Cuando las cornás saben a versos

Desde las primeras referencias del Rey Sabio, la literatura taurina ha aportado más lances victoriosos que las corridas, sobre todo desde que poetas y toreros se hicieron tan amigos como para concebir las mejores elegías de una historia que emparenta al toro con la palabra, como hace en su último libro Antonio García Barbeito

Cuando las cornás saben a versos

Cuando las cornás saben a versos / Álvaro Romero

Álvaro Romero

Cuando El Espartero, desde el burladero, miraba al morlaco que debía torear y su banderillero le susurró aquel comentario tan poco esperanzador, el torero sevillano no estaba pensando en la poesía, pero le salió en forma de hexasílabo perfecto al atreverse en el redondel: “Más cornás da el hambre”, dijo, sin saber que el escritor valenciano Blasco Ibáñez habría de inmortalizarlo en su novela Sangre y arena, o que el poeta Fernando Villalón también le dedicaría un poema inolvidable. Para versos estaba él aquel día, con la faena por hacer, languideciendo el siglo XIX y Cuba por perderse todavía... En aquella época de hace casi siglo y medio, los toros ya estaban íntimamente unidos a la literatura, porque todo lo que encerraba una corrida de épica, lírica o dramática había inspirado incluso a Alfonso X el Sabio en sus Cantigas o al autor anónimo del Poema de Fernán González desde el remoto siglo XIII, pero faltaba precisamente que se sellara la alianza indeleble entre las dos sintaxis, la de la plaza y la de la imaginación poética, para que se afirmara con conocimiento de causa el toro en la palabra, como titula su último libro, exquisito de verso y prosa, el periodista y escritor de Aznalcázar Antonio García Barbeito. Faltaba, en definitiva, que las tragedias de Joselito el Gallo, de Ignacio Sánchez Mejías o de Manolete se convirtieran en asuntos puramente literarios más allá de la sangre real.

Y esa amistad entre toreros y poetas, esa imbricada admiración mutua entre matadores y literatos estaba llamada a producirse en el siglo XX, paradójicamente el siglo de oro del toreo y el siglo que ponga en cuestión su propia ética, el siglo que viera al natural las tertulias entre Valle-Inclán y Juan Belmonte, el siglo en el que solo un torero tan atípico como Sánchez Mejías –inmortalizado por el Llanto de Lorca- posibilitara el nacimiento de una Generación como la del 27 (tan taurina con uno de sus maestros, Gerardo Diego), después de que Rafael Alberti –antes de tomar su alternativa como banderillero con el mecenas de su propia Generación en su penúltima corrida- accediera a escribirle una elegía a su cuñado, el Gallo, capaz de trenzar octosílabos con la Virgen de Sevilla y su torero más inmortal. “Virgen de la Macarena, / mírame tú como vengo, / tan sin sangre que ya tengo / blanca mi color morena. / Ciérrame con tus collares / lo cóncavo de esta herida, / ¡que se me escapa la vida / por entre los alamares!”, escribió el autor de Marinero en tierra. “Que pueda, Virgen, que pueda / volver con sangre a Sevilla / y al frente de mi cuadrilla / lucirme por la Alameda”, remataba, con desplante tan gallardo el poema, y eso que era de encargo... Y eso que Hemingway, que ya había aterrizado en Pamplona, no había popularizado aún su relación con la tauromaquia.

Para entonces, los jóvenes poetas del 27 ya tenían como referente a su propio homenajeado, el gran aficionado Luis de Góngora, que tres siglos antes le había dedicado décimas y sonetos a su amigo el picador cordobés Pedro de Cárdenas y Angulo, gran aficionado a la poesía. En el ilustrado siglo XVIII, el de la profesionalización del toreo, poetas como Nicolás Fernández Moratín (el padre de Leandro, el del Sí de las Niñas) conjugan razón y sentimiento al inspirarse en Pepe-Hillo, Pablo Romero y Costillares, y la poesía taurina, que va a retratar con detalle la fiesta nacional, desde el toro en el campo hasta las suertes que le esperan en la plaza, como se encargó de describir el guatemalteco Rafael Landívar en su Rusticatio Mexicana (1782), alcanza la categoría de un subgénero lírico practicado con pluma y también con estoque por el simpar Diego de Torres Villarroel.

