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Festival de Cine Europeo de Sevilla

Costa-Gavras: "No se trata de hacer un discurso político, sino de contar lo que se ve de la forma más honrada posible"

El maestro franco-griego, autor de cumbres del cine político como 'Desaparecido' o 'Z', recibe a sus 92 años el Giraldillo de Honor del Festival de Cine Europeo de Sevilla

El cineasta franco-griego Costas-Gavras, con el Giraldillo de Honor del Festival de Cine Europeo de Sevilla, que ha recibido este domigo en el Cartuja-Center.

El cineasta franco-griego Costas-Gavras, con el Giraldillo de Honor del Festival de Cine Europeo de Sevilla, que ha recibido este domigo en el Cartuja-Center. / Lolo Vasco / Festival de Cine

Patricia Godino

Patricia Godino

Costa-Gavras ha hecho del cine una herramienta de reflexión social y política a lo largo de toda su carrera. Desde Z (1969), su obra se ha caracterizado por una mirada crítica sobre el poder y la responsabilidad individual frente a la injusticia, sin embargo, como ha confesado en la comparecencia con los medios, "más que denunciar, lo que hay que hacer es contar de la manera más honesta posible, sin manipular a los espectadores". Es la visión que tiene de su cine uno de los maestros europeos vivos más importantes, que este domingo ha recibido el Giraldillo de Honor, el máximo galardón del Festival de Cine Europeo de Sevilla, en una gala-coloquio celebrado en el Cartuja Center.

Nacido en Grecia en 1933 y exiliado en Francia tras la guerra civil, su biografía explica en parte esa sensibilidad contra el autoritarismo, la censura y la violencia institucional. Con una envidiable lucidez a sus 92 años, este maestro del cine político ha subrayado, en su comparecencia con los medios en Sevilla (ciudad que visitó por primera vez en los años 60 como ayudante de dirección), la importancia de los festivales porque "permiten reunir al público entre obras muy distintas. Se crea una conexión con los espectadores y con los directores, la película es una fiesta".

Una filmografía que explica una Europa en transformación

Con Z, inspirada en el asesinato del político griego Grigoris Lambrakis, Gavras impuso un modelo de cine político moderno: narración ágil, tono de thriller y denuncia precisa. El filme ganó el Oscar a la mejor película extranjera y marcó el inicio de una trayectoria en la que el director convirtió la tensión política en materia cinematográfica. En L’Aveu (1970) abordó las purgas estalinistas; en Missing-Desaparecido (1982) exploró la implicación de Estados Unidos en las dictaduras latinoamericanas; y en Amén (2002) enfrentó a la Iglesia católica con su silencio ante el Holocausto.

Su compromiso no responde a una militancia partidaria, sino a una convicción ética que se hace con la herramienta más antigua que tiene el ser humano: "contar historias". En un momento en el que Europa y el mundo se están transformando, "no faltan temas en nuestra sociedad actual". Aunque el director ha señalado que la función del cine "no es seguir la actualidad": "No estamos aquí para hacer un discurso, hay que tener un cierto distanciamiento de lo que se están contando", ha remachado, para añadir "mis películas no son una profecía".

Y, de hecho, ha defendido que el cine "es un espectáculo, en el sentido más noble del término". "Me inscribo en la tradición de la tragedia griega para tratar de que sus obras sean una metáfora para contar lo que pasa en el mundo", ha descrito sobre una obra que tiene su último eslabón en El último suspiro, filme, en el que participa Ángela Molina, sobre la eutanasia y el acompañamiento al final de vida.

Retrato de los mecanismos del poder

Si hay una constante en el cine de Costas-Gavras es el de revelar los mecanismos del poder y las zonas grises de la responsabilidad colectiva. A través de la tensión narrativa, convierte cada historia en una pregunta sobre la complicidad, el silencio y la ética pública.

Y para eso siempre ha puesto la condición a los productores de que aceptaran sus reglas. Así fue cuando trabajó con el gigante Universal para rodar Missing, como ha recordado a los medios: "Desde que empecé a hacer esa película, acepté hacerlo con unas condiciones: tener siempre la última palabra y que la postproducción fuera en Francia", ha recordado sobre un filme en el que, pese a las reticencias de los productores, tuvo la osadía de sacar a Jack Lemmon del registro de la comedia y colocarlo de protagonista de un drama político en el que interpreta a un padre que busca a su hijo desaparecido durante la dictadura chilena de Pinochet. "No quería que me guiasen con algunas teorías ni con imposiciones de un Happy End", ha recordado sobre un filme que ganó el Oscar al Mejor Guion Adaptado y la Palma de Oro en Cannes.

"El cine europeo se debe imponer al americano por la calidad, no por la cantidad"

Como presidente de la Cinemateque de Francia, el director de La caja de música (1989), sobre un inmigrante húngaro en Estados Unidos que es acusado de ser un criminal de guerra nazi, ha hecho una defensa a ultranza del cine europeo frente al americano: "Debe imponerse al americano por la vía de la calidad no de la cantidad".

En este sentido ha defendido "la cultura europea, la grecolatina", y la forma en que "la política y los políticos se enfrentan a los problemas europeos". "No podemos aceptar en Europa esas guerras y esas políticas extremistas", ha dicho cuando se le ha preguntado por la situación de Estados Unidos y Donald Trump. "Aquí el cine tiene un papel para mostrar otra vida y cada director tiene la libertad de hacerlo como él entienda. No hay una verdad absoluta en el cine".

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