Una década de Vox en Andalucía: el partido al que le tiraban piedras y hoy tiene en vilo al PP
El partido busca reeditar el éxito de 2018, cuando su apoyo fue clave para la investidura de Juanma Moreno como presidente de la Junta

El presidente de Vox, Santiago Abascal, junto al candidato de Vox a la Presidencia de la Junta, Manuel Gavira, en un acto en Jaén. / Ángel Díaz / Europa Press

La primera noticia de Vox en Andalucía llegó en marzo de 2015 con un vídeo electoral tan rudimentario como provocador. El partido viajaba en aquel spot a un supuesto 2018 en el que la presidenta de la Junta firmaba la cesión de la Mezquita de Córdoba y de la Giralda de Sevilla a la comunidad islámica. PSOE y Podemos rubricaban el acuerdo ante mandatarios de veinte países árabes. Dos millones de musulmanes, informaba una periodista cubierta con velo islámico, se instalaban en Andalucía. "¿Quieres un futuro así? Todavía puede cambiarlo. Vox, la derecha".
Los responsables del partido explicaron entonces que aquel vídeo respondía a la propuesta de Podemos de devolver la titularidad pública a la Mezquita y la Giralda y expropiarlas a la Iglesia. Vox insistía en que había que combatir a Pablo Iglesias, al que vinculaba con Irán en sus fuentes de financiación. En aquella campaña de 2015, Santiago Abascal ya recorrió Andalucía con Francisco Serrano, entonces líder regional del partido, un polémico juez en excedencia conocido por sus fallos antifeministas y que llegó a ser suspendido por prevaricar en una sentencia.
Serrano, hoy procesado y pendiente de sentarse en el banquillo por un presunto fraude de ayudas públicas de 2,5 millones de euros en una subvención del Ministerio de Industria, fue durante un tiempo el rostro de Vox en Andalucía, incluso por encima de Abascal. El exjuez que denunciaba "las paguitas", "los chiringuitos de género", "el yihadismo de género" y "la turba feminista" acabó siendo relegado en julio de 2020, cuando estalló su escándalo por fraude de subvenciones.
En aquel 2015, Serrano y Abascal fueron apedreados desde una azotea durante un mitin improvisado en una calle de Triana. Entonces Vox salía a la calle, se subía a un banco y montaba un acto con un megáfono. Sacó 18.000 votos. Menos que PACMA, que logró 31.735. Y eso que había ganado cierta visibilidad con el apoyo puntual del torero Francisco Rivera en un acto a favor de la custodia compartida junto a Abascal, donde se denunció que algunas madres se creían "dueñas" de los hijos.
Han pasado once años. Vox ya no necesita presentación. Ahora aspira a que las elecciones andaluzas del próximo 17 de mayo le den de nuevo la llave del Gobierno de Andalucía. Quiere que el PP vuelva a depender de sus votos.
La llave del cambio político
El primer gran salto del partido llegó en 2018. El video de Vox en aquella ocasión, "¡Andalucía por España!", mostraba a Abascal cabalgando campo a través junto al torero Morante de la Puebla. Era otra reconquista de Andalucía. La formación que se alimentaba del discurso contra Podemos y contra "la dictadura de género" se infló como un globo al calor del procés y del desafío independentista catalán. Irrumpió con fuerza en el Parlamento andaluz, su primera Cámara autonómica en España, con 12 diputados y 395.978 votos. Tuvo la llave del cambio político en Andalucía y firmó con el PP un acuerdo para que Juanma Moreno fuera presidente de la Junta al frente de un Gobierno de coalición con Ciudadanos.
El hoy purgado Javier Ortega Smith estampó su firma en una sala del Parlamento andaluz junto al entonces número dos de Génova, Teodoro García Egea. El documento, de 19 puntos, exigía "la expulsión de 52.000 inmigrantes ilegales" y la supresión de ayudas a este colectivo. También formaron parte de la negociación el llamado "pin parental", la sustitución de la ley de violencia de género por una ley de "violencia doméstica", la eliminación de lo que Vox llamaba "privilegios injustificados al colectivo LGTBI" o la suspensión de la ley de igualdad y del "feminismo supremacista".
