Fuera de Juego: La otra cara del fútbol sevillano
Vidakovic, exjugador del Real Betis: "Pasé de la alegría de Sevilla a luchar por no perder una pierna"
El exjugador del Betis habla de amistades, lealtad, dolor y un club que, más de veinte años después, sigue sintiendo muy cerca

'Fuera de Juego: La otra cara del fútbol sevillano', Hristo Vidaković / EL CORREO

La memoria de Vidakovic viaja de un país en guerra a un vestuario, de un quirófano a una conversación pendiente. Y, entre una historia y otra, aparece un Betis que todavía siente como suyo: “El año pasado estuve trabajando en Malasia; antes, en Indonesia, y también entrené en Filipinas. Allí viví una anécdota muy curiosa. Un día estaba en el aeropuerto y, de repente, se me acercó un chico con una camiseta del Betis. Imagínese mi cara. Encontrarte a más de 10.000 kilómetros de Sevilla con un aficionado del Betis… es que no me lo podía creer. Me reconoció y creo que hablé más yo que él. Le dije: “Pero, ¿tú qué haces aquí con esa camiseta?” (ríe). Han pasado muchos años desde que salí del Betis (estuve como jugador entre 1994 y 2000 y como entrenador del filial en la temporada 2011-12), pero hay algo de ese club que se quedó para siempre dentro de mí. La forma en la que llegué, cuando todo me salía bien, la lesión... Fue una etapa muy intensa”
-¿Cómo llegó al Betis?
-Mi país estaba en guerra y yo quería salir. No podíamos jugar partidos internacionales; era imposible seguir creciendo. Mi agente, Zoran Vekic, me dijo que tenía ofertas del Espanyol, de varios equipos de México, de Alemania... y del Betis. Del Betis solo sabía que estaba Gordillo. De alguna manera era mi ídolo, por su etapa en el Real Madrid. Yo entonces jugaba de carrilero y él era un referente. Subía, bajaba... lo hacía todo de maravilla (silencio). También sabía que el clima tenía que ser bueno porque unos años antes había ido de vacaciones a Mallorca y me llamó la atención el calorcito. Lo que no podía imaginar es que de aquel calorcito iba a pasar al calor que me encontré nada más llegar a Sevilla. Llegué por la mañana y era imposible hacer nada. Me llevaron al hotel y, ya por la noche, vino a recogerme Eusebio Ríos (director deportivo). Quedamos con el míster (Serra Ferrer), y con algunos directivos del club en un restaurante. Me invitaron a comer jamón, a tomar unas cervecitas... y se me olvidó el calor (risas).
-¿Cómo se adaptó tan rápido a la idiosincrasia de Sevilla?
-Los balcánicos y la gente de Andalucía nos parecemos en muchas cosas. Nosotros también somos muy emocionales y nos gustan las bromas. Aquel vestuario era una pasada. Nos acostumbramos a ganar y éramos una familia.

