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Entrevista | Héctor Castillo Primer alcalde negro de Europa

Héctor Castillo, primer alcalde negro de España: "Nunca me he sentido forastero en Isla Cristina"

Llegó a España desde República Dominicana para cumplir su sueño de estudiar Medicina, echó raíces en Isla Cristina y terminó haciendo historia en las primeras elecciones municipales de la Democracia

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Héctor Castillo, primer alcalde negro de Europa / Elías Luis Grao

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Elías Luis Grao

Elías Luis Grao

Isla Cristina

Las banderas de República Dominicana y España comparten protagonismo en el salón del pequeño apartamento de Héctor Santos en Isla Cristina. A su alrededor se acumulan reconocimientos, fotografías y recuerdos de una vida marcada por la medicina y el servicio público. Entre todos ellos destaca un objeto que resume buena parte de su historia: el bastón de mando que utilizó durante su etapa al frente del Ayuntamiento isleño.

Sentado bajo él, el que fuera primer alcalde democrático de Isla Cristina y considerado el primer alcalde negro elegido democráticamente en Europa, repasa una trayectoria tan singular como inesperada. La de un joven dominicano que llegó a España para cumplir su sueño de estudiar Medicina y que acabó echando raíces en este pueblo de Huelva hasta convertirse en una de las figuras más queridas de la historia reciente del municipio. Motivo por el cuál fue reconocido en su ciudad natal, La Romana, el pasado mes de enero.

P. ¿Cómo un dominicano termina siendo médico y alcalde en España?

R. Fue la sorpresa más grande que puedo yo haber tenido en mi vida porque, en primer lugar, yo no podía estudiar en mi país por los problemas políticos que había en aquel entonces. Estalló una revolución y fue lo que impidió que yo continuara los estudios que había iniciado hacía solo 15 días. Un sueño, el de ser médico, que tenía desde la infancia. Desde los siete años. Entonces se abrió la oportunidad de venir a España acompañado de otros amigos que también venían a estudiar.

Me encontré en Madrid con dificultades debido a la masificación que había en la Universidad de Madrid, había más de 3.000 alumnos por curso, y entonces nos orientaron hacia Sevilla, por su similitud a la zona colonial de Santo Domingo. Allí inicié y terminé la carrera.

Los dos primeros años los pasé ejerciendo en distintos pueblos de la provincia de Sevilla, Cádiz y Huelva. Entonces vi la necesidad de sentar un poco los pies, buscar una plaza en donde pudiera tener un trabajo más estable.

Se ofreció la oportunidad de unas oposiciones, una vacante que hubo aquí en Isla Cristina, y opté por venir a presentarme. Aprobé la plaza y aquí vine a parar un 30 de mayo de 1975. Así fue mi llegada a Isla Cristina. Ahora hace justo 51 años.

Así vine yo a ser médico aquí, en Isla Cristina. Y debido a la acogida tan grande y maravillosa de la que había sido objeto, tanto mi familia como yo en particular, me ofrecieron la oportunidad de participar en las primeras elecciones democráticas, en las del 79.

P. ¿Cómo recuerda sus primeros años en Isla Cristina?

R. Mis primeros años fueron maravillosos. Yo me sentía súper a gusto porque la gente tenía como hambre de ser escuchada y yo me sentía súper complacido de poder comunicarme con ella.

Hay una frase, aunque no es real, que dice que “el médico cura; si no cura, ayuda; y si no, consuela”. Yo siempre vi un punto más añadido ahí, y era que, además de la misión del médico de curar, de ayudar o de consolar, también debe prevenir.

Y prevenir es una labor de cada día y con cada paciente, para que pueda tener conocimiento de cómo evitar las enfermedades o cómo corregirlas.

Por eso me encantaba charlar con los pacientes. Ellos se sentían maravillosamente agradecidos por la confianza con la que yo les hablaba y por la claridad con la que lo hacía. Eso fue estableciendo una unión médico-paciente que dura hoy día, todavía después de tantos años. Recuerdo que había pacientes que no eran de mi cupo que me decían “pero es que yo quiero que usted me atienda porque me siento a gusto con usted. Me trata bien, me atiende bien y lo veo como mi padre".

P. Te presentaste a las elecciones con el pensamiento de ganar pero, ¿realmente lo esperabas?

R. Quien me propuso presentarme por Unión de Centro democrático (UCD) fue Antonio Elías, un amigo que en aquel entonces trabajaba en la delegación de la ONCE aquí, donde yo era médico.

