Maestranza
Historia de un ballet universal: 'El Corsario' luce en los atriles de la Sinfónica
El Teatro de la Maestranza estrena este jueves y hasta el sábado su tradicional ballet de principios de año con orquesta en el foso, en el que la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla afronta por primera vez esta partitura de Adolphe Adam

Jorge Jiménez

No se reparó en gastos para el estreno a principios de 1856 del ballet El Corsario en la Ópera de París. Pronto ocuparía un puesto destacado en el Ballet Imperial de San Petersburgo gracias a la versión coreografiada por Marius Petipa, convirtiéndose en un clásico en su género. Lejanamente inspirado en un poema de Lord Byron, se centra en el personaje de Medora, especialmente definido para que desplegara todos sus talentos la bailarina italiana Carolina Rosati.
Su autor, Adolphe Adam, nació y murió en París, sin que llegara a alcanzar los 53 años. Hijo de un reconocido pianista y profesor del Conservatorio de París, Adam pronto mostró especial interés por la música, aunque prefería la improvisación al estudio académico. No obstante, tras varios coqueteos componiendo canciones para espectáculos de vaudeville y tocando la percusión, fundamentalmente el triángulo, en la Orquesta del Théâtre du Gymnase, no tuvo más remedio que claudicar e inscribirse en la institución de la que su padre era profesor, estudiando órgano y armonía con el entonces célebre compositor de óperas François-Adrien Boieldieu.
Pronto se abrió camino como compositor de dramas líricos; hasta una cuarentena escribió. Se inició con Si j’étais roi (Si fuera rey), a la que siguieron Henry V y Raphael entre sus óperas menos desconocidas, una vez el famoso editor Pleyel fijó su atención en él y lo mantuvo bajo contrato. Trabajó frecuentemente con el libretista y dramaturgo Eugène Scribe, autor de libretos de óperas para Mayerbeer y Rossini, así como de La favorita de Donizetti e I vespri siciliani de Verdi, además de inspirar los de La sonámbula de Bellini y El elixir de amor de Donizetti.

Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev en Le Corsaire (1964). / El Correo
Adam estrenó su primer ballet, La Chatte blanche, en 1830, pero la revolución le obligó a emigrar a Inglaterra, donde dos años después estrenó Fausto en el King’s Theatre de Londres. De regreso en París estrenó el ballet Le fille du Danube. Sin embargo, y a pesar de haber compuesto un número considerablemente mayor de óperas que de ballets, siempre será recordado por estos últimos. Entre sus óperas podemos destacar Le Postillon de Lonjumeau y Le Toréador ou L’Accord parfait. Cabe recordar también la popularidad que le propició ser el autor de la famosa canción navideña Cantique de Noël, más conocida por su título en inglés, O Holy Night, y en España traducida como Oh Santa Noche.

Adolphe Adam. / El Correo
Adam reconocía que su única ambición era componer música sencilla de entender y divertida para el público, y El Corsario es un vivo ejemplo de esta máxima que a su vez sirvió a sus detractores para considerarlo un compositor menor en una corriente, la Romántica, que conoció la mayor plana de grandes músicos que jamás se haya conocido. Era, por lo tanto, consciente de sus limitaciones, lo que no impidió combinar un excelente sentido de la dramaturgia con los más suntuosos, delicados y amables ritmos y melodías, patente en títulos como la archiconocida Giselle y este canto del cisne que supuso El Corsario.
Adam fue también empresario, abriendo su propio teatro de la ópera, el Théatre National de París en 1847, aunque tuvo que cerrarlo un año después por la Revolución, lo que provocó su ruina y tener que ganarse la vida temporalmente como crítico de música. Una vida como se puede comprobar azarosa, que celebramos ahora en estas tres funciones ilustradas desde el foso con una partitura excelente, plagada de momentos álgidos y que hace el argumento fácil de digerir y entender.
Atlas del ballet
Le Corsaire es un ballet en tres actos, cinco cuadros y un epílogo, con libreto de Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges, director desde 1829 de la Opéra-Comique y autor de los libretos de óperas tan célebres como La hija del regimiento de Donizetti y La bella muchacha de Perth de Bizet. El poema de Byron del que parte su argumento inspiró también la ópera de Verdi del mismo título, ocho años antes del estreno del ballet, que fue mal recibida y cayó pronto en el olvido. Hoy se representa poco aunque se mantiene en el repertorio gracias a la excelencia de su autor.
En 1858 Marius Petipa y Jules Perrot realizaron para el Teatro Bolshoi una renovación de la coreografía original de Joseph Mazilier, de la que derivan las adaptaciones posteriores y actuales. Con motivo de esta adaptación, se añadieron fragmentos de la mano del compositor italiano Cesare Pugni, que trabajó frecuentemente con Perrot. También aparecen en la revisión actual de la obra piezas de Léo Delibes, famoso autor de los ballets Coppélia y Sylvia y de la ópera Lakmé. A él debemos el divertimento Le jardin animé para la recuperación del ballet en 1867. Así mismo se insertan fragmentos de Riccardo Drigo, que trabajó con Petipa, Michel Fokine y Lev Ivanov, grandes exponentes de los denominados ballets blancos de la época.
Invitación a la danza
Entre los momentos cumbres de la partitura, destacamos Pas d’esclave, Pas de trois des odalisques y sobre todo Le Corsaire pas de deux, original de Drigo para la versión de Petipa. Este paso a dos de la segunda escena del acto primero es uno de los más famosos del repertorio clásico, gracias a la interpretación de Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn. La parte masculina está llena de piruetas y saltos y suele utilizarse en concursos de danza.
Destaca también Pas de fleurs de Delibes, que incluye el famoso Valse de Naila. La recuperación total de la partitura se la debemos al trabajo del legendario director de orquesta Richard Bonynge, que en 1990 realizó una grabación antológica y de referencia junto a la Orquesta de Cámara Inglesa.
En el primer acto, conforme se presentan los personajes surgen danzas populares como el bolero o la tarantela, además de números de gran impacto como la bacanal de los corsarios. En el segundo acto hace su aparición la delicada danza de Gulnare y el paso de las odaliscas, mientras en el tercero destacan las mencionadas aportaciones de Delibes. A lo largo de estas aventuras de esclavas y piratas en ambientes exóticos tan del gusto del romanticismo, vibraremos también con polcas, minuetos y valses tan habituales en el repertorio de la época.
La música nos conduce por el argumento de forma fácil y descriptiva, como era la intención de su autor, y como muy bien apreciaremos cuando el joven pero muy experimentado director Kaspar Mänd, muy vinculado a la Ópera Nacional de Estonia, se ponga al frente de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, que ya ha demostrado su magisterio a la hora de ilustrar con brillantez y majestuosidad cuantos ballets de enero ha ofrecido el Teatro de la Maestranza hasta la fecha.
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