Festival de Música Antigua de Sevilla | Fahmi Alqhai Director del Femás
"Si a un chaval que está todo el día con TikTok le pones un poco de Vivaldi o de Bach, algo se mueve"
Cabeza visible del festival que cumple 43 ediciones, habla con entusiasmo de un proyecto que ha atesorado un público fiel, ecléctico y que cada vez suma más gente joven, de padre sirio libanés y madre palestina habla del mestizaje

Fahmi Alqhai, director del Festival de Música Antigua de Sevilla. / Lolo Vasco / Femás

Tantas veces la vida ocurre por casualidad. De adolescente, Fahmi Alqhai (Sevilla, 1976) andaba con la guitarra eléctrica. Un amigo le dijo algo así como "ve a un conservatorio y aprende a tocar toda la música que llevas dentro" y cuando llegó la única clase que quedaba libre era la de viola da gamba. Nunca había escuchado hablar de este instrumento, era, de hecho, el primer año que se impartía esta formación en España. "Y caí en una piscina", cuenta al otro lado del teléfono con un entusiasmo casi contagioso. De padre sirio libanés, madre palestina, criado con su abuela en Siria durante 11 años y con un acento sevillano que remite a la mucha calle que lleva encima, Alqhai es el director del Festival de Música Antigua de Sevilla (Femás), uno de esos proyectos culturales de los que una ciudad puede sentirse orgullosa.
La programación oficial arranca este viernes 6 con un concierto de la Orquesta Barroca de Sevilla en el espacio Turina y por delante queda hasta el próximo 29 de marzo, Domingo de Ramos, una veintena de conciertos y actividades por distintos espacios patrimoniales de Sevilla. Su grupo Accademia del Piacere, que tocó para los mandatarios internacionales de la Cumbre de la ONU en la cena en Dueñas, es una de las referencias internacionales de la música antigua, un gran embajador de la música mestiza, durante el Renacimiento y el Barroco, que tuvo en Sevilla el mejor escenario donde darse.
PREGUNTA. Femás cumple 43 ediciones, casi parece un milagro.
RESPUESTA. Es un bello milagro que tenemos aquí en Sevilla. La música antigua era algo bastante desconocida cuando arrancó el festival, y Sevilla fue uno de los primeros núcleos que la acogió como algo casi propio. Lo arrancó Rodrigo de Zayas como una muestra, con tres o cuatro conciertos y un poco de apoyo municipal, y aquello fue evolucionando hasta convertirse en lo que es hoy. Estamos hablando de hace más de 40 años.
Aquí siempre ha habido movimiento y mucho público apoyando. De aquellas primeras ediciones hemos pasado a un festival con un presupuesto con cerca de 400.000 sólo en contratación artística. Es un festival grande.
P. ¿En qué momento se encuentra ahora?
R. En el mejor momento de su historia, sin duda. Podemos plantear 22 conciertos con nombres como Il Giardino Armonico, Arcangelo, solistas como Avi Avital o Mahan Esfahani… Estamos hablando del top del top. Cualquier ciudad del mundo estaría encantada con un festival así.
P. Esos nombres también vienen porque confían en la dirección artística. Peque de inmodestia, vienen porque le conocen y respetan su trayectoria, ¿no?
R. Evidentemente tiene que haber confianza. Son grupos que eligen dónde tocan. Si los llamas desde cualquier sitio, igual no van. Sevilla, por la trayectoria del festival, es ahora mismo uno de los grandes referentes europeos. Las giras importantes de primavera en España suelen arrancar aquí. Entre Madrid, Barcelona y Sevilla, en música antigua.
P. No es un festival masivo, ni quiere serlo. ¿Cómo es el público del Femás?
R. Es un cajón desastre, en el buen sentido. Está el núcleo duro de la música antigua, un público más mayor, muy fiel, pero bastante abierto. No es el estereotipo del abrigo de visón del Teatro Real. Y luego hay mucho público joven, gente que viene de otras músicas. Entre el rock y la música antigua siempre ha habido conexión. Muchos heavies y rockeros se acercan a esto sin problema.
