Mario Vargas Llosa y los toros
Va por usted, maestro
A través de su excelente prosa, nos ha hecho partícipe de su afición a los toros defendiendo su popularidad sustentada en emociones compartidas y arraigada en lo más profundo de nuestra cultura y su profunda admiración por Curro Romero

Mario Vargas Llosa, recibiendo un brindis en la plaza de toro de Acho en Lima (Perú). / EFE
Fátima Halcón, presidenta de la Fundación de Estudios Taurinos
Su presencia en la barrera de las principales plazas de toros españolas y extranjeras era una constante. Su afición, como la de muchos otros, le venía de la infancia cuando, con nueve años y acompañado por su abuelo, presenció su primera corrida de toros en la boliviana plaza de Cochabamba. Su entusiasmo llegó a tal cénit que decidió hacerse matador de toros desechando otras aficiones y posibilidades imaginadas en esos momentos tales como aviador o mago, prefiriendo ser el Manolete del Perú. Luego asistiría a muchas corridas en la limeña plaza de Acho o en la efímera plaza de toros Monumental, también en la capital peruana. Así nos lo comunicó en el inolvidable Pregón Taurino de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla del año 2000.
A través de su excelente prosa hemos conocido sus primeras preferencias por Joselito y, sobre todo, por Belmonte, la idolatría juvenil por Luis Miguel Dominguín, su profunda admiración por el que consideraba dueño del espacio y del temple: Antonio Ordoñez, su fascinación por Curro Romero, ese torero a quién la Maestranza prohijó, cayendo la afición entregada a su arte y con cuya montera se retrató en alguna ocasión. A él le dedica varios párrafos aludiendo a los célebres silencios de la plaza sevillana como ejemplo de un éxtasis colectivo.
Pensaba Vargas Llosa que el valor no era el alma de la tauromaquia sino, más bien, el miedo
Pensaba Vargas Llosa que el valor no era el alma de la tauromaquia sino, más bien, el miedo. Ese miedo que el diestro debe administrar y olvidar a medida que el arte vaya dominando a su adversario hasta lograr la ilusión de que todo el peligro concentrado en el toro ha desaparecido y el desafío de la muerte se ha vuelto danza, ceremonia y ritual. Quizá ese dominio del miedo es el que vio en José Tomás y, por supuesto, en su compatriota Andrés Roca Rey, a quién seguía en los últimos tiempos con venerada fascinación.

Vargas Llosa junto al torero peruano Andrés Roca Rey. / EFE
Consideró la fiesta de toros como “la fiesta por antonomasia” y así lo expresó en varias ocasiones, defendiendo la corrida de toros desde distintos puntos de vista: culturales, ecológicos, artísticos o rituales. Todo ello, según sus propias palabras, resulta difícil de explicar desde lo racional porque no entra en el área de la lógica o de la razón sino de las emociones y las sensaciones. El arte de la tauromaquia lo consideró como un arte efímero y fugaz capaz de mostrarnos la absoluta armonía entre el toro y el torero que en un instante lo eleva y lo desvanece.
A lo largo de varios escritos, Vargas Llosa, nos ha hecho partícipe de su afición a los toros defendiendo su popularidad sustentada en emociones compartidas y arraigada en lo más profundo de nuestra cultura. La ha considerado como la máxima expresión de un arte efímero enraizado en nuestra propia idiosincrasia y capaz de lograr los máximos frutos de emotividad dentro del recinto circular de una plaza de toros. Su valiente defensa de la tauromaquia en contra de muchas de las tendencias actuales lo hacen merecedor de nuestro más profundo respeto y admiración al poner su insuperable prosa y su palabra al servicio de esta defensa. Descanse en paz.
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