Yo me sentía seguro de que iba a ganar. O sea, no por prepotencia, sino haciendo análisis de la acogida de la que yo había sido objeto. El cariño y el trato de la gente y el boom de la UCD en ese entonces. Porque aquí la UCD pesaba mucho, pero también pesaba mucho la persona que iba para alcalde, no era solo el partido. Y, efectivamente, así fue. Pero vamos, no me lo creía hasta que no me nombraron alcalde, porque no tenía mayoría para poder salir elegido alcalde.

Una vez ocurrido eso, sentí el peso de la responsabilidad histórica que recaía sobre mí. No solamente era alcalde y médico, sino que después los periódicos y demás comentaban que era el primer alcalde de color de toda Europa elegido democráticamente en unas elecciones.

El amigo de uno de mis hijos le dijo: "Tienes un padre famoso". Dice: "¿Por qué?". Y le responde: "Porque está en el libro Guinness de los récords". Dice: "Anda ya". Y le dice: "Sí, sí, sí, es el primer alcalde de color de toda Europa".

Pero a mí nunca la fama se me ha subido a la cabeza. Me ha gustado siempre ser una persona normal. No me he sentido jamás superior ni mejor que nadie. Cada uno hace lo que conoce y lo hace lo mejor que puede.

Héctor Castillo, primer alcalde negro de Europa.

Héctor Castillo, primer alcalde negro de Europa. / Elías Luis Grao

P. ¿Cómo enfocó sus cuatro años de legislatura?

R. Mira, fue una primera legislatura de la democracia municipal en España bastante complicada. Yo era una persona sin experiencia política. Con el deseo de querer corresponder al pueblo, una vez ya de puertas adentro, conocedor del panorama de cómo funciona un ayuntamiento y qué recursos tiene, me di cuenta de lo gravísimo que era el problema que tenía que afrontar. Pero digo: "Nadie me ha obligado".

En aquel entonces compatibilizaba el ejercicio de la medicina con la política. Recuerdo que teníamos un presupuesto municipal de 75 millones de pesetas para todo. El 75% de ese presupuesto era para pagar personal y créditos, y quedaban cinco millones para obras y servicios. No daba para nada.

La ayuda que podíamos recibir era del paro agrícola, pero en Isla Cristina no existía sector agrícola como el de hoy en día. Yo tenía que hacer encaje de bolillos yendo a Madrid, a Huelva, a Sevilla, para buscar ayuda por todas partes. Y llegué a hacer lo que yo llamo la típica “alcaldada”.

Me acuerdo de la calle Extremadura, con lo larga que es, que era toda de albero. Esa se hizo a base de una alcaldada. ¿En qué consistió? En echar hormigón de punta a punta de la calle para asfaltarla. Y así se fueron haciendo cosas a base de, por no decir otra palabra, alcaldadas, porque no había recursos.

El paseo marítimo de la Playa Central se hizo igual, aprovechando los temporales que había en aquella época, que un año sí y otro también se llevaban los chiringuitos de la playa. Pues conseguí ayuda para poder hacer, por lo menos, la entrada.

Yo me metía, cuando venían los temporales, por el pinar y por los eucaliptos a hacer fotos. Esas fotos se las daba a un amigo periodista para que las publicara y poder resaltar un poquito la desgracia que teníamos, para pedir ayuda a la Diputación y al Gobierno.

Y después conseguí, por mediación de una persona allegada a la UCD que conocía a alguien de Televisión Española —porque el presidente Adolfo Suárez, antes de ser presidente, había sido director de Radio Televisión Española—, dar otro paso importante.

Su madre y un tío tenían cierta simpatía por Isla Cristina porque venían todos los años aquí. Entonces yo tuve mucho contacto con ellos y aproveché la ocasión para conseguir dar a conocer Isla Cristina. Eso hizo que empezaran a venir equipos de Televisión Española y otros grandes periodistas de aquella época como Pepe Domingo Castaño, Tico Medina o Alfredo Amestoy. Venían a hacer reportajes sobre los carnavales, sobre la pesca, sobre la subasta del pescado, sobre la industria salazonera…

P. A nivel político, ¿qué diferencias observa entre aquella época y esta?

R. A medida que han ido pasando los años y las distintas legislaturas, se ha ido haciendo de la política un negocio. Lo cual ha hecho que tengamos la corrupción que vivimos actualmente a nivel nacional, provincial y local.

Eso ha ido creando en el ciudadano una desconfianza y una falta de interés por la política. De ahí la cantidad de abstenciones que suele haber en cada elección. Y da pena.