Con todo, había sido Manuel Machado, con su poema “La fiesta nacional”, publicado en París en 1900 –y traducido al francés antes de publicarse en España seis años después- , el poeta que más habrá de contribuir a la literaturización del toreo. Aquel poema, tan modernista ya aunque con resonancias románticas, arrancaba sensorialmente con “una nota de clarín / desgarrada, / penetrante, / rompe el aire con vibrante / puñalada”. Y continuaba luego, retratando cada lance de la corrida en versos que intentaban imitar la cadencia del toreo: “En los vuelos del capote, / con el toro que va y viene, / juega, al estilo andaluz, / en una clásica suerte, / complicada con la muerte / y chorreada de luz... / Elegante / y valiente, / y con una seriedad / conveniente / va burlando / la feroz acometida / y jugando / con la vida / ágilmente”.

Tres décadas y media más tarde, mientras Miguel Hernández redactaba entradas de la Enciclopedia del Toreo de Cossío, y aquella callada labor le influía en sus sonetos del rayo que no le iba a cesar mientras viviera (“Como el toro he nacido para el luto / y el dolor, como el toro estoy marcado / por un hierro infernal en el costado / y por varón en la ingle con un fruto”), Federico García Lorca lloraba la cogida de Ignacio en la mayor de las elegías en español jamás escritas, precisamente la cúspide de la propia lírica lorquiana, dominadora igualmente del arte menor (“¡Que no quiero verla! / Dile a la luna que venga, / que no quiero ver la sangre / de Ignacio sobre la arena”) y del arte mayor (“Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, / un andaluz tan claro, tan rico de aventura. / Yo canto su elegancia con palabras que gimen / y recuerdo una brisa triste por los olivos”).

Si Miguel y Federico, pese a las diferencias de todo signo, tuvieron una nota en común, fue la del toro: “Como el toro me crezco en el castigo, / la lengua en corazón tengo bañada / y llevo al cuello un vendaval sonoro”, escribiría el de Orihuela, sin sospechar aún el asesinato del autor del Romancero gitano ni su lenta muerte haciendo turismo por las cárceles del primer franquismo: “Como el toro te sigo y te persigo, / y dejas mi deseo en una espada, / como el toro burlado, como el toro”. Y las cornás –tal vez con menos hambre- siguieron sabiendo a versos de la mano de Pedro Garfias, Adriano del Valle y Pedro Pérez Clotet a mediados del siglo XX, conforme iban cobrando fuerza también los argumentos antitaurinos y el desprecio por la literatura que se ocupaba del redondel... Aunque en las últimas décadas no han faltado los grandes poetas que se han asomado a él para convertir cada suerte en un poema e incluso cada poema en un cante, como hizo en 2014 José Luis Rodríguez Ojeda con sus Cantes flamencos al toro y al toreo, en un trabajo discográfico preñado de sus letras y con la voz de José Parrondo.

El poético argumentario de Barbeito

Más allá de Bergamín o Villaespesa, o últimamente de Fernando Sabater, fue Lorca quien mejor y más sucintamente argumentó en solo unas líneas su postura poética y vital ante el toreo: “Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo; es el drama puro, en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y sus mejores bilis”, dijo, y añadió: “Es el único sitio adonde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza”. En esa línea abunda el último libro de Antonio García Barbeito, El toro en la palabra, publicado en marzo por Algaida Poesía e ilustrado con dibujos y acuarelas de Francisco Somoza, agavillando una suerte de artículos y escritos de muchas épocas para conseguir una unidad con poemas dedicados al sevillanísimo mes de abril, a la propia corrida, a toreros antológicos como el Carancha citado por Machado o Antonio Ordóñez, o más recientes como Fernando Cepeda, Curro Romero o Morante de la Puebla.