La primera legislatura andaluza de Moreno duró tres años. En abril de 2022, el presidente de la Junta disolvió el Parlamento, puso fin al Gobierno con Ciudadanos y convocó elecciones tras haber afrontado la pandemia y ante la imposibilidad de aprobar unos nuevos presupuestos. Durante esos tres años, Vox no se lo puso fácil. Las cuentas estaban prorrogadas desde 2021 porque el partido de Santiago Abascal dejó caer el Presupuesto y reclamó elecciones anticipadas. Antes, haciendo sufrir siempre al Ejecutivo de Moreno hasta el último minuto, había dado su apoyo a tres leyes presupuestarias.
En ese mandato, Vox consiguió varias medallas ideológicas: ayudas a asociaciones antiabortistas, subvenciones para toros y Semana Santa, un teléfono de atención a la violencia intrafamiliar, recortes a las asociaciones de memoria histórica o medidas de apoyo a las familias. No gobernaba, pero condicionaba. No tenía consejeros, pero hacía notar cada voto.
Vox tocó su cima en Andalucía en las elecciones generales de 2019, cuando se quedó a apenas 7.000 votos del PP. Ambos partidos empataron en torno al 20% de los sufragios. Aquel PP, que ya gobernaba la Junta, salió muy tocado de una cita electoral que volvió a ganar el PSOE. Ciudadanos le dio el sorpasso en Andalucía y Vox prácticamente lo empató. El partido de Abascal ganó incluso al PP en cuatro provincias: Almería, Cádiz, Huelva y Sevilla.
La llegada de Olona
Y entonces llegó Macarena Olona. Tras varias crisis internas en Andalucía y sucesivos golpes de mano desde Madrid para atar bien el partido en la comunidad, Vox desembarcó en las autonómicas de 2022 con la diputada alicantina como candidata. Su campaña, casi tan estrambótica como aquel vídeo de Al Ándalus, cargada de tópicos rancios, no cumplió las expectativas. Vox fue desplazado como primera fuerza en los 21 municipios andaluces donde había logrado ganar en las generales anteriores. Ni en Algeciras (Cádiz) ni en su gran fortín andaluz, el Poniente almeriense, con emblemas como El Ejido, Níjar, Roquetas de Mar o Adra, Olona consiguió mantener al partido en el primer puesto. Vox cayó al segundo lugar e incluso al tercero.
Desde entonces, la brecha electoral entre Vox y el PP en Andalucía no ha hecho más que crecer. La mayoría absoluta de Moreno convirtió durante cuatro años a Vox en un partido irrelevante en la política andaluza. Sus votos ya no eran necesarios y su protagonismo cayó. Dejó de ser el partido que había tenido acorralado al Gobierno de PP y Ciudadanos, el que amagaba con romperlo todo y el que a ratos parecía tener la sartén por el mango.
En esta campaña, Moreno repite la fórmula que siguió en 2022: ignorar los ataques de Vox. Aquel junio eludía casi a diario responder si estaría dispuesto a formar Gobierno con Macarena Olona. Lo máximo que llegó a decir es que veía "improbable" reeditar el acuerdo de 2018. Su hipótesis siempre fue que obtendría una "mayoría suficiente". La consiguió. Tres diputados por encima de la absoluta: 58 escaños.
La superioridad de Moreno sobre Vox se ha repetido en cada cita electoral desde entonces. Ahora pelea por reeditar una mayoría que le permita seguir gobernando sin depender de Abascal, al contrario de lo ocurrido en Extremadura, Aragón y Castilla y León. Ese es el núcleo de su campaña: conservar su independencia.
Las encuestas dicen que es posible. Que el PP está "al filo" de los 55 diputados, la cifra mágica de la mayoría absoluta. Pero si se queda en 53 o 54, la pregunta será inevitable: ¿apoyará Vox la investidura de Moreno sin entrar en el Gobierno? En las filas de Abascal no la despejan. Han venido a cargar contra "Moruno Bonilla", como llegó a denominarlo el líder de la formación de extrema derecha, de nuevo cabalgando sobre "la prioridad nacional" y agitando el miedo a la inmigración.
Moreno dijo en una entrevista en El Correo de Andalucía que, si Vox le pedía la luna, estaría dispuesto a convocar unas nuevas elecciones y forzar una repetición electoral. En el PP confían en no tener que llegar a ese escenario. De eso va su campaña: de alejar ese fantasma.
Hace once años, Vox necesitaba un banco, un megáfono y protección frente a las piedras. Hoy le basta con que al PP le falten uno o dos escaños. Esa es la distancia que ha recorrido la formación de Abascal en Andalucía: de la extravagancia marginal a la posibilidad de volver a tener en vilo al partido que gobierna la Junta.
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