Lector, le reto a leer hasta el final este reportaje. No se va a encontrar usted ninguna vuelta de tuerca en el desenlace, como las de las películas de M. Night Shyamalan. Esta no es una historia emocionante, sino una historia de irresponsabilidades. De todos: desde las víctimas hasta usted, pasando por el periodismo.

Nadie habla del suicidio. A nadie le gusta. No ayuda para hacer amigos, no atrae megustas de Facebook, no consigue votos y no vende periódicos. Nadie habla de suicidio, pero muchos hablamos de suicidios. Esos sí venden, pues esta sociedad es amante del detalle escabroso y huye de sacar conclusiones reposadas.

En 2014 se quitaron la vida 3.910 personas. Es la principal causa de muerte no natural de España, a una distancia sideral de los accidentes de tráfico o los asesinatos. Desde hace dos décadas, esa cifra se mantiene por encima de las 3.000 personas casi como una autorregulación del ecosistema, como si se tratase de una tasa fija, de una espita de obligada aplicación para evitar una excesiva presión demográfica.

La Organización Mundial de la Salud calcula que 1.530.000 personas se quitarán la vida en nuestro planeta en el año 2020, si continúa la tendencia actual. Eso supone un suicidio cada 20 segundos. Además, habrá un intento de suicidio no consumado cada dos segundos, lo que implica en muchos casos terminar con lesiones graves y serias secuelas emocionales, tanto para el suicida como para sus familiares y amigos.

Tras cada uno de esos números hay una tragedia inmensa, una debacle que se instala en la vida de los supervivientes, que es como se conoce a los familiares y amigos cercanos que se quedan mirando una silla vacía, sin saber qué hacer, durante años, durante miles de noches sin dormir.

HABLAR A TODA COSTA

Celes perdió a su hijo hace dos años, cuando el chico tenía 21. «No sabía dónde meterme. Ni cuál era mi sitio. Ni qué había pasado. No sabía cómo seguir». Celes Toscano se convirtió entonces en una sombra, en una víctima de la que nadie hablaba. Su pérdida pasó a engrosar las estadísticas, pero su vida continuó completamente perdida. «No podía esperar dos meses a que me atendiera un psicólogo de la Seguridad Social, necesitaba que me ayudaran lo antes posible». La reacción de Celes fue la natural: buscar a alguien en sus mismas condiciones. «Alguien que pudiera entender cómo me sentía. Alguien con quien poder hablar».

(Foto: Pepo Herrera)

Así se formó A tu lado en Huelva, la ciudad donde vive Celes. Este colectivo se ha constituido en plataforma para atender a estas personas perdidas. «Hay que hablar a toda costa, encontrarte con otras personas que te comprendan». Antes de eso, se acercó a un grupo de madres que habían perdido a sus hijos por diferentes causas. «Tuve suerte –la resiliencia de Celes es proverbial– porque años antes había perdido a una hermana y mi madre encontró ese grupo de ayuda, así que acudí a ellos».

Sacó dos conclusiones. La primera, que necesitaba superar el duelo y poder vivir. El luto eterno no es una solución. La segunda, que un buen número de los hijos que habían dejado a sus madres lo habían hecho a través del suicidio. Empezó a darse cuenta de la gran cantidad de personas que sufren esta situación y del silencio en el que se encuentran inmersas. Y así formó este nuevo grupo.

Son muy pocos los colectivos dedicados en nuestro país a hablar de esta cuestión. En la provincia de Sevilla, por ejemplo, no se conoce ninguna, y eso que hay una media de un suicidio al día. La principal plataforma está en Barcelona y se llama Después del suicidio. De ellos, han aprendido su modo de funcionar en A tu lado Huelva. Así cuentan su problema central en este grupo: «El suicidio supone una devastación emocional, social y en ocasiones hasta económica, que altera nuestra existencia irremediablemente. Las personas más próximas al suicida acostumbramos a sufrir sentimientos de culpabilidad. La búsqueda de respuestas que nunca llegan es una constante que genera angustia y agotamiento, con el agravante de que el entorno social y familiar, suele rodear al suicidio de un muro de silencio que dificulta todavía más el necesario proceso de duelo».