Vidakovic (izq) y Jaime (dcha), ambos del Real Betis, disputan un balón con Chema, de Real Valladolid. / EMILIO MORENATTI
-Hábleme de algún jugador de esa época.
-Hay muchos, muchos. Alfonso tenía mucho nivel, driblaba con las dos piernas, no sabías por dónde te iban a salir. También teníamos dos jugadores en las bandas que podrían jugar perfectamente en cualquier época del fútbol. Finidi siempre me pareció una máquina tácticamente, era el jugador perfecto. No perdía nunca el balón. Jarni también era buenísimo. Era un portento físico, con mucha velocidad y ponía unos centros espectaculares. Había calidad en este equipo. Muy buena gente también. Todos los jueves salíamos a cenar juntos. Íbamos a El Espigón. ¿Sigue abierto? Tenían un jamón increíble. Después nos íbamos todos a tomar algo. El ambiente que se respiraba era espectacular. Pero también es verdad que yo llevaba algo dentro...
-¿A qué se refiere?
-Yo tenía un amigo que se quedó en mi país durante los cuatro años que duró la guerra. No salió nunca. Pero sobrevivió. Yo le mandaba comida a través de algunas ONG que había en Belgrado. Era muy difícil comunicarme con él porque las líneas telefónicas estaban destrozadas. Solo podía saber de él a través de unos equipos de radiofrecuencia. Estuve muchos años sin verlo hasta que, un día, en un partido de pretemporada que jugábamos con el Betis en Holanda, apareció allí. Aquello fue muy emocionante. Le cuento esto porque hace apenas diez días volví a estar con él en Sarajevo. Hablamos de todo aquello. Me dijo que nunca pudo salir porque Sarajevo estaba rodeada por fuerzas serbias y él, al ser musulmán, sabía que intentar escapar era jugarse la vida. Lo importante es que todo eso ya pasó. Hay que seguir.
-Usted también tuvo que hacer eso en su vida. Tras la grave lesión de rodilla, no le quedó otra que levantarse y seguir adelante, ¿no?
-Nunca volví a ser el de antes. Fue un calvario de dos años. Yo creo que nadie se recuperó de una bacteria como la que tuve, ¿eh? (la conocida como «el virus del quirófano»). Es verdad que volví a jugar, pero nunca fue igual. Lo primero que hicieron los médicos fue intentar salvarme la pierna. Hay personas a las que se la han tenido que amputar. Pasé de la alegría de Sevilla a luchar por no perder una pierna. Cuando consiguieron acabar con el bicho, me dejó muchísimas secuelas. Me tuvieron que operar los meniscos, quitarme casi todo, limpiarme la rodilla varias veces... ¡Me operaron seis veces en dos años! Fue mucha tela. Mucho quirófano. Mentalmente fue durísimo. Piense que, cuando salí del hospital, los médicos me dijeron que me olvidara del fútbol, que lo más importante en ese momento era intentar volver a caminar bien. Se me cortó todo de raíz. En el Betis me estaba saliendo todo de maravilla. Había equipos como el Barcelona o el Deportivo que habían preguntado por mí.

Vidakovic, del Real Betis, controla un balón ante la presencia de Raul, del Real Madrid. / EFE
-¿Qué pensó entonces?
-Yo estaba muy bien en el Betis. Además, sabía que Lopera no me iba a vender. Acababa de traspasar a Roberto Ríos al Athletic y creo que no se iba a atrever a vendernos a los dos. La afición se le habría echado encima. No era fácil.
-Tampoco debió de ser fácil para usted asimilar lo que ocurrió tras el motín de Mérida (agosto de 2000), ¿verdad?
-Aquello me afectó muchísimo, más de lo que la gente puede pensar. Me sentí un poco traicionado por algunos compañeros. Todos habíamos llegado a un acuerdo en el vestuario. Como el presidente, Lopera, no nos pagaba, decidimos los jugadores firmar un documento y no jugar el partido amistoso en Mérida. La gente se echó atrás luego. El vestuario había cambiado. Sólo aguantamos Roberto Solozábal y yo. Lopera empezó a llamar uno a uno a su despacho. ¡Conmigo también lo hizo! Algunos se asustaron, igual los tenía cogidos por algún sitio… No sé.
-Cuando se encontró con Lopera después de todo aquello, ¿qué le dijo?
-Que yo no iba a cambiar mi idea, que había dado mi palabra. Él les debía mucho dinero a los jugadores. ¿Por qué iba yo a cambiar?
-¿Y él qué le comentó?
-Que me quedaban unos años de contrato, y que no me convenía hablar. Es verdad que solo dos meses después ya no estaba en el Betis. Así fue. Pero, ¿cómo iba a cambiar mi opinión? La prensa me llamó y yo no iba a desmentirme. Yo tenía que decir la verdad. Como siempre.
La guerra le obligó a marcharse. La lesión casi le obligó a dejar el fútbol. Y algunas decisiones le costaron muy caras. Hay derrotas que se olvidan. Renunciar a uno mismo, no.
Lo que se mueve
En la vida de Vidakovic hubo guerras, lesiones y momentos en los que volver a caminar parecía más importante que volver a jugar al fútbol. Sin embargo, cuando le preguntas por la persona que más le ha marcado, no duda ni un instante: Biljana. La llama "heroína". Fue quien compartió con él los peores días de su carrera, cuando el miedo y la incertidumbre parecían no tener fin. Hoy sigue hablando de su mujer con la misma gratitud de entonces. Hay agradecimientos que no caducan.
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