El caso ADM rompe el silencio del audiovisual andaluz sobre el presunto acoso sexual
La presunta víctima relata un calvario de años que incluye agresiones sexuales y acoso laboral, apoyada por testimonios jurados y decenas de mensajes de Whatsapp

El expresidente del Clúster Audiovisual y de Contenidos Digitales de Andalucía (LAND), Gustavo Fuentes, en 2024. / María José López / Europa Press

"No, qué va. Él es así. Son cosas que dice de broma. Tú es que no lo conoces. Es su manera de ser. Todo el mundo sabe cómo es. Es un buen tío".
En abril, cuando la investigación judicial sobre el exCEO de la productora Andalucía Digital Multimedia, Gustavo Fuentes, todavía no era pública, pero mucha gente sabía ya que existía una denuncia por acoso y agresión sexual y miraba hacia otro lado, alguien del PP —una mujer— me hizo este comentario al preguntarle qué sabía del caso.
Indagué durante semanas sobre la conducta de este directivo. Fue una revelación. La mayoría de estos casos comparten un patrón demasiado reconocible. Una mujer a la que se le traslada la culpa porque no fue suficientemente clara, porque es demasiado guapa, porque es ambiciosa o porque "no supo pararle los pies". Y, enfrente, un presunto acosador presentado por su entorno como un tipo divertido, bromista, líder, poderoso y con don de gentes, alguien que "solo" se habría enamorado o al que "le pierden las faldas". "Bravucón", me han repetido en varias ocasiones.
Quienes lo trataron en su círculo laboral lamentan ahora no haber dicho abiertamente lo que pensaban de alguien que, según varios testimonios recabados, presumía de tener amigos muy poderosos y se manejaba como si el cortijo audiovisual fuera suyo.
El nombre de Nevenka se me repite en la cabeza. También el documental de Netflix y Ana Pastor, que retrató con enorme precisión cómo se vive el acoso desde dentro. Aquel caso, como después el beso de Luis Rubiales a Jenni Hermoso, puso al país frente al espejo y ayudó a cambiar muchas cosas. Desgraciadamente, no las suficientes.
Un caso muy doloroso
Vaya por delante la presunción de inocencia. Siempre. Faltaría más. Será un juez quien determine si hay o no delitos penales en la conducta de quien fue, hasta que el caso saltó a la luz, el principal directivo de una de las productoras más importantes de Andalucía, una de las que mantiene mejores contratos con Canal Sur, con formatos tan queridos como Andalucía Directo o A toda costa. Su poder creció también cuando fue designado, a propuesta de la Consejería de Presidencia, al frente del Clúster Audiovisual andaluz.
Mi apoyo a la compañera que ha decidido denunciar y que, según consta en la documentación del caso, lleva años atravesando un calvario que no cesa. Es dolorosísimo aproximarse a un caso en el que, como en un cesto de cerezas, cada testimonio conduce a otro, y a otro, y a otro. Compañeras que se fueron asqueadas. Profesionales que dejaron de trabajar en el sector o se marcharon fuera de Andalucía para salir del círculo. Casos distintos, pero con comportamientos comunes: los de una persona servil con el poder —lo que permite ir trepando— y cruel con quien está en una posición débil o subordinada.
Un juez decidió abrir diligencias en febrero y tomar declaración a la denunciante. Personalmente, solo puedo dar la enhorabuena al compañero Dani Cela, de El Diario.es, que consiguió la documentación necesaria para sacar el caso a la luz. Solo puedo decir que yo lo intenté durante dos meses y que la víctima me pidió silencio porque su abogado le había advertido de que la exposición mediática podía volverse en su contra. Detecté mucho miedo. No compartía ese criterio, pero no encontré el camino para contarlo de forma suficientemente documentada.
No tengo ninguna duda de que sobre estos casos, del Me Too al Se acabó, hay que arrojar siempre luz. La publicación de las diligencias ha sido fundamental. El papel del buen periodismo ha sido clave.
La impunidad como arma
El poder de quienes acosan y agreden se sostiene casi siempre sobre la impunidad: sobre la convicción de que nadie será capaz de destaparlos. Es un poder que se construye día a día, cuando en el visionado de un programa alguien puede permitirse sugerir que le busquen un biquini más pequeño a la presentadora, o hacer comentarios vejatorios, sexualizados y humillantes sobre una mujer, sin que nadie a su alrededor le mande callar y le haga ver que aquello no es una broma, sino una conducta intolerable que puede tener relevancia laboral, disciplinaria e incluso penal.