Barbeito torea bien tanto en la prosa como en el verso, y es tal la ambición argumentativa del conjunto que la empresa Pagés ha estado regalando el libro estos meses a sus abonados, aunque estos ya están convencidos y la obra tiene ansias de otros públicos... Una de las razones para defender el toreo de Barbeito es que quienes desean abolirlo “desmochan palabras, afeitan verbos, mancuernan frases, hierran con olvido términos riquísimos... Más de mil palabras perderán su sentido práctico, no tendrán una referencia cercana ni una razón de uso, al arrancarles el universo que las motiva”, escribe Barbeito. “Más de mil palabras quedarían vagando en el vacío –avergonzadas en los trascorrales del alfabeto como indeseada y espuria grafía- sin tener dónde posarse para tener exacto sentido. El toro ha creado un lenguaje en su desarrollo no solo en la Fiesta, sino en todos los ámbitos de la sociedad, giros exactos para poder pronunciarlo todo de manera distinta y rotunda. Y si cabe, más bella”.

La preocupación por el lenguaje de Barbeito parece trascender la propia corrida: “Prohíben la tauromaquia y dejan tartamuda la lengua que lleva siglos expresándose con giros jamás desahijados del mundo del toro ni de la calle. El toro ha aportado al español una riqueza no solo eufónica, sino básica en la palabra diaria, la palabra que usan incluso muchos de los que pudieran estar en contra de las corridas de toros”, insiste Barbeito, y lo demuestra en fondo y forma al continuar: “El lenguaje es un toro vivo, nunca abanto y corretón, siempre con fijeza, aunque tardee; es un toro, pues, la palabra. Y a ese toro no podemos echarlo a la dehesa del olvido como si se tratara de un marrajo que calamocheara y no saliera de un soliloquio de hachazos y gañafones. El toro del lenguaje es un toro boyante, regordío de semántica, pastueño, sobrado y rebosado de riqueza sonora; nunca un mudo buey que va más allá de un monosílabo de zumbas de eunucos. Un respeto al toro de la palabra”. “Cerrar los cosos es también cerrar un diccionario”, sentencia quien tiene en la punta de la lengua otras acepciones de los verbos “barbear” o “acostarse”, y quien sabe enriquecido el idioma de todos con sustantivos como embarque, tienta, embroque, encaste, garrocha, encierro, mayoral, mozoespadas, monosabio, alguacilillo, tendido, talanquera, burladero, callejón, capote, muleta y un largo, casi infinito, etcétera.

En otra parte del libro, García Barbeito aludirá directamente a la sangre (“¿Qué dicen de la sangre? Sangre, sangre, sangre, sangre...¡Sí! Sangre. Digo que esto es una cuestión de sangre: nos corres por la sangre, nos duermes en la sangre, nos soliviantas en la sangre. Empujas la sangre, golpeas la sangre...! ¡Sangre! ¿Es que acaso es posible una vida sin sangre?”), después de argumentar indirectamente con los oficios... “Sastres y mayorales, bordadores y cabestros, espaderos y areneros, guapas con mantillas y conoseores, dioses de luces y ángeles ingrávidos que juegan con un ‘¡je!’ en la boca a sembrar junqueras junto a los garfios del grito, sabios del tendido y monosabios del albero, veterinarios y periodistas, ganaderos y escultores, reventas y fotógrafos, aficionados y poetas, apoderados y pintores, espontáneos y músicos, soñadores y escultores... Todos contigo”.

Pasiones de Sevilla

El libro de Barbeito arranca por sonetos, enlazando la pasión cofrade con la pasión taurina, las dos en el cenit de la primavera sevillana. “Es la misma ciudad, la misma gente, / pero ya es otra la pasión que empuja, / y el aire –el mismo- de otra forma embruja, / pagano donde ayer fue reverente”. Y en esa poética del espacio y el tiempo medidos en los que se basan la chicotá y la chicuelina, Barbeito sale al quite con tercetos como este: “Poco a poco” fue ayer, hoy, “más despacio”, / pero todo se mueve en ese espacio / donde lo exacto vive sin medida. / Ni veinticuatro horas las separan. / Pero las dos pasiones acaparan / la sevillana concepción de vida”. Luego, luciendo lance en arte menor, dirá: “La alpargata es zapatilla / y el costal es la montera, / pero el cambio, a la manera / que hace los cambios Sevilla”.