Yo recuerdo que, en mi campaña electoral, no ofrecía nada porque no sabía qué tenía para ofrecer. Y fui honesto en ese aspecto. Decía: "Cuando yo esté y conozca qué se puede hacer, ya veré".

¿Qué hice, por ejemplo? Me desligué totalmente de la consulta privada, lo cual supuso económicamente una pérdida de ingresos bastante sustancial durante los cuatro años que estuve allí. Pero nadie me obligó. Fue decisión mía.

En una ocasión hubo, a nivel nacional, unas manifestaciones que atentaban contra los marineros de Isla Cristina. Y este que está aquí fue encabezando la manifestación con los marineros. Eso pudo haber sido en el año 80 o en el 81, más o menos.

Me decían: "No, tú no debes asistir a esto". Y yo decía: "No. Si esto va en contra de los marineros de Isla Cristina, yo voy a ir a la manifestación. Voy a ir porque yo no me obligo a nada que no sea beneficio de la gente y de Isla Cristina. Y si me tengo que pronunciar, me voy a mojar". Y lo hice siempre. Lo hice siempre. Aprendí a mirar a los ojos a quien sea, al presidente del Gobierno si hacía falta, y decirle en su cara lo que le tenía que decir.

En aquellos años, en el 81, cuando el 23-F, salió una agrupación de carnaval en la que estaban vestidos de guardias civiles. El comandante de Marina, o el ayudante de Marina de aquella época, quería prohibir que la agrupación saliera a actuar en el teatro. Yo me enteré y lo llamé. Y tuve unas palabras muy duras con él. Le dije: "Estamos en democracia y los carnavales son una expresión popular en la que tienen libertad. Y, en democracia, hay derecho a criticar todo lo que se vea mal. Nosotros tenemos que aprender a respetarlo y aceptar las críticas".

"Esa agrupación va a salir. Y sométase usted a la disciplina militar. Yo, que estoy como alcalde de la localidad, estoy por encima de usted. Respete mi decisión". Con dos cojones se lo dije. Y salió, salió la agrupación.

Ahora se ve la política casi como un negocio lucrativo. Se han empezado a dar cargos a personas sin ninguna preparación. Y eso deja mucho que desear. Con unos sueldos que no han soñado en la vida ganar algo así, personas analfabetas siendo asesores de abogados, ganando 3.000 euros al mes. ¡Hombre, por Dios! Tú no puedes ir a unas elecciones —vamos a ceñirnos al ámbito municipal— con la finalidad de tener garantizado un sueldo, un apoyo para ti y para toda la familia. Si tú te vas a meter, métete realmente para aportar algo.

P. ¿Cree que Isla Cristina fue pionera al elegir a una persona de color como primer alcalde?

R. Creo que habría que remontarse un poquito también a los orígenes que tiene Isla Cristina. Isla Cristina surgió de migrantes catalanes y valencianos. Y, lógicamente, después, como pueblo marinero, ha sido un pueblo que ha emigrado a todas partes.

Entonces, es un pueblo muy cosmopolita, que siempre ha tenido una visión muy abierta de la vida porque ha conocido costumbres de muchísimos países en los que, por las razones que sea, sus vecinos han tenido que ir a trabajar.

Eso le ha dado una apertura en la forma de ver y de enfocar las cosas que no han tenido jamás en otros sitios. Lo han demostrado siempre. No ha habido ningún tipo de marginación hacia nadie por proceder de donde proceda. Nunca. Yo eso no lo he visto en Isla Cristina.

Que habrá gente que piense de otra manera, pues de todo hay en la viña del Señor. Nunca me he sentido forastero. Yo soy —y te lo digo como lo siento— uno más de aquí. Miro, oigo, actúo y siento como un isleño más. Lo único es que no he nacido aquí y no se bailar sevillanas. Pero bueno, bailo bachata y bailo merengue. ¿Qué vamos a hacer? (risas).

Héctor Castillo, primer alcalde negro de Europa.

Héctor Castillo, primer alcalde negro de Europa. / Elías Luis Grao / 5

P. ¿Qué es de lo que más orgulloso está de su mandato?

R. De las cosas que me alegro haber hecho, fundamentalmente, está la cantidad de viviendas sociales que pudimos construir y entregar con el cien por cien de garantías a las familias más necesitadas. También me siento satisfecho de la difusión que le dimos a Isla Cristina, de haberla dado a conocer a los cuatro vientos y de demostrar que no era una isla perdida en el Atlántico.