(Foto: Pepo Herrera)

SILENCIO Y DATOS QUE NO CUADRAN

Las cifras que estamos manejando en este reportaje provienen del Instituto Nacional de Estadística. Los datos sobre personas que se quitan la vida llegan de los juzgados de instrucción. Sin embargo, en el camino se queda otro número importante de casos (en torno a un 20% más) que se certifican tras las autopsias. Pese a que los forenses envían esos datos a los juzgados, las cifras no se actualizan. Eso lleva a pensar que la cifra real de casi 4.000 personas muertas por suicidio en 2014 podría acercarse a los 5.000.

Médicos forenses como Lucas Giner –profesor de psicología médica, psiquiatría forense y psicopatología en la Universidad de Sevilla- sostienen que esta situación «podría modificarse y ser más fiable si el encargado de cumplimentar los datos relacionados con la muerte con intervención judicial fuese el mismo médico forense que ha hecho la autopsia».

El profesor Giner tiene claro que las soluciones son, en su mayoría, médicas. «El 90 por ciento de los casos está documentado con trastornos mentales». No, no hablamos de locura. Hablamos de la depresión, esa enfermedad aún estigmatizada que se lleva por delante planes, empleos, relaciones... y vidas. Otro tema del que tampoco nos gusta hablar.

El principal método para que los forenses detecten lo que llevó al suicida a su desenlace es la «autopsia psicológica», basada en conversaciones con familiares y amigos. «De ahí sacamos toda la información que podemos. Para nosotros es una herramienta imprescindible y sabemos que supone un tremendo esfuerzo a las familias. Por ello, les estamos inmensamente agradecidos». En la gran mayoría de los casos, los forenses detectan que la depresión estaba latente.

TRATAMIENTO

«La depresión es una enfermedad y, como tal, se puede tratar». Lucas Giner no tiene dudas. Prácticamente todos los tratamientos contra la depresión tienen eficacia médica. Sin embargo, es fundamental poder detectar esta patología y que el paciente se preste al tratamiento. Los estudios más conservadores aseguran una reducción mínima del 20 por ciento de los casos de suicidios si se acometen debidamente estos tratamientos.

Pero, ¿cómo se da el aviso, cómo se pide ayuda? No olvide, lector, ese silencio que lo envuelve todo al hablar de este tema tan feo. No olvide que nosotros hacemos todo lo contrario de lo que Celes Toscano pide.Si ella necesita «hablar a toda costa», la sociedad elige callar.

A (casi) nadie se le ocurre callar cuando es testigos del maltrato a una mujer. Ya no nos cabe en la cabeza dejar pasar la situación sin dar aviso, y gracias a ello seguro que se salvan muchísimas vidas. ¿Cuántas más podríamos salvar si diéramos avisos de conductas o signos que pueden acabar en un suicidio?

La sintomatología de estas conductas es complejísima y, por ejemplo, muy cambiante según la edad. Por poner sólo un ejemplo, las más visibles se dan en los jóvenes, que tienden más a exteriorizar sus sentimientos, algo que ahora es mucho más evidente con las redes sociales. Facebook, por ejemplo, es un lugar en el que es relativamente fácil detectar estas conductas, estos signos.

Precisamente la red de Mark Zuckerberg es una de las instituciones que más ayuda a dar con este tipo de casos. Son esos algoritmos que rastrean intereses para la publicidad los mismos que también localizan palabras claves, comportamientos o fotografías que dan la pista de que algo malo puede estar a punto de suceder. Facebook ofrece su ayuda no sólo a los potenciales suicidas sino muy especialmente al resto de la población, que es la que puede dar la alerta. «¿Cómo reporto contenido relacionado con conductas suicidas en Facebook?» es una más de las varias guías breves de asistencia online que esta red propone al navegante. Algunas de estas guías están directamente orientadas a colectivos que, al menos en Estados Unidos, tienen una tasa más acusada de suicidio. Es el caso de los militares, de las fuerzas de orden público o los gays y lesbianas.

Una vez dentro de estas miniguías, la primera orientación es que avisemos a las autoridades o, si no queremos, ellos mismos se encargan. Hay enlaces directos a estas autoridades y webs de ayudas... pero ninguna es española. ¿Debería el Ministerio de Sanidad plantearse hablar con Facebook para colaborar con ellos? Es una idea.

