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Libros

‘Alcaravea’ o la temprana consagración de Irene Reyes-Noguerol

La joven autora sevillana ha sido reconocida por el gremio de libreros de España como autora revelación por su tercer libro, un magnífico y poético conjunto de relatos

Irene Reyes-Noguerol (Sevila, 1997).

Irene Reyes-Noguerol (Sevila, 1997). / Isabel Wagemann

Paco Camero

Paco Camero

Sevilla

De Irene Reyes-Noguerol se venía hablando desde hacía un tiempo como la gran promesa, casi la niña prodigio de la literatura hecha desde SevillaCaleidoscopios (Ediciones en Huida), su primer libro, que publicó en 2016 con 18 años, y después De Homero y otros dioses (Maclein y Parker), llamaron poderosamente la atención por su pulcritud formal y la profunda sensibilidad de una prosa en la que no era difícil detectar su pasión por la cultura clásica. 

Ungida en 2021 por Granta –revista literaria británica que el paso de los años y no pocos aciertos han convertido en una especie de vara de zahorí del mejor talento joven–, lo que incrementó aún más las expectativas e hizo ya sonar su nombre en el resto del país, la joven escritora (Sevilla, 1997) ha ratificado la singularidad de su voz con Alcaravea, un conjunto de relatos publicado el año pasado que no deja de procurarle alegrías. La última de ellas, la concesión el pasado 13 de febrero del Premio TodosTusLibros en categoría de Autora Revelación, un reconocimiento que otorga el gremio de libreros de España y que ha recogido el pasado día 27 en el Teatro Principal de Burgos.

La suya no es una prosa para andarse con prisas. Con un tono sosegado y radicalmente intimista, que casi arrulla, que casi parece dirigirse a nosotros en delicados susurros, Reyes-Noguerol, profesora de Lengua y Literatura en un centro de Secundaria en Carmona, escribe con aliento poético, con belleza y ternura, sobre todo cuando –no pocas veces– se adentra en temas y sentimientos desgarradores. 

Publicado por Páginas de Espuma, referente indispensable de la narrativa breve, Alcaravea se compone de un ramillete de relatos, casi todos ellos prácticamente monólogos interiores, protagonizados indistintamente y en pie de igualdad por familiares y antepasados de la autora y figuras históricas o gigantes de la cultura, desde los reyes poetas Almutamid y Abenámar a doña Ana Ruiz, la madre de Antonio Machado camino del desolador exilio, pasando por un Van Gogh desesperado y abrumado por la locura, por la pérdida de control, por el anhelo de encontrar a un Dios que no puede hallar donde su padre le había dicho que estaba.

“Desde hacía bastantes años yo tenía en mente relatar las historias de estos personajes históricos o de cierta relevancia con la intención de bucear un poco no solamente en la parte más externa que todos conocemos, sino también en su intimidad. Y al mismo tiempo que pensaba en estas historias, me fueron viniendo a la memoria relatos que había escuchado desde siempre en mi familia, las de los antepasados. Tenía curiosidad por averiguar qué surgía de esa exploración íntima tanto en el eje histórico como en el personal. Digamos que el planteamiento era universalizar la intimidad”, cuenta Reyes-Noguerol sobre el origen de este libro. 

PREGUNTA. Hay en su decisión un proceso muy interesante por el cual retribuye la dignidad a las personas más humildes y baja del pedestal a las que han pasado la Historia… 

RESPUESTA. Eso es exactamente. Era un intento de demostrar que el desamparo es siempre el mismo, independientemente de la persona que lo esté experimentando. Da igual si es un visir, un rey, un pintor, un escritor reconocidísimo o gente de mi familia, personas muy humildes que venían del campo y no tuvieron las oportunidades que he tenido yo. Sí, quería igualar ambas perspectivas, el arriba y el abajo, partiendo de la humanidad radical que todos tenemos.

P. El libro está repleto de vínculos de sangre, sobre todo de madres…

R. Los lazos familiares constituyen uno de los temas literarios más fértiles. Y en concreto a mí siempre me han interesado muchísimo las relaciones materno-filiales, pero no desde una perspectiva idealizada, en la que todo es perfecto. De hecho siempre he pensado mucho en esas madres que acarrean sus propios problemas y estos terminan permeando y haciéndose problemas de sus hijos. Y luego está la infancia. Me resulta atractiva la manera en que los niños perciben los problemas familiares con una visión que no es adulta, pero que tampoco es plenamente ingenua, como creemos tantas veces.