Y luego están las personas que conocí en aquel entonces. Isla Cristina es un pueblo que tiene una virtud innata para la música y para el arte. Algo extraordinario. Esas son de las cosas buenas y bonitas que yo he descubierto y que conservo de Isla Cristina para siempre.

P. ¿Y de lo que menos?

R. Pues mira, de lo que menos satisfecho quedé fue de no haber podido hacer más cosas por la falta de recursos. Me quedé con un proyecto que no se llegó a realizar y que hoy día está hecho de otra manera y, en mi opinión, en peores condiciones.

En aquel entonces hubo la oferta de una empresa hispano-alemana, WorldHotels, que tenía un capital de sus accionistas paralizado y la necesidad de moverlo. Ofrecían una inversión de 5.000 millones de pesetas de aquella época. Normalmente la ley del suelo prevé que, de las grandes inversiones, el ayuntamiento se quede con un 10% para parques, jardines, iglesias o servicios públicos. Esa empresa, ante la necesidad que tenía de movilizar el capital, le ofrecía al ayuntamiento un 33% de beneficios. Con lo cual, te puedes imaginar.

Se hubiera podido hacer respetando las dunas y la parte de la costa. Para respetarla, se ofertó la zona del camping, la parte de atrás, para urbanizar esa zona en dirección hacia Islantilla.

Llamé uno por uno a cada uno de los concejales para explicarles, de la A a la Z, el proyecto que se pretendía hacer. A todos, sin excepción. Individualmente les parecía maravilloso. A la hora de votar, no.

Recuerdo a alguien que, además, es buen amigo, que decía que, “si se aprobaba ese proyecto, iba a haber alcalde de la UCD para toda la vida”. Nunca le he comentado esa frase, y mira que somos buenos amigos.

Hubo hasta quien le pagó el pasaje a un concejal que estaba de vacaciones en Canarias para que viniera, hiciera número y tumbara el proyecto. Y yo dije: "Mira, el progreso no lo detiene nadie. Es cuestión de tiempo. Si hoy día no lo dejan hacer; se hará mañana, seguramente en peores condiciones”. Y ahí está Islantilla, que se ha construido de una manera masiva y horrorosa.

Se podría haber hecho con mayores ventajas para el municipio. Porque hubiéramos tenido una comisaría de Policía Nacional. La escuela de hostelería, que se hizo ya después, la hubiéramos tenido de antemano. Teníamos la sartén por el mango para poder iniciar el desarrollo turístico no solamente de Isla Cristina, sino de la provincia de Huelva.

P. A pesar de todo, en el pueblo se le recuerda más por su faceta como médico.

R. Mira, ya te decía que desde pequeño mi vocación siempre fue la medicina. Y yo no podía concebir que una persona o una familia estuviera enferma y no tuviera dinero para comprar la medicina. Mi labor quedaba nula.

¿Qué hacía yo? Pues me los llevaba hasta la consulta privada, los veía por rayos X, les regalaba la medicina, les daba muestras y, si no, la pedía ya en la farmacia. Como médico, ya te digo, iba a visitar en invierno casas con los techos cayéndose de agua. Me encontraba a un niño con un ataque de asma y una ponchera recogiendo la gotera.

Y yo decía: "Chiquilla, tienes que arreglar esos techos, que este niño está así". Y me respondían: "No me deja el Ayuntamiento". Y yo le contestaba :"¿Que no te deja? ¿Por qué?". Ella me replicaba: "Porque dice que está afectado por el plan de urbanismo". Entonces le decía: "Búscate un albañil y que vaya a verme al Ayuntamiento".

Luego le decía al albañil: "Mira, ¿en cuánto tiempo terminas esa obra?". "Quince días", me decía. Digo, “te voy a dar veinte. Pero en veinte días no voy a mandar vigilancia por allí. Y me terminas esa obra". Y así se lo arreglaba para que pudieran reparar los techos y no se les lloviera la casa.

P. ¿Cómo le gustaría ser recordado¿ ¿Por ser el primer alcalde negro de Europa o por Héctor, el médico?

R. Mira, la realidad histórica es una cosa que está ahí y que no podemos taparla con un dedo. ¿Cómo me siento yo mejor que me digan? Héctor el médico, que es lo que a mí me ha gustado toda la vida. Lo de Héctor alcalde ha sido, hablando vulgarmente, como un aborto de la naturaleza. Circunstancias de la vida que me llevaron a esa etapa y de la que, sin comerlo ni beberlo, me vi inmerso en ella. La acepté, la asumí con dignidad y con el mayor respeto.

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