Arte
Juan Suárez, artista: “Hay que arriesgar siempre y no quedarte en el cuadro bonito que sabes que te van a comprar”
Este domingo se despide en la sala Atín Aya la fascinante exposición comisariada por José Miguel Pereñíguez que ha revisado la carrera de este referente de la abstracción que pronto estrenará un gran proyecto escultórico para la Fábrica de Artillería

El artista Juan Suárez / Juan Manuel García Nieto
El Museo de Helga de Alvear, que alberga una de las mejores colecciones de arte contemporáneo de Europa, donada a la ciudad de Cáceres por la galerista y coleccionista fallecida el mes pasado, cuenta con una decena de obras del artista gaditano Juan Suárez (El Puerto de Santa María, 1946). Entre ellas hay piezas esenciales de su catálogo como los homenajes a Patti Smith, John Cage y Miles Davis, obras que revelan el papel germinal de la musica en sus procesos creativos.
Suárez continúa trabajando en Sevilla, donde formó parte en los años 70 del grupo de pintores de formación arquitectónica comprometidos con la renovación estética andaluza. Junto con Gerardo Delgado y José Ramón Sierra, y a partir de su primera exposición en la mítica galería La Pasarela (1970), cambió el rumbo de la escena artística sevillana aunque a él le gusta precisar que fueron Carmen Laffón y Fernando Zóbel quienes abrieron antes esta vía transformadora.
Muy pronto va a dejar de nuevo su huella en el espacio público de la capital andaluza pues prepara, por invitación de la delegación municipal de Cultura que dirige Angie Moreno, “una gran escultura para el patio de Carlos III de la Fábrica de Artillería, que ya está en proceso de producción”, avanza.
Hasta este domingo, cuando cerrará sus puertas en la sala Atín Aya, es el protagonista de una de las mejores exposiciones de la temporada sevillana: Juan Suárez. Un índice. La geometría, la abstracción y la curiosidad vertebran esta particular relectura de su obra a cargo de un artista de otra generación, José Miguel Pereñíguez (Sevilla, 1977), que trasciende aquí el rol de comisario para darle una nueva dimensión y contexto a la producción de Suárez. “Ya habíamos colaborado en mi última exposición en la galería Rafael Ortiz. Allí él participó con una obra y un pequeño texto pero aquí hemos dado un paso más”, detalla.
La muestra está dividida en tres plantas, en cada una de las cuales se revisa una exposición previa de Juan Suárez para analizar su relación con ese momento mediante el diálogo entre obra reciente y obra oculta no conocida.

Exposicion de Juan Suárez / Fernando Alda
Planta baja
Un índice arranca en la planta baja con la sección Frente a la casa, que está presidida por una especie de camarín o aposento donde se rinde tributo a muchos elementos decisivos de su biografía y formación artísticas, desde la memoria de su hermano Luis a la influencia de Le Corbusier. “En el interior de este tabernáculo se administran unos elementos fundamentales para mí, como esa caja que se abre con los cinco dedos y sugiere que protege algo en su interior, o la lápida procedente de la tumba de Valeriano Bécquer que le compré al encargado de un derribo hace muchos años. También aparece una columna de madera, que es el fragmento de una obra de José Ramón Sierra titulada El verano que yo conservo. Pero el elemento central de esta cabaña es una placa de Pedro G. Romero que adquirí en la anterior edición de la feria ARCO y donde se recoge un texto de mi hermano Luis Suárez sobre el origen de la palabra flamenco. Mi hermano, que falleció hace dos años, era un gran especialista en estudios flamencos y la investigación a la que alude esta obra de Pedro G. Romero está recogida en la Fundación Menéndez Pidal”, rememora con emoción sobre quien fuera una personalidad esencial en la vida cultural de El Puerto de Santa María. Luis Suárez Ávila fue muy amigo del cantaor de romances gitanos José de los Reyes el Negro, con quien profundizó en los orígenes cultos de numerosas letras inmortalizadas por el arte jondo.
Otros hitos de esta planta baja son unos planos en homenaje a Alvar Aalto y Van der Rohe; el primer cuadro que pintó cuando estrenaba la adolescencia en un rincón costero que hoy ha desaparecido bajo el ladrillo para transformarse en Puerto Sherry, y una obra sobre el río Guadalquivir que expuso la galerista Helga de Alvear.
