8M. Día Internacional de la Mujer
"Yo no me siento impostora, pero sí intrusa, cuando perteneces a la minoría pasa eso"
La escritora y guionista sevillana, Premio Tusquets de novela por 'Nada que decir', es además de muchas otras cosas auditora de planes de ciberseguridad para empresas, un ámbito muy masculinizado donde "a los hombres con corbata les estalla la cabeza" ante un perfil como el suyo

La escritora Silvia Hidalgo, ganadora del XIX Premio Tusquets de novela por 'Nada que decir'. / Enric Fontcuberta / EFE

"Yo no me siento impostora, pero sí intrusa, cuando perteneces a la minoría pasa eso"Silvia Hidalgo (Sevilla, 1978) es escritora, es guionista, es madre, es ingeniera informática experta en ciberseguridad, es inconformista, disfrutona y divertida. Es alta, rubia y guapa y tiene ese orgullo de clase -"periférica" del sevillano barrio de la Hermandad del Trabajo- sobre el que ha construido una personalidad de la que, se podría decir, beben sus novelas. Con Yo, mentira, un sarcástico retrato del desengaño de una mujer de 40, atrapó a miles de lectores, y con Nada que decir ganó el premio XIX Premio Tusquets en noviembre de 2023 y puso sobre la mesa las contradicciones a las que tantas veces nos enfrentamos las mujeres: ser o parecer. El próximo jueves participa en la gira Ewoman Mujeres líderes con el valor de arriesgarse, organizada por El Correo de Andalucía en colaboración con el Ayuntamiento de La Rinconada.
PREGUNTA. "No es más que una tarada sentada al volante, mirando fijamente el móvil". Así empieza la novela. La protagonista se juzga de una manera muy dura desde el principio y hasta el final. Esa falta de misericordia ¿es algo más común en las mujeres?, ¿es una misma la peor juez?
RESPUESTA. Totalmente. Siempre se ha hablado que somos también nuestras peores enemigas de una con la otra, pero no es tanto así. Es que nos juzgamos desde un plano intelectual en el que vamos absorbiendo la nueva ideología y juzgamos comportamientos que son más emocionales y que están educados en un machismo absoluto. Es más rápido el avance intelectual que el emocional. Todas nuestras actitudes, sobre todo en el plano sentimental y romántico, lo juzgamos desde ese plano intelectual y feminista que tenemos ya muy metido en vena pero que no es tan fácil de llevar después a la práctica.
P. Y en paralelo está el síndrome de la impostora, que está más acentuado en nosotras que en ellos, ¿no? Cuando está en esos entornos de escritores, se mira a sí misma y dice ¿qué hace una chica de la Hermandad del Trabajo aquí con esta gente?
R. Pues no tanto de impostora, porque yo nunca he querido ni he pretendido ir de otra cosa. De hecho escribo sobre mis cosas, sobre mi mundo, sobre lo que yo veo. Siempre llevo a gala que soy poligonera. Entonces, al revés, tengo mucho orgullo de clase. Y no me siento impostora, pero sí intrusa. Es distinto. Siempre me siento un poco intrusa, pero también en el mundo tecnológico, cuando estudiaba en la universidad, Ingeniería Informática. Cuando perteneces a la minoría, te sientes eso, intrusa pero no impostora porque nunca he pretendido ser otra cosa que no fuera yo.
P. 'Nada que decir' se lee como un ejercicio de rebeldía contra las normas heredadas, contra lo que se espera de las mujeres.
R. Siempre me he considerado bastante rebelde y desobediente. Se tiene una idea muy estanca de nosotras, te encajan porque nos gusta etiquetar inmediatamente y con las mujeres aún más... Lo que debe ser una mujer y si ya si eres andaluza o si eres rubia... Y eso, por una parte, me ofende, pero también aprendí a que no ofendiera porque das más lugar a las sorpresas. Eso de que te subestimen a veces puede estar hasta bien porque se puede sorprender. También en esto tiene que haber una madurez. Cuando llegas a una madurez pones en duda todas esas reglas sociales que se supone que debes cumplir como mujer educada que debe entrar en el canon de lo que es una buena mujer, una mujer elegante, una mujer trabajadora y una mujer en condiciones.
P. En la novela, la madre de la protagonista, responde al perfil de mujer siempre en la cocina, pendiente de los demás. Hay un retrato muy ajustado de lo que fueron las generaciones que nos precedieron.
R. Es un compendio de madres: mi madre, las de mis amigas, mis vecinas mayores que siempre estaban en casa con su bata de flores y esperando a que sus hijos llegaran, a que su marido llegara, manteniendo el hogar limpio, la nevera llena, la olla hecha y la ropa limpia. Los cuidados absolutos era su oficio y de hecho cuando se iban de casa se quedaban sin esa entidad propia porque toda su identidad se la habían formado en torno a eso. A la crianza primero y después ya se convirtieron en abuelas cuidadoras también.
