Literatura
Antonio Machado: el sol de la infancia, Sevilla y la tumba de Collioure que aún conmueve 87 años después
Casi nueve décadas después de su muerte, Antonio Machado continúa vivo en un puñado de símbolos: la ciudad del sur de Francia como destino del exilio y Sevilla como patria íntima con el Palacio de Las Dueñas como escenario poético

Antonio Machado, (Sevilla, 26 de julio de 1875-Colliure, 22 de febrero de 1939).
Miguel Fabia Beiza
Días después de la muerte de Antonio Machado, en el invierno de 1939, el hermano, Pepe, encontró en el abrigo del poeta un pedacito de papel. Al leerlo, descubrió que, en la oscuridad de la agonía, doblemente espesa por la oscuridad del exilio en Francia, Antonio se entregó, como perfecto corolario de una poética de lo perdido, a los destellos de su niñez en Sevilla.
Para el aniversario setenta de su muerte, en 2009, un grupo de poetas andaluces viajó hasta el cementerio de Colliure, el pueblito francés donde pasó sus últimos días, para depositar una maceta de arrayán sobre su tumba. "Fue una ofrenda muy emotiva", comenta Aurora Luque, Premio Nacional de Poesía 2022, presente en la ceremonia. "Llevaba algo de ese sol de la infancia". Y es que el arrayán, explica, fue extraído del corazón mismo de Sevilla, ahí donde se encuentra, rodeada por altos muros blancos, la cuna que despertó la sensibilidad poética de Machado: el Palacio de Las Dueñas.
Construido entre los siglos XV y XVI, el edificio, con una arquitectura que combina estilos renacentistas, góticos y mudéjares, y con jardines que, indiferentes al ajetreo exterior, se extienden entre frescas veredas de albero, posee, en uno de sus muros exteriores, una placa distintiva que honra al poeta: "Aquí conoció la luz, el huerto claro, la fuente y el limonero". Son los elementos que, empadados de añoranza, refulgen una y otra vez en su obra.
Aquella felicidad originaria es la que palpita, por ejemplo, en los versos iniciales de Retrato, poema inaugural de Campos de Castilla (1912) y uno de los más citados de la tradición hispánica: Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero. El palacio andaluz brilla, también, en el soneto IV de Nueve canciones (1924): Esta luz de Sevilla... Es el palacio / donde nací, con su rumor de fuente.
En la relectura de estos versos, el poeta sevillano Jesús Beades, ganador del Premio Gerardo Diego por su obra Tierra Firme (1999), se detiene en la mención explícita a Sevilla, destacando las cualidades de una ciudad que, aun en la memoria, siguió deslumbrando al hombre maduro que, lejos de ella, la recordaba: "A menudo uno se sorprende en Sevilla cuando, al ir por el centro, te sale al paso la Giralda o el barrio de Santa Cruz, o el atardecer sobre el río cuando atraviesas alguno de sus puentes. Si esto conmueve a cualquiera, más aún al poeta, y sobre todo al que está rememorando su infancia. La niñez, como sabemos, es la patria de los humanos, y si encima ha transcurrido en un palacio en el centro de Sevilla, con el íntimo limonero y el rumor de una fuente, la experiencia se amplifica".
Otro paisano, Gonzalo Gragera, Premio de Poesía Joven RNE por su libro La suma que nos resta (2017), postula que el palacio es el portal que el poeta descubre para retornar a la niñez: "Ese portal se construye con poesía, con palabras como fuente y limonero. Recordemos que para Machado la poesía es palabra que consigue detener el tiempo. Las Dueñas es ese lugar que ayuda al poeta a escoger las palabras precisas".

