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Entrevista

David Pastor Vico, filósofo: "Compartir no es subir la foto de la comida sino mandarla en un táper"

Filósofo, divulgador y fenómeno televisivo, defiende que la revolución pendiente no está en un algoritmo, sino en volver a mirar al vecino. En verano, dice, conviene apagar el móvil, sacar la silla a la puerta y recordar que nadie se salva solo

David Pastor Vico, filósofo: "Yo protegería por la Unesco estar sentado al fresquito hablando con el vecino"

David Pastor Vico / Marina Casanova

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Isabel Morillo

Isabel Morillo

Sevilla

David Pastor Vico (Jambes, Bélgica, 1976) vive en Utrera (Sevilla), donde ha hecho de un parque una pequeña república filosófica. Empezó a ir con sus hijas y una silla de playa. No había padres. Insistió. Un día apareció otro. Luego otro. Ahora tienen hasta grupo de WhatsApp: Los machos del parque. "Hay un bombero, un químico, un tractorista, un filósofo… Parecemos un chiste", dice. Pero detrás del chiste hay una tesis: la política empieza cuando alguien cuida del hijo de otro mientras el otro va al supermercado.

Filósofo, fenómeno en televisión, redes y autor de libros como Filosofía para desconfiados, Ética para desconfiados y Era de idiotas, Pastor Vico habla deprisa, con acento andaluz y vocación de bofetón amable. Defiende la confianza, la calle, la amistad, los bares, el fresquito y la sanidad pública: volvió de México enfermo de cáncer y se curó en el Hospital Virgen Macarena. Ahora propone una revolución humilde: menos pantalla, más silla en la puerta.

P. Uno de sus libros se titula 'Era de idiotas'. ¿Cuándo empezamos a serlo?

R. En España, a partir de los años noventa. Cuando nos convencieron de que todos éramos clase media. Los barrios obreros, con los mismos pisos y los mismos metros cuadrados, pasaron de ser obreros a ser de clase media de la noche a la mañana. Y nos gustó. A partir de ahí abrazamos el individualismo, la competencia con el vecino, el 'yo me salvo solo'. Eso nos volvió idiotas en el sentido griego: el ciudadano que no participa de lo público y solo se preocupa de sí mismo.

P. ¿La idiotez empezó cuando los niños dejaron de jugar en la calle?

R. Exactamente. Antes las AMPAS cortaban calles para pedir mejoras en los colegios públicos. Luego esos mismos padres dejaron de cortar calles y empezaron a sacar a los niños de esos colegios para llevarlos a concertados y privados. Cargamos sus agendas como si fueran ministros porque nuestro hijo tiene que ser mejor que el del vecino, aunque luego por la noche cenemos las mismas sopas Avecrem. Donde antes nos conocíamos todos, ahora no nos conocemos ninguno. Y de ahí nacen la desconfianza, la polarización y la idiotez galopante.

P. Usted dice que confiar en el otro es el acto revolucionario del siglo XXI. Con la que está cayendo, ¿no es también una ingenuidad?

R. No. La confianza permite el pensamiento crítico. La desconfianza abre la puerta al pensamiento acrítico. Si no confío en nadie, me cierro como una almeja y me vuelvo permeable a cualquier discurso manipulador dirigido a almejas como yo. Cuando confías en gente distinta, aprendes a distinguir. Además, hay mucha más gente buena que mala. Lo que pasa es que si no miras a nadie, no puedes saber quién es quién.

P. ¿El verano ayuda a confiar o seguimos siendo igual de idiotas en chanclas?

R. Somos tan idiotas que teniendo ciudades maravillosas salimos todos corriendo a la playa y acabamos los mismos idiotas de la ciudad amontonados en la arena. Y muchas veces ni miramos a la cara al vecino de toalla. El verano podría ser otra cosa si recordáramos cómo era hace treinta años: noches de ruido, gente en la calle, sillas en la puerta, terrazas, una botella de Casera y conversación hasta las dos de la mañana. Eso era confiar. Ahora hay pueblos que dicen que parecemos catetos teniendo sillas en la puerta tomando el fresquito. Cateto es decir eso. Yo protegería por la Unesco estar sentado al fresquito hablando con el vecino.