P. Se ha asociado recurrentemente su prosa a la ternura, a la delicadeza, no sin razón, pero este libro tampoco escatima en crudeza. Hay, por ejemplo, varias historias de infancias truncadas…

R. No tengo ningún interés en idealizar la infancia. Puede que se deba a que soy maestra, pero como decía antes siempre me fijo mucho en la manera que tienen los niños de interpretar la realidad, y creo que no nos detenemos lo suficiente a pensar en ello. Tendemos a pensar, desde nuestra perspectiva adulta, que todos somos plenamente conscientes de todo, lo que por supuesto no siempre es así. Lo que me interesa de la visión de los niños es cómo mezclan parte de realidad y parte de ficción, y efectivamente esto se aprecia especialmente en las historias que señalas, como Niños perdidos o Petit rats

P. Éste último relato está inspirado en una escultura de Degas, La pequeña bailarina de catorce años, ¿no?

R. Sí, es una bailarina muy pequeñita, muy delgada, una de las niñas que en aquella época bailaban en la Ópera de París. Las llamaban petit rats, ratitas, y eran niñas que se dedicaban al ballet, a la danza en público, pero que también vivían una parte muy oscura, sobre todo aquellas que procedían de barrios sin nombre, niñas de zonas marginales, totalmente dejadas de lado por la sociedad y muchas veces obligadas a prostituirse. Las maestras de ballet lo sabían, los directores de ballet lo sabían, y ellas, desgraciadamente, supieron también que el mundo que el mundo del espectáculo no es tan luminoso o etéreo como suele pensarse. En fin, fueron infancias totalmente destrozadas.

P. Es conmovedor, en El repartío, cómo su tía abuela casi recobra una conciencia de sí misma al ver su nombre escrito. ¿La cultura nos salva realmente?

R. Claro, eso es algo en lo que siempre me han insistido en mi familia. Mi tía abuela Encarna, por ejemplo, era una niña del campo con numerosísimos hermanos, y de ninguna manera pudo tener acceso a la lectura, a la escritura ni mucho menos a una educación. Y apareció un maestro, uno de esos maestros que después de la guerra iban de finca en finca, de cortijo en cortijo, intentando alfabetizar o por lo menos enseñar a sumar, restar y multiplicar a los niños de las familias más humildes. Mi tía abuela vivió no sólo una historia de amor inconclusa, que es algo que también parece me parece precioso, esas historias que nunca llegan a nada; sino que además tuvo la suerte de que ese hombre le trajera la palabra, la luz de alguna manera. 

P. La cultura es o era también una herramienta de desclasamiento para bien. ¿Es o era? ¿Ha perdido ese valor hoy en día?

R. Depende del contexto en el que nos encontremos. En mi instituto, que no deja de ser un medio de acceso a la cultura, es cierto que muchísimos niños no aprovechan la oportunidad que se les está dando de acceder a los libros, a las letras, de aprender, de acceder también a las ciencias, a la filosofía, es decir, a una formación total. Es fácil ver un desinterés absoluto en muchísimos casos. Pero creo que si nos vamos a otro contexto, por ejemplo, al instituto en el que trabaja mi hermano, en una zona muy desfavorecida, ahí la cultura sí sigue funcionando como ascensor social; allí hay alumnos que con diez años no saben leer ni escribir y desgraciadamente están llamados a quedar como una especie de reducto marginal del sistema porque nadie es capaz de sacarlos adelante, y sin embargo otros niños a los que sí que se les ha insistido en la importancia de educación, que han tenido la suerte de contar con el apoyo de su familia, o los profesores les han insistido más, esos sí que pueden, al menos, acceder a puestos de trabajo mejores que los primeros. 

P. Quería por último preguntarle por una cuestión más de estilo: junto con la vibración poética y el cuidado formal, adquiere mucha presencia en este libro la dimensión oral. ¿Fue una intención expresa?

R. En este libro sí, la tenía. Yo tengo un estilo bastante cargado, bastante barroco, y quise compensar eso introduciendo ciertos rasgos de oralidad que estuvieran relacionados sobre todo con mis raíces familiares. Por ejemplo, la nana que aparece justo al principio del libro la he escuchado desde pequeña: me la cantaba mi madre, a ella se la cantaba mi abuela y a mi abuela se la cantaba su bisabuela… [tararea un fragmento: “Anda que eres / anda que eres / tierra mala y no sirves / ni pa claveles”] Somos una familia de cantananas y de cuentacuentos, una tradición muy ligada a las mujeres y que muchas veces dejamos de lado porque pensamos que la palabra escrita, por la permanencia, es superior a la oral, cuando nuestra cultura tiene su cimiento precisamente en la literatura oral. Es un auténtico tesoro cultural.

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