P. ¿Su madre ha leído la novela?
R. Pues sí, sí, sí. No lee mucho, la verdad, pero sí la he leído.
P. ¿Y la han comentado?
R. Sí, ella se siente ahí reflejada. Ella sabe que su destino estaba escrito y el de sus vecinas, sus hermanas y todas las mujeres sobre todo de cierta clase social de estos barrios obreros y periféricos que fueron levantando la ciudad y la economía pero sobre sus hombros.
Mi madre sabe que su destino estaba escrito y el de sus vecinas, sus hermanas y todas las mujeres sobre todo de cierta clase social de estos barrios obreros y periféricos que fueron levantando la ciudad y la economía pero sobre sus hombros
P. Me habla de su origen, de barrio periférico y obrero. ¿Qué leía en casa?, ¿qué escritoras tenía de referente?
R. Mi padre era bastante bohemio de forma natural y sí que era bastante lector, le gustaba la música, el cine... Y aparte, mis hermanos, que son bastante mayores que yo, sí empezaron a traer literatura que tenía más que ver conmigo. Me acuerdo de pequeña de la colección de Compactos Anagramas y, sobre todo, mucha literatura norteamericana, pero la verdad que de mujeres muy pocas entraban en casa, algún premio Planeta, algo de Ana María Matute... Pero ni por la televisión, ni por los debates, ni por los libros tenía yo mucho acceso a literatura escrita por mujeres.
P. ¿Y hoy a quien lee?
R. Recuerdo una campaña #leoautorasoct, de hace unos años [2016] y me di cuenta de las pocas mujeres que leía. Me encanta leer sobre todo mis contemporáneas, me gusta el aquí y ahora, desde Greta García, que también es sevillana, Sara Mesa, que es un referente absoluto y tenemos la suerte de que sea nuestra, Rosario Villajos, otra gran andaluza, Sabina Urraca y muchas latinoamericanas y también europeas que me interesan mucho.
P. En su conversación, en su vida, abandera siempre a sus amigas. ¿Qué papel ocupan en su vida?
R. Tengo el mismo grupo de amigas de la infancia, del barrio que seguimos viéndonos, estando al tanto semanalmente y es muy importante. Todas hemos ido estudiando cada una lo que hemos podido, nos hemos formado, hemos trabajado, nos hemos independizado y hemos sacado una vida que en principio no estaba destinada para nosotras gracias a la educación pública, gracias a las oportunidades. Me siento súper orgullosa de eso y creo que no seríamos las mismas si juntas no nos hubiéramos educado las unas a las otras, si no nos hubiéramos cuidado en esas épocas de adolescencia y de juventud y si no nos hubiéramos apoyado también en los malos momentos. Y son muy importantes, por supuesto, todas las amigas que he ido adquiriendo después a lo largo de mi vida, en la universidad, en los trabajos, en el ámbito cultural.
P. También es guionista. ¿Sigue siendo difícil hacer cine para las mujeres?, ¿sigue siendo todavía muy complicado que confíen en el proyecto de una mujer?
R. Sí, muy complicado, sí. De hecho, mi primer amor fue el cine, antes incluso que leer. Empecé a escribir desde pequeña obras de teatro y mi mente era como más audiovisual. Lo que ocurre es que es muy complicado, sobre todo por la inversión, que te den una oportunidad en el mundo audiovisual sin un nombre detrás. En la literatura sí he conseguido esa oportunidad y posicionarme un poco, cosa que en el cine incluso ahora todavía sigue costando. Es un círculo bastante endogámico y cerrado y se mira siempre también con sospecha, como intrusa...
P. Usted además es ingeniera informática experta en ciberseguridad. Me hablaba de sentirse una intrusa en ese ámbito el universitario y el laboral.
R. Para que se haga una idea: era una clase de 120 personas y éramos tres chicas. Ahí no tienes otra que sentirte intrusa. Después en el mundo laboral la media incluso bajaba porque muchas chicas que terminaban estas carreras técnicas, viendo el panorama, opositaban, preferían dedicarse a lo público que a la empresa privada... Porque en la facultad, por lo menos, tus compañeros eran tus compañeros y no notabas mucha diferencia, mucha discriminación, pero el mundo laboral estaban 40 años por detrás. Esos señores con corbata, con su manera de hacer las cosas, que te llaman niña, que te ningunean y que, por supuesto, te van a ofrecer menos dinero, no te van a ofrecer puestos de responsabilidad... Es un mundo muy complicado, el tecnológico a día de hoy sigue siendo un mundo muy masculinizado.
P. Usted ejerce hoy día de auditora de planes de ciberseguridad para las administraciones públicas, ¿no?
R. Sí, de ciberseguridad en general, de seguridad de la información. Me pasé al mundo un poco de la normativa y de las auditorías y llevo un tiempo en ese lado. Ahí hay un poquito de menos diferencia, aunque a veces todavía se sorprenden los clientes de que la auditora de ciberseguridad seas tú. Cuando apareces...
P. Tan alta, tan rubia, tan guapa con tus labios rojos, dirán "¿qué pasa aquí?"
R. Y ya si te googlean y ya les estalla la cabeza cuando ven que también escribo. Como que les cuesta entender que una persona somos muchas cosas, ¿no?.
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