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Obituario

Cuando Vargas Llosa se rindió ante Sherezade en Sevilla: las mil y una noches de amor por el teatro del Nobel

Para el escritor peruano el teatro no era un capricho pasajero, sino una extensión de su proyecto literario, una vocación que le llevó a embarcarse en proyectos escénicos como el que compartió con Aitana Sánchez-Gijón bajo la dirección de Joan Ollé

Vargas Llosa con Aitana Sánchez Gijón, en la puesta en escena de 'La mil y una noches'.

Vargas Llosa con Aitana Sánchez Gijón, en la puesta en escena de 'La mil y una noches'. / EFE

Patricia Godino

Patricia Godino

Sevilla

Para Mario Vargas Llosa, al que el mundo despide este Lunes Santo, el teatro no solo ha sido un laboratorio literario, sino también un acto de resistencia cultural, un lugar donde las historias desafían al espectador para que mire de frente las verdades incómodas de su tiempo. Desde sus primeras incursiones en la dramaturgia en la década de 1980, con obras como La señorita de Tacna (1981) sobre la memoria y los secretos que se mantienen ocultos, demostró que su interés por el teatro no era un capricho pasajero, sino una extensión natural de su proyecto literario. Más tarde, en 1986 publicó La Chunga, sobre las dinámicas de poder y deseo en un burdel peruano, que en España se estrenó en el desaparecido Teatro Espronceda de Madrid con Nati Mistral, una jovencísima Emma Suárez y el inolvidable Pepe Sancho. La garra de estos personajes que imaginó para ser encarnados tiene la fuerza de aquellos arquetipos de sus novelas, tan audaces como contradictorios, tan complejos como apasionados.

Dueño, además, de un porte que ha mantenido hasta el final de sus días y que lo hubiera convertido, de no priorizar las letras, en un auténtico galán de las tablas, a Mario le gustó sentir eso que se siente cuando se mira de frente a las butacas. Por eso, le gustó probar, jugar, retarse. Uno de los proyectos más aclamados por el público fue el que llevó a Vargas Llosa a compartir escenario con Aitana Sánchez-Gijón bajo la dirección de Joan Ollé. Desde 2005, que estrenaron La verdad de las mentiras en Barcelona, llevaron por distintas ciudades españolas otros textos y adaptaciones como Odiseo y Penélope, Las mil noches y Los cuentos de la peste, obras que utilizaron el teatro para reflexionar sobre la ficción, el mito y la memoria. La capacidad evocadora de aquellos diálogos y puestas en escena ha dejado huella en miles de espectadores de toda España.

Sevilla tuvo la ocasión de disfrutar de cerca de esta faceta del gigante literario. La capital andaluza fue una de las siete únicas ciudades donde se representó la versión que el peruano hizo de Las mil noches y una noche, una adaptación teatral del clásico persa firmada por el autor de La fiesta del chivo. Sánchez-Gijón dio vida a Sherezade, la narradora inmortal cuya voz seduce y salva. Para cuando se presentó ante el público, aquel calurosísimo julio de 2008, el coloso de las letras en español seguía siendo el eterno candidato al Premio Nobel de Literatura. La etiqueta -la de un autor siempre a las puertas del Olimpo de los dioses de la literatura- no le pesó en absoluto para acercarse, mucho y con ganas, al público.

Para quienes asistieron a aquel montaje en la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, un espacio dedicado a tender puentes entre culturas, la velada no fue solo un espectáculo, sino un homenaje al poder de la palabra y a la ficción como refugio humano.

El proyecto llegaba a Sevilla tras su estreno en Madrid durante el Festival Veranos de la Villa. "Existen dos maneras de hacer teatro: con Aitana y Vargas Llosa o con los demás". Fueron las palabras de presentación de Ollé, una de las tres partes del ménage à trois teatral en las vísperas de una actuación que levantó una expectación mediática inusitada. La actriz destacó la austeridad del escenario, "limitado a un atril, un libro y un velo que se transforma en mortaja, vestido de novia o de baile", ya que la verdadera protagonista "es la palabra y cuantos menos elementos se usen, más vuela la imaginación del espectador".

Vargas Llosa describió su adaptación como “minimalista”, prescindía de los cuentos más célebres del original para centrarse en una selección de historias menos conocidas, recreadas con una sensibilidad contemporánea. Con apenas dos actores en escena, el montaje desplegaba un universo de personajes a través de la palabra, la música en directo de Toti Soler y un diseño escenográfico del pintor Eduardo Arroyo que evocaba la intimidad de un cuento susurrado. Se transformó en el rey Sahrigar, el monarca herido que escucha noche tras noche los relatos de Sherezade para aplazar su venganza. Frente a él, Aitana Sánchez-Gijón encarnó a una Sherezade magnética, cuya voz tejía no solo historias, sino también un sortilegio de empatía y redención. La química entre ambos fue el alma del espectáculo: él, un escritor que se aventuraba en las tablas con la curiosidad de un aprendiz; ella, una actriz consumada cuya presencia llenaba el escenario de matices. Juntos, lograron que el público olvidara por momentos que estaba ante un Nobel y una estrella del cine y el teatro, para sumergirse en la narración como acto de supervivencia.

Como señaló Vargas Llosa en el prólogo de este texto, “no existe en la historia de la literatura una parábola más sencilla y luminosa que la de Sherezade y Sahrigar para explicar la razón de ser de la ficción”. Y en aquella noche, Sevilla fue testigo de esa verdad: el público, entregado, se dejó llevar por el hechizo de las palabras, recordando por qué las historias, desde hace milenios, nos ayudan a conjurar la muerte y a entender la vida.

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