En relación a internet, los estudios confirman que el cibersuicidio es algo que se propaga con rapidez en los últimos años. La figura del instigador suele ser clave. «Es una persona dominante que puede tener características de paranoia y algún tipo e motivación suicida. Tiende a ser líder, en este caso con influencias negativas. Empieza a convencer, a hacer proselitismo con gente vulnerable que está en el filo de la navaja». Es un fragmento de Suicidio en el siglo XXI, un estudio publicado por los profesores José Giner, Antonio Medina y Lucas Giner, de la Universidad de Sevilla. En el mismo, se indica que lo más buscado en este sentido en la web son los métodos para que la muerte sea más rápida y apoyo para no realizarlo... «o el empujón necesario para llevarlo a cabo».

¿ALGUNA VEZ HA VISTO UNA CAMPAÑA DE PUBLICIDAD SOBRE EL SUICIDIO?

No sólo Facebook arrima el hombro en este asunto. La Consejería de Salud tiene también sus herramientas, aunque tal vez no consigan llegar a tanta gente en Andalucía. Evelyn Huizing es asesora técnica del Programa de Salud Mental del Servicio Andaluz de Salud y nos habla de una gran cantidad de referentes de ayuda promovidos por esta institución.

Por un lado, se participa del programa Euregenas, de la Unión Europea, que trabaja especialmente en la prevención, ahondando en la formación de los propios profesionales de la medicina y elaborando guías de ayuda. Existe también abundante documentación en la web de la Consejería de Salud, en el apartado de Salud Mental.

Sin embargo, la población no accede a toda esa información. O, por decirlo de otra manera, no hay ninguna herramienta para captar el interés del ciudadano de a pie. En román paladino: no hay campañas de publicidad.

La doctora Huizing afirma que «no hay una evidencia clara de que una campaña de publicidad fuera a cambiar algo», aunque tiene muy claro que la «educación emocional» de la población es fundamental.

Por su parte, el psiquiatra Lucas Giner sí está convencido de que una campaña de publicidad tendría un efecto muy positivo en la detección de conductas suicidas. «Debería estar más dirigida a la población en general que a los potenciales suicidas». Parece que sería mucho más efectivo concienciar a quienes rodean a estas personas «que están en peligro de muerte». Es muy lógico pensar que la mente de un potencial suicida está mucho más cerrada a un posible mensaje de ayuda que el resto de la ciudadanía. «Son quienes le rodean los que tienen que dar el aviso».

¿Y dónde acudir cuando se detecta el problema? «La mejor manera de recibir ayuda es acudir al médico de cabecera», afirma Giner, que se basa en ese altísimo porcentaje de trastornos mentales –el principal, la depresión- que está detrás de este fenómeno.

Para Celes Toscano, sin embargo, «los médicos de cabecera no tienen ni idea, no saben afrontar estos problemas». Es el punto de vista de una afectada, que lo ha sufrido en sus carnes, poco que ver con la visión de Evelyn Huizing, que afirma llevar «años trabajando al respecto con médicos de familia».

Para los políticos tampoco es plato de buen gusto hablar de este tema. No se recuerda una sola frase de mitin o campaña electoral sobre la cuestión y tampoco forma parte del discurso habitual de cara a la opinión pública. Curiosamente, días después de que este periódico contactara con el Servicio Andaluz de Salud para recabar datos al respecto, la Consejería emitía una nota de prensa poniendo al día –no había ninguna novedad– todo el amplísimo programa de actuación en cuanto al suicidio, personalizando la iniciativa en el consejero Aquilino Alonso. Sin embargo, en la información no había ni una sola palabra sobre una posible campaña de publicidad.

(Foto: Pepo Herrera)

PAÑOS CALIENTES

No hay nada mejor para escurrir el bulto en una conversación sobre el suicidio que acudir a algún falso mito. «El que se quiere suicidar no lo anuncia; si lo dice, es sólo para llamar la atención». «Hablar del suicidio favorece que se haga». «Alguien que ha intentado suicidarse y no lo ha conseguirlo, no lo vuelve a intentar». «La gente inteligente no se suicida». Estas y otras frases son las cómodas coletillas con las que se suele atajar la cuestión, para pasar a hablar de cualquier otra cosa.