La tumba de Machado en Coillure (Francia). / EFE
El anhelo de Machado por recobrar aquella juguetona ingenuidad sin tiempo se manifiesta en sus primeros escritos. Ello se puede comprobar en la versión ampliada de su ópera prima, Soledades, galerías y otros poemas (1907), especialmente en el poema VII, el cual, años antes, en 1903, había sido publicado en Helios (revista comandada por Juan Ramón Jiménez) con el título El poeta vista el patio de la casa en que nació: El limonero lánguido suspende / una pálida rama polvorienta / sobre el encanto de la fuente limpia, / y allá en el fondo sueñan / los frutos de oro…
En el análisis de estos versos, el poeta y profesor del Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Sevilla, Carlos Peinado, sostiene que el ideal de la infancia está representado por los limones, los cuales brillan con la majestuosidad de frutos de oro bajo la mirada melancólica del poeta que los contempla en el espejo transfigurador de la fuente: "El regreso a casa transporta a Machado a una tarde de su infancia, alegre y luminosa. Entonces era feliz".
Tales recuerdos, como fantasmas sonrientes, persiguieron al poeta desde los 8 años, momento en que dejó Sevilla. Lo persiguieron, incluso, en la interminable noche de la Guerra Civil, cuando, en noviembre de 1936, tras el inicio de la Batalla de Madrid, se vio obligado a marcharse, con su madre y sus hermanos, a Valencia, donde encontró, perplejo, en la finca de Rocafort que lo hospedaría, un doloroso jardín soleado con limoneros: Otra vez el ayer. Tras la persiana; / música y sol; en el jardín cercano, / la fruta de oro; al levantar la mano / el puro azul dormido en la fontana. / Mi Sevilla infantil ¡tan sevillana! / ¡cuál muerde el tiempo tu memoria en vano! / ¡Tan nuestra! Aviva tu recuerdo, hermano. / No sabemos de quién va a ser mañana, se lee en el poema VI de La Guerra (1936-1937).
Exilio: siempre y jamás Sevilla
El cuerpo del poeta reposa hoy, junto a su madre, en el exilio. La modestia de su tumba en el cementerio de Colliure se camufla bajo arreglos florales que brillan todo el año, renovados no solo por lectores que, procedentes de todo el mundo, se siguen conmoviendo con sus versos, sino además por familias que, como él, padecieron el rigor de la guerra.
Algunos poetas andaluces, sin embargo, consideran que los restos de Machado y de su madre deben ser repatriados a su Sevilla natal. "Reafirmemos juntos nuestro unánime deseo de que Antonio Machado regrese de su injusto exilio y descanse por fin en España, donde debió reposar siempre", indica un manifiesto de 2024, en el que destaca la firma de los poetas cordobeses Manuel Gahete y Rafael Calero.
"Creo que Machado debe permanecer en Colliure, como recordatorio de cómo España, en determinados periodos miserables y ruines de su historia, ha maltratado y humillado a sus mejores mentes
Al respecto, la Premio Nacional Aurora Luque es tajante: "Creo que Machado debe permanecer en Colliure, como recordatorio de cómo España, en determinados periodos miserables y ruines de su historia, ha maltratado y humillado a sus mejores mentes, a sus más valiosos artistas e intelectuales".
En abril de 1938, tras el derrumbe del bando republicano en Valencia, Machado y su familia huyeron a Barcelona. Meses marcados por la precariedad, por la desazón ante el inminente fracaso de los sueños colectivos. El último hálito de esperanza se desvaneció en enero de 1939, cuando los aviones golpistas empezaron a bombardear las puertas de Cataluña. El poeta conoció entonces, a sus 63 años, el definitivo destierro: en compañía de los suyos, emprendió la retirada a Francia, perdiéndose en carreteras colapsadas por miles de españoles que, mojados por la brisa glacial de enero, buscaban la salvación en el país vecino.
La madre, sin embargo, creía que se trasladaban a otro lugar. Para ella, no era un escape, sino un retorno. En medio del delirio engendrado por la caminata sin fin, Ana Ruiz Hernández, con 85 años, susurraba al oído perplejo del poeta: "¿Ya llegamos a Sevilla?".
El 22 de febrero de 1939, en una pequeña habitación de Colliure gobernada por la neumonía, Machado murió junto a la cama en que agonizaba su madre, no sin antes registrar -sobre el papelito que más tarde encontraría Pepe- los evanescentes fulgores de la patria perdida: Estos días azules y este sol de la infancia.
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