvenes en general, lo que más les echa para atrás de la investigación es que es muy exigente, para luego un porvenir de estabilización profesional no que sea negativo... pero sí dudoso. Eso en mi área no ocurre, pero sí en general en la ciencia científica.

A veces es un calvario utilizar dinero público ¡No sabe lo que hay que hacer para comprar un bote de pegamento!

Lo que hoy día echa mucho para atrás es el tema administrativo: además de hacer investigación, tienes que conseguir el dinero, en primer lugar, pero luego gastar el dinero cuesta un trabajo horrible. Aquí tenemos una administración mucho más flexible gracias a Fisevi, pero normalmente no es así. A veces es un calvario utilizar dinero público. Defendemos un concepto: el de la evaluación a posteriori, si ves un gasto incorrecto en una auditoría, a ese científico le metes un paquete. ¡No sabe lo que hay que hacer para comprar un bote de pegamento!

P. Si estuviera en su mano, ¿qué haría mañana en la Junta de Andalucía en materia de investigación científica?

R. Dos programas: el primero sería un programa de certificación o de identificación de centros de excelencia científica con criterios muy exigentes. Evaluaría todos los centros con evaluadores externos independientes, los clasificaría y a aquellos que alcanzaran un nivel de excelencia muy alto les daría un tratamiento especial. La ciencia tiene algo muy positivo: se puede cuantificar y evaluar bastante bien. Publicaciones, impacto, patentes, captación de recursos competitivos… son indicadores objetivos. A los centros de alto nivel les daría una financiación diferenciada, un incentivo específico. Crearía una red andaluza de centros de alta excelencia competitiva internacional. Eso genera un círculo virtuoso: les das más recursos, funcionan mejor; al funcionar mejor captan más recursos externos; y al captar más recursos fortalecen aún más el sistema. No estoy hablando de cantidades desorbitadas, sino de facilitarles la vida: mejorar condiciones salariales, dotaciones, capacidad de gestión. Incentivar la excelencia.

Si estuviera en mi mano en la Junta, pondría en marcha dos programas: el de certificación de centros de excelencia científica con criterios muy exigentes y crearía una red andaluza competitiva a nivel internacional y crearía un programa de captación de talento de alto nivel como el ICREA de Cataluña

Y luego el programa de captación de talento de alto nivel como el ICREA de Cataluña. Allí lo puso en marcha un consejero, Andreu Mas-Colell, que venía de la Universidad de Minnesota y un académico de primer nivel. Fue una decisión política clara y sostenida. Y eso es importante: que esas decisiones se mantengan en el tiempo. En los años 80, participé en la puesta en marcha del Plan Nacional de I+D+i, durante los primeros gobiernos de Felipe González. Aquello fue un antes y un después. Por primera vez se creó un plan nacional de investigación distribuido por toda la geografía española, con financiación competitiva y proyectos evaluados. Cambió completamente el panorama científico del país. Todo lo que hoy tenemos es heredero de aquel impulso. Los gobiernos posteriores mantuvieron el programa, con sus matices. Eso demuestra que cuando hay políticas bien diseñadas y consensuadas, pueden sobrevivir a los cambios de gobierno.

P. A un estudiante brillante, ¿qué le diría, que se quede aquí, que se forme fuera?

R. Que se forme fuera, que pase años en el extranjero, que aprenda idiomas y se exponga a otros entornos. Eso te da una fortaleza enorme. Luego puede volver y desarrollar aquí su carrera. Hoy se puede hacer ciencia de alto nivel en Andalucía, pero la experiencia internacional es fundamental.

Juan José López Barneo

José López Barneo, durante la entrevista. / Marina Casanova

P. ¿Ser andaluz le ha dado una mirada distinta hacia la investigación científica?

R. Soy de Jaén, un andaluz distinto... Recuerdo que cuando llegué a Sevilla veía a la gente simpatiquísima, segurísima de sí mismo, yo no era un cateto, eh, venía de haber vivido dos años en Madrid... Cuando llegué al Colegio Mayor de la escuela de Mareantes en el Palacio de San Telmo, entré en contacto con unos sacerdotes muy comprometidos, que aunque yo había perdido la fe desde muy joven, eran gente que estaba ahí por el bien común, con un progresismo muy auténtico. Íbamos a la parroquia de Los Pajaritos a dar clases de sexualidad a hombres. Así le hablé por primera vez a mi mujer, que era compañera de la Facultad: le pedí que fuera ella a dar charlas a las mujeres del barrio.