Tanta gente dice ahora que oyó, vio o sufrió en silencio. Durante años callaron. Me resulta incomprensible, pero no juzguemos. Su poder era grande. Según varios testimonios, se jactaba de tener ascendencia suficiente como para impedir que alguien volviera a trabajar en un programa de televisión en Andalucía. Y posiblemente no era una amenaza vacía.
Muchos de los mensajes que la denunciante acumuló en su móvil son insoportables. Es violento leerlos. Da grima, vergüenza y asco pensar que un directivo pueda mandar ese tipo de mensajes a una subordinada. El juez ordenó cotejar los mensajes aportados en la denuncia con el teléfono de la denunciante. Fue una de las diligencias practicadas antes de que ella declarara. Hay un volcado de 175 páginas, aunque no todos los mensajes son de índole sexual. Los que sí tienen ese contenido resultan, según la documentación judicial, de una crudeza difícil de relativizar.
Los testigos arropan a la denunciante
La denuncia se apoya también en declaraciones juradas de seis testigos que narran lo que vieron o vivieron en primera persona. Uno de los episodios más escalofriantes se refiere a una noche en la que el equipo sale a cenar y el jefe ordena a todo el mundo que se marche porque tiene que hablar a solas con la denunciante. Ya hay quien sabe que ella está aterrorizada. Saben de la "obsesión" que, según relatan, tenía con esta mujer. La petición causa extrañeza y malestar. Aun así, cumplen sus órdenes. Él es el superior jerárquico. Todos se marchan.
Esa noche, según denuncia la presunta víctima, se produce la última de las tres agresiones que relata ante la justicia (2013, 2021 y 2023). Él le propone pasar la noche en un hotel, la fuerza, la besa contra su voluntad y le manosea los muslos. Ella logra zafarse con excusas y evasivas. Pasa la noche presa de la ansiedad. Otro de los testimonios relata que en el entorno laboral se llegó a pensar que ella era la amante del jefe por la forma en que él la trataba, hasta que una persona la descubre víctima de un ataque de pánico y ansiedad y comprende que aquello no era una relación consentida, sino otra cosa muy distinta.
Te rompe el alma el infierno que describe esta compañera periodista. El desgaste, la culpa, la autocensura, la hipervigilancia. Según su relato, él sabía perfectamente dónde estaba en cada momento y ella temía que pudiera aparecer en cualquier grabación del programa. Ya lo había hecho. Todo adquiere tintes casi paranoicos. Su estrategia es la evitación, pone excusas, desvía las propuestas, rehuye al jefe. No quiere perder su trabajo. Teme no poder volver a ejercer en una productora. Soporta, a ojos de muchos compañeros, un trato humillante, vejatorio y degradante que se agrava cuando él se entera de que ha iniciado una relación con un compañero de trabajo.
Empieza entonces, siempre según la denuncia, el despecho. La estigmatización. Del "ya sabemos cómo es" al "me has decepcionado" y al mensaje definitivo: "Para que se la folle otro, que se vaya a la puta calle". Su pareja acabó despedido. Ella termina con una incapacidad temporal por la gravedad de su estado de salud y finalmente pide una excedencia. Los informes médicos incorporados al procedimiento vinculan su deterioro psicológico con el acoso laboral y sexual que denuncia.
El juez del caso ha pedido la declaración de dos testigos. La defensa de Gustavo Fuentes sostiene que él es víctima de una trama urdida para hundirle, e incluye en su estrategia una supuesta suplantación de identidad y el robo de sus claves de redes sociales. Esa línea defensiva se activa después de que la testigo principal del caso denunciara haber recibido de su exjefe un mensaje que interpretó como inequívocamente amenazante. Él defiende su inocencia: "En 30 años de carrera nunca he tenido una conducta inapropiada".
El silencio se ha roto
El exdirectivo, que también ha salido del Consejo Social de la Universidad Pablo de Olavide, cesó como presidente del Clúster Audiovisual de Andalucía y fue apartado de la productora. La nota habló de "suspensión temporal" para suavizar lo que, en la práctica, ha sido su cese "definitivo e irrevocable".
Será el juez quien decida si hay o no delito penal. De momento es solo un presunto acosador. Pero hay algo que ya ha ocurrido: la espiral de silencio se ha roto. Y eso, en casos como este, nunca es menor.
Gracias, compañera. Has sido muy valiente aunque ojalá no hubieras tenido que serlo.
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