Primera planta
En el nivel inmediatamente superior se parte de Una y otra vez, su retrospectiva de 2019 en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) que, comisariada por Juan Antonio Álvarez Reyes, puso el foco en su poética de la geometría y su preocupación por los materiales. Ahora se relee aquella muestra con una selección de 17 obras comprendidas entre 1970 y 2024 , en las que no faltan frisos e incluso vanitas procedentes de series dispersas, como las que adquirió en su día la Fundación la Caixa.
“En esta sección nos interesaba analizar lo que tiene la creación de pérdida, ganancia, los éxitos y fracasos, los caminos que suben y bajan… La Transfiguración, por ejemplo, es un cuadro mío de 1987 con su estructura de bastidores viejos que he recubierto con un velo de plástico, como si fuera el pasado, y al que he colocado luego una estructura de madera mucho más reciente. Todo ese ensamblaje de elementos antiguos y acumulados en el tiempo con procesos actuales acaba generando una obra nueva”.

Recreación de la mesa de trabajo de Juan Suárez / El Correo
Segunda y tercera planta
Al visitante de la segunda planta le llamará la atención también la recreación de la mesa de trabajo del artista. “La hemos realizado con dos puertas y la usamos, en lugar de una vitrina, para mostrar procesos, bocetos, dibujos nunca expuestos como los que realicé para la Revista de Estudios Taurinos, un trampantojo, la maqueta de mi estudio para el Puente de Córdoba e incluso una tarjeta azul con pan de oro que realicé hacia 1964”.
El afán de este fundador de la oficina de arquitectos CHS+R por trascender los límites del lienzo y otorgar un gran protagonismo a la materia es aún más evidente en la tercera y última planta. “Arriba están las últimas obras que he producido con alguna pieza antigua que el comisario quiso rescatar. Se titula Norte-Sur-Este-Oeste y trata de la búsqueda de un camino y de las cosas que suceden mientras lo recorres”.
Entre esos hallazgos destaca, por ejemplo, la instalación Veleta-Acequia que han creado a cuatro manos “a partir de las tablas de una obra que al final no expusimos y de las letras de la veleta que Pereñíguez me hizo para mi exposición NSEO celebrada en la galería Rafael Ortiz en 2015”. El políptico en el que las piezas superpuestas (“no están ensambladas sino sostenidas”) crean un juego de sombras; las hendiduras del cuadro verde y gris que sintetiza tantos caminos personales desarrollados en los últimos tiempos y que es, sin duda, uno de los mejores que ha firmado en toda su carrera, las obras en esquina y los dos cuadros que expusieron a mediados de los años 70 las galeristas Juana Mordó y Juana de Aizpuru son otros hitos reunidos en Un índice.
Materiales
Gatos, cintas adhesivas, cartones, maderas, papel… son muchos los materiales y los medios empleados, a veces azarosamente. “Lo que me apasiona es el proceso. Y he disfrutado muchísimo trabajando con Pereñíguez, que es un artista maravilloso, punta de lanza de su generación. Pese a la diferencia de edad, y a que pertenecemos a contextos distintos y dispares, hemos hablado el mismo idioma y tenemos una poética común. No hemos hecho una exposición museográfica ni con el sistema de una galería: hemos hecho un proyecto, en cada planta hay unas connotaciones e intereses, es como una instalación”.
He disfrutado muchísimo trabajando con Pereñíguez, que es un artista maravilloso, punta de lanza de su generación. Pese a la diferencia de edad, y a que pertenecemos a contextos distintos y dispares, hemos hablado el mismo idioma y tenemos una poética común
La valentía y honestidad que rezuma esta muestra, la humildad con la que Suárez se ha dejado guiar por el talento del comisario, la convierten en una cita realmente inspiradora para artistas de muchas disciplinas. Y su espíritu desprejuiciado conecta con aquel adolescente que percibió como algo distinto la cultura musical y arquitectónica de los americanos de la base de Rota y llegó a Sevilla desde El Puerto de Santa María con una curiosidad tremenda. “El núcleo de la Escuela de Arquitectura me puso en contacto con gente nueva que me proporcionaba datos que buscaba sin saber cómo. La relación estrechísima y fundamental con Carmen Laffón, quien propició la llegada de los pintores de Juana Mordó a La Pasarela, la fase en la que se afincó en Sevilla Fernando Zóbel y nos situó en un plano de percepción distinto… Todos esos artistas que coinciden primero en Mordó y luego en la galería de Juana de Aizpuru fueron el inicio de una aventura que no ha concluido demasiado bien”, valora.