Barbeito recupera un texto –casi un ensayo- sobre el torero más legendario que ha dado Sevilla, Juan Belmonte García, novelado en vida por el más legendario de los periodistas hispalenses, Manuel Chaves Nogales. Y se apunta a la tesis que ya defendiera este: “El toreo fue la única salida que le brindaron unos tiempos difíciles, pero dentro de Juan había una inteligencia que, en muchos de los paseos que dio por la vida, demostró que, con ella en la mano, también hubiese sido una primera figura en otros muchos terrenos”. Más adelante, acordándose de Fernando Cepeda, deja un cante inolvidable por soleá: “Cuestión de verbos sería, / cada vez que toreaba, / no daba el pase: lo hacía”. Y todo para hablar de la verónica, caprichosa formateadora del tiempo, en prosa poética: “¿Qué, si no es la brevedad de tu pétalo de percal al desperezarse, podría explicar la eternidad de una verónica tuya, donde los toros tienen tiempo de cumplir dos yerbas, de aprender geografía si te pusieras un mapa entre las manos? Cuando toreas a la verónica, el tiempo, nada más nacer, siente en sus carnes la vejez prematura. Cuando toreas a la verónica, los almanaques sufren un otoño precipitado donde el tiempo se deshoja como una rama seca sacudida bruscamente”.

Ronda

Entre los poemas que contiene el libro El toro en la palabra destacan los dedicados - alejandrino a pulso- a las Goyescas y a cuantos personajes hicieron algo por engrandecerlas: “Mira Ronda, tan bella, tan señora, tan seria, / la sierra que le cerca, que cuasi le acaricia; / y mira los palacios y mira los jardines / y mire lo que mire, lo mira desde arriba: / elevada grandeza, elevado equilibrio, / elevada prudencia, elevada osadía”. Entre esos personajes está Antonio Ordóñez, cuya rotunda elegía subraya su magisterio: “Se fue Antonio. Se ha ido. Se ha ido para siempre”, escribirá Barbeito en un poema dedicado íntegramente al torero nacido en la ciudad del Tajo. “Se fue Antonio, se ha ido, lo dicen las esquelas. / Cuando amanezca abril, cuando abril se ilumine / y se ponga redondas maestranzas por montera, / Ronda y Sevilla, unidas, por amarillas calles, / vagarán como niños sin libros de sapiencia, / sin saber en qué sitio consultar al maestro. / Se acabó la lección. Se ha cerrado la escuela”.

También hay texto en prosa de despedida para Curro Romero, retirado sin tragedia en La Algaba, sin Bailaor que lo matara como a Joselito, sin Granadino que le segara la vida como a Ignacio, sin Avispado como el que quitó de en medio a Paquirri, como hizo Islero con Manolete... “Lloran, huérfanos, los curristas”, dirá Barbeito. “No es para menos. A ver ahora quién convierte el agua en vino... sin mancharse de sangre”. Y en verso, el homenaje a Curro sonará en endecasílabos: “Cogió el milagro y lo mimó lo mismo / que se mima de un hijo el primer sueño, / y lo probó por este, el otro lado, / lo abrochó a la cintura como un beso... / Y el muchacho creaba y no sabía / que estaba la verónica naciendo, / y la media, como pose de baile, / le reclamaba cantes más festeros. / Pero aquel duro que el hombre traía / no era el duro común de los toreros, / ni era común su juego de muñecas, / ni era común su derechazo inmenso”. Inmensa sigue siendo la palabra cuando se moja en el mismo abrevadero donde bebe y muge el negro toro de España.