Y, sin embargo, tenerlas en cuenta es absolutamente contraproducente, según profesionales y supervivientes. El 80 por ciento de las personas que han advertido que se iban a suicidar, lo han conseguido. Y, lo adviertan o no, siempre hay pistas que pueden hacer pensara quienes le rodean que lo podrían intentar.

CONTAGIO

Los medios de comunicación tampoco somos un dechado de virtudes. Editamos mal casi a diario informaciones sobre suicidios, alejándonos de las recomendaciones de los expertos. Esta mala praxis puede ser fruto del ritmo frenético del trabajo, de la competencia por generar tráfico en los medios digitales o de esa tendencia tan periodística a desdramatizar catástrofes que se repiten a diario. También podemos aducir una enorme falta de formación al respecto en las facultades de periodismo y, por qué no, la ausencia de normas internas en las redacciones que regulen ese tipo de informaciones.

El sociólogo David Phillips estudió en 1974 cómo tras la publicación de una noticia de un suicidio en la portada de The New York Times subía la cifra de suicidios en la Gran Manzana. Lo llamó efecto Werther, en referencia al libro de Goethe Las penas del joven Werther, obra de 1774 que fue prohibida en media Europa por las autoridades de la época. Se conectó con la historia que contaba el aumento de suicidios entre los jóvenes, que incluso a veces acompañaban con notas en las que se evocaba la figura del protagonista del libro.

Décadas después de la tesis de Phillips, la inmensa mayoría de los profesionales de la psiquiatría están de acuerdo en afirmar que este efecto contagio se da con claridad, por mucho que los periodistas queramos consolarnos con que «no está demostrado». Sí, está científicamente demostrado por estudios que no leemos.

El efecto Werther se manifiesta mucho más en casos en los que se informa del suicidio de un famoso. Tras la muerte de personajes como Marilyn Monroe y Kurt Kobain se registró un repunte de suicidios entre personas que se identificaban con ellos. Pero, ¿cómo no vamos a informar de la muerte de un personaje famoso sin mencionar las causas? El profesor Giner admite que algo realmente complicado para el informador. «En la medida de lo posible, evitad dar detalles».

La Organización Mundial de la Salud emite desde el año 2000 una serie de recomendaciones a los medios de comunicación, replicadas por la mayoría de instituciones y asociaciones que se ocupan del suicidio. No sacar la noticia en la portada de un periódico (¿y qué hay de los digitales?), evitar la palabra suicidio en el titular, no poner ninguna foto de la persona que se ha suicidado, no citar el contenido de notas de despedida, no dar detalles sobre los métodos, no hacer análisis simplistas, no hablar de posibles culpables... Una infinidad de medidas que hacen complicadísimo informar sobre estos asuntos.

En las últimas décadas se asumieron todas estas recomendaciones, pero el detalle de las mismas se olvidó. En la mayoría de los casos, el periodista no tiene muy claro por qué no debe informar sobre los suicidios y, cuando decide sí hacerlo, cae en todo lo que no se debe hacer.

Toda esta falta de atención, sumada a la de políticos, médicos y, por qué no admitirlo, la gran mayoría de la población, ha incidido en silenciar un tema que cada año se cobra un escandaloso número de vidas en nuestro país.

(Foto: Pepo Herrera)

LA CRISIS NO ES UNA CAUSA

Hay quien puede sacar una conclusión precipitada acerca de las causas que provocan los suicidios. «La crisis», dicen muchos. En España, por ejemplo, se daban más suicidios en años de bonanza que en los de la crisis, en los grupos de edad con mayor riesgo: los jóvenes y las personas mayores. Sin embargo, en edades de madurez (40-59) sí se ha registrado un repunte en los últimos tres años de los que tenemos datos. Aún así, la tasa de esos grupos de edad es mucho más baja que las de jóvenes y ancianos. Entre ellos, el que más preocupa es el segundo, pues tiene un número más bajo de intentos fallidos.

Por países, el nuestro está el 58 en el ránking mundial, por debajo de grandes potencias europeas, pero muy alejado de naciones como las caribeñas, con un índice casi inexistente de suicidios. Para algunos estudiosos, el clima y las horas de luz tienen que ver, pero no con el estado de ánimo de las personas depresivas, sino en la capacidad de comunicación con quienes le rodean... y les podrían ayudar.