Desaparecidos ya Carmen Laffón y Gerardo Delgado, Juan Suárez piensa que “la aportación tan grande que se hizo en aquellos años no ha calado del todo en la ciudad ni es suficientemente reconocida”. De quien fue su galerista y fundadora de ARCO, Juana de Aizpuru, aprecia que “ha sido una persona importantísima para el arte contemporáneo, pero la ciudad no dio más de sí y ella quiso, llegado el momento, irse a Madrid. Las opciones son las que son”. ¿Le ha pasado a él factura el quedarse en Sevilla cuando no le faltaban encargos y clientes en la capital española? “A estas alturas de la vida tenemos lo que hemos considerado que debíamos tener”, sopesa Suárez, que valora mucho de su actual galería Rafael Ortiz “la apuesta generosa por los artistas de Sevilla y que no le amedrenta el concepto de periferia”.

Juan Suárez retratado por Juan Manuel García Nieto / Juan Manuel García Nieto
Juan Suárez nunca ha rehuido el compromiso público con el arte y su huella está presente en muchos ámbitos de la ciudad. Diseñó en 1991 el primer logotipo del Teatro de la Maestranza y, para esta casa de ópera, elaboró con Carmen Laffón la escenografía de El barbero de Sevilla; fue patrono desde sus inicios de la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla y, entre sus proyectos más recientes, se cuenta la museografía de la excepcional exposición del escultor Pedro Roldán en la sala V del Museo de Bellas Artes de Sevilla, la iglesia del antiguo convento mercedario. “No quise el sota, caballo y rey colocando con un color elegante una pieza museográfica detrás de otra para no crear problemas en el espectador. Para eso se va uno a la iglesia. Aquí la mirada tenía que ser distinta para ver las esculturas fuera de sus hornacinas, por delante y por detrás, y ofrecer una lectura contemporánea de las mismas. Había mantos, como el de la Dolorosa de Santa Cruz, que evocaban una pieza de Brancusi con sus formas onduladas. Y emplear el blanco de tul para velar los grandes cuadros barrocos de la iglesia no fue el capricho de un moderno. Necesitábamos que los grandes y fantásticos lienzos de Herrera o Zurbarán dieran un paso atrás para dejar sitio temporalmente a obras mucho más pequeñas de Pedro Roldán”.
De quien fue su galerista y fundadora de ARCO, Juana de Aizpuru, aprecia que “ha sido una persona importantísima para el arte contemporáneo, pero la ciudad no dio más de sí y ella quiso, llegado el momento, irse a Madrid. Las opciones son las que son”
En todas las facetas por las que despliega su creatividad, del diseño a la arquitectura y la escultura, Juan Suárez defiende la importancia de “ser muy fiel a aquello en lo que crees. Hay que arriesgar siempre y no quedarte en el cuadro bonito que sabes que te van a comprar y tiene unos resultados positivos. Cuando lo que querías decir ya lo has consumido o tu idea creativa no da más de sí para qué vas a rizar el rizo”.
Es una filosofía que compartió con su gran amiga y confidente Carmen Laffón. “La añoro diariamente. Nunca he conocido una persona más trabajadora y con más persistencia en las cosas. Su afán de ver, conocer y proponer eran increíbles. Me enseñó a no tirar nunca la toalla, a no temer al esfuerzo ni al cansancio cuando se trata de que las cosas queden como tú sabes que quieres que queden, no ya bien sino muy bien. Recuerdo que, cuando trabajamos en la escenografía de El barbero de Sevilla, quiso poner unos jaramagos en la primera escena y me hizo buscarlos a medianoche en el Hospital de la Caridad para poder ver cómo quedaban antes del amanecer”.
Ese compromiso artístico concienzudo, vocacional, lo ha encontrado ahora también en su comisario y en otros artistas de la generación de Pereñíguez. “Hay en este momento una hornada excelente de pintores jóvenes con la que acabo de exponer en Palma de Mallorca en una colectiva, Sarrià, vinculada a una galería y taller que edita litografías. Trabajar con Miki Leal, Fernando Clemente, Manuel M. Romero y Rubén Guerrero ha sido una experiencia muy gratificante porque, aparte del respeto y la consideración con que me han tratado, son artistas muy buenos y quieren seguir trabajando aquí, en Sevilla”.
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