P. Playas llenas, chiringuitos llenos y, sin embargo, mucha gente sola.

R. No hay mayor soledad que la de dos en compañía. Estar juntos no significa compartir tiempo; a veces solo significa que estamos aborregados en el mismo sitio. No sabemos quién está en la toalla de al lado. Y cuando inhibimos el encuentro físico, sobre todo en los jóvenes, potenciamos el encuentro virtual. Pero lo virtual es unidimensional. Ves solo la cara que el otro quiere mostrar. Nadie es tan guapo como en Instagram ni tan feo como en el DNI.

P. ¿Qué hacemos con los adolescentes pegados al móvil?

R. Hablar. Parece obvio, pero no lo hacemos. Muchas veces los padres dan el teléfono para no hablar, y hay que hablar. Hay que explicarles lo que se están perdiendo: amigos, amores, desamores, experiencias, autonomía, pensamiento crítico. También hay que abrirles la casa, dejar que entren sus amigos, que salgan, que vayan a otro pueblo, que se muevan. No tenerlos bajo el redil de una aplicación de móvil que te dice a cada momento dónde están. En este mundo en el que hay padres que dicen 'yo soy el mejor amigo de mi hijo', a mí eso me da asco, es tan egoísta que priva a tu hijo de tener un amigo de verdad y eso es decisivo en la vida.

P. En vacaciones parece que importa más salir guapo en Instagram que pasarlo bien.

R. Porque nos hemos vuelto muy idiotas y muy pagados de nosotros mismos. Parece que si no mostramos lo que hacemos, no lo estamos haciendo. A mí me da mucha risa cuando alguien le saca una foto a la comida y dice: "Lo comparto con ustedes". No, señor. Eso no es compartir, eso es vacilar. ¿Quieres compartir? Mándamelo en un táper. Y estoy hasta las narices de ver pies feos en la playa, la foto del pie en el agua como si fuera Armstrong pisando la Luna.

P. ¿Somos esclavos de la foto?

R. Totalmente. Uno no va de vacaciones para presumir, sino para disfrutar. De hecho, sería el momento en que menos fotos habría que subir. Pon fotos de lo aburrido que estás en el trabajo, no de lo bien que te lo estás pasando.

P. En la era del zasca y del vídeo de veinte segundos, ¿qué deberíamos pedirle a los políticos antes del nuevo curso?

R. Lo triste es que tenemos los políticos que nos merecemos. Si analizamos la sociedad desde la frivolidad de una foto de un pie en el agua, ¿cómo vamos a esperar profundidad política? Tenemos el político del postureo, del mensaje vacío, del aplauso fácil. Pero si queremos pedirles algo, primero tendríamos que darnos algo a nosotros mismos: coherencia, compromiso, decencia. De un pueblo que se salta sus propios principios no puede salir un político puro.

P. ¿Hay que apagar el móvil en vacaciones?

R. Por favor, apágalo. No solo en vacaciones. Yo intento dejarlo en un cajón y mirarlo cada hora y media o dos horas. Lo tengo muteado. Quizá la única notificación que deberíamos dejar es la llamada de teléfono. El resto sobra. Estar constantemente disponible es una droga mala. Mi sueño es volver a un teléfono analógico de botones.

P. ¿Por qué meter uno de sus libros en la maleta?

R. No hay obligación, pero yo aconsejo comprar los tres y regalarlos, claro. Filosofía para desconfiados sirve para empezar a escarbar, con humor y algún bofetón de realidad. Ética para desconfiados recuerda algo que hoy parece revolucionario: que el mejor aliado para sobrevivir en el mundo es un amigo. Y Era de idiotas viene muy bien si uno cree que su cuñado es idiota, porque al abrirlo quizá descubre que el idiota también es uno.

P. ¿La filosofía consuela o incomoda?

R. Las dos cosas. Se dice que los filósofos hacemos más preguntas que damos respuestas. Pero ahora necesitamos respuestas. Yo parto de dudas, de ideas que no quiero que sean verdad, y al investigar descubro que lo son. Entonces me enfado. Eso sí, siempre intento ofrecer soluciones. Siempre hay esperanza.

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