Cuando hay políticas bien diseñadas y consensuadas, pueden sobrevivir a los cambios de gobierno

P. ¡Qué historia!

R. Sí, sí, así fue. Y la situación de aquel barrio...

Decía del caracter andaluz en la ciencia: la gente inteligente de Andalucía es brillante e imaginativa y cuando se le hace ver que para conseguir un objetivo hay que trabajar, se es muy trabajador. Y eso es crítico para la actividad científica: tener vocación, ser idealista. Mucha gente joven va al extranjero y deja el pabellón altísimo. Pero hoy competir científicamente de Andalucía es posible; conseguir un premio Nobel es muy difícil, todavía. Pero bueno, con el tiempo dejará de serlo. Cuando uno consigue el premio Nobel no es solamente porque hay un descubrimiento, sino porque su rector y su universidad han movido lo que tienen que mover para que entre la pomada y ese tipo de cosas todavía en Andalucía no se hacen. Pero a nivel de pureza científica y de calidad científica estamos consiguiendo niveles muy altos.

P. ¿De qué se siente más orgulloso: de su carrera, de quienes ha formado?

R. Hay tres cosas de las que me siento especialmente orgulloso, y no sabría decir cuál es más importante: el trabajo científico: creo que he hecho contribuciones originales, reconocidas internacionalmente, y modestamente pienso que han sido relevantes para la ciencia; la gente que he formado, muchos hoy dedicados a la investigación o a la medicina; haber aportado mi granito de arena a su trayectoria es quizá lo que más me emociona. Y la dimensión institucional: haber contribuido a crear el IBiS y otros centros en Sevilla. Cuando camino por el hospital y muchos médicos me dicen que fueron alumnos míos, siento una satisfacción íntima, muy humana.

No creo que las universidades privadas objetivamente hayan aportado nada especial a la mejora de la calidad docente y, mucho menos, a la científica, por el momento creo que están muy por debajo de la universidad pública

P. ¿Las universidades privadas en Andalucía están contribuyendo a una mejora real del sistema en términos de excelencia y competitividad de la investigación?

R. Me imagino que las universidades privadas tienen todo el derecho del mundo a existir y por supuesto tienen todo mi respeto. No obstante, no creo que objetivamente hayan aportado nada especial a la mejora de la calidad docente y, mucho menos, a la científica en términos de talento nuevo, proyectos, producción... del sistema de educación superior. Por el momento creo que están muy por debajo de la universidad pública, que a su vez es susceptible de franca mejoría. Este fenómeno es relativamente nuevo en Andalucía, pero tiene ya varias décadas en otras partes de España y el resultado no ha sido mejor de lo que he indicado anteriormente.

P. ¿Qué opina de la expansión del negocio de la sanidad privada en Andalucía y su posible impacto en la equidad, la calidad asistencial y la investigación vinculada al sistema público?

R. Como médico, estoy en contra de percibir un pago por atender a una persona que necesita de mi ayuda. No obstante, siempre me ha parecido que un cierto porcentaje de sanidad privada es compatible con un sistema público eficiente y de calidad. No soy un experto en el tema, pero me parece que la sanidad privada (mantenida por pagos de los usuarios a compañías privadas) ha crecido muchísimo en Andalucía en los últimos años. La medicina que se practica en los centros privados es correcta, pero me llegan quejas de muchas personas, sobre todo por las listas de espera. La contribución de la medicina privada andaluza al desarrollo científico médico y biomédico es muy pequeño o prácticamente inexistente.

P. Está de moda ser terraplanista y antivacunas, ¿cómo los combatimos?

R. Hay cosas que deben explicarse con honestidad al margen de las opciones políticas. El calentamiento del planeta es un dato objetivo; la vacuna de ARN mensajero frente al Covid evitó una catástrofe sanitaria... Ese tipo de planteamientos negacionistas, a veces asociados a posiciones políticas, se sobredimensionan. La respuesta no es la confrontación, sino la pedagogía: explicar, divulgar, ofrecer datos. Eso también lo hacemos desde el IBiS y estamos muy presentes en la vida de este barrio.

P. Un mensaje para este 28F.

R. Amar a Andalucía es ser más y trabajar más: por uno mismo, por nuestra tierra y por la humanidad. Uno solo avanza de verdad si avanza también en el contexto de su tierra y del mundo.

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