Hoy mismo escuchaba un disco de Yngwie Malmsteen y aquello suena entre Vivaldi y Bach. Es normal que alguien que escuche ese heavy dé el salto. En definitiva, es un público muy diverso.
P. Este año hay programación dedicada a la boda de Carlos V. ¿A qué sonaba Sevilla entonces?
R. Sonaba a lo mejor de lo mejor. Carlos V aterriza en una ciudad que ya era un referente económico y cultural. Trae todo el poderío de Flandes. Aquí se escuchaba lo mejor de Flandes, de España, todo lo bueno de los mestizos que ya estaban viniendo de América y de la ruta negra… Era una explosión cultural, era uno de los grandes núcleos de la humanidad. Sevilla era el caldo donde se cocinaban todos los guisos, se mezclaban y se hacía el mestizaje de todo.
P. También hay programación en la calle y en colegios.
R. Este año hemos recortado un poco la calle porque hemos apostado más por ir a los colegios. En la calle haces público, sí, pero en los colegios tienes un público joven y muy receptivo. Yo me encontré la música antigua de casualidad y si no me la hubiese encontrado así probablemente no estaría aquí.
P. ¿Cómo fue su caso?
R. Tocaba la guitarra eléctrica, un amigo me animó a ir al conservatorio y solo quedaba una plaza en primer año de viola da gamba. No sabía ni lo que era. Me apunté y fue como caer en una piscina. Y bueno, la verdad que fue un encuentro maravilloso. Esas casualidades pueden cambiarte la vida.
P. Juan Pérez Floristán nos decía hace unos meses que la forma de enseñar música en los colegios era un error salvo por algunos profesores. Siempre pienso que muchas de estas extraescolares, actividades complementarias, cambian vidas.
R. Claro que sí. Si a un chaval que está todo el día con TikTok le pones un poco de Vivaldi o de Bach, algo se mueve. El contacto hay que forzarlo. Igual que a nosotros nos gusta el flamenco porque lo hemos escuchado desde pequeños. Ese contacto hay que forzarlo de algún modo. El Quijote no lo aprecias hasta que lo lees o lo ves adaptado de alguna forma.
P. ¿Por dónde empezar si alguien no ha escuchado nunca música antigua?
R. Vivaldi. Sin duda. Lo más sencillo probablemente es irse a escuchar música que te entre directamente por los oídos. Pop, digamos. Vivaldi es el amo de esa entrada que es la música antigua. Una buena versión de Las cuatro estaciones. Es imposible escapar de Vivaldi, forma parte de nuestra cultura.
Vivaldi es el amo de esa entrada que es la música antigua, es imposible escapar de Vivaldi, forma parte de nuestra cultura
Después, las canciones estróficas italianas de principios del XVII. Es una música maravillosa y muy accesible. El momento más dulce para el oído es ese primer barroco. Es una música muy bien construida, muy clara, muy tonal. De hecho, conecta mucho con la sencillez armónica del pop actual. Es una puerta de entrada estupenda.
P. El festival vuelve a cerrar en Domingo de Ramos con 'La Pasión según San Mateo' de Bach, un prólogo a la Semana Santa que funciona para el público ya como una tradición. Siempre he pensado que Sevilla tiene un conocimiento musical de manera natural por esa relación tan estrecha que hay con la música cofrade.
R. Sevilla es una ciudad muy musical. Por tradición, por historia, por todo lo que se respira. Las cofradías influyen, claro. Cerrar con grandes oratorios, con pasiones de Bach, y salir luego a la calle y encontrarte con otra música para el mismo relato es algo maravilloso. Mezclas la tradición luterana, sobria, con el barroco sentimental de aquí. Es fantástico.
P. Si tuviera que elegir tres citas imperdibles de la programación que ha diseñado, ¿cuáles serían?
R. La Pasión según San Mateo, sin duda. Nadie debería perdérsela. Luego Il Giardino Armonico con Julia Lezhneva en el Maestranza: puro Vivaldi, top del top. Y el concierto dedicado a John Dowland, del que celebramos los 400 años de su fallecimiento el día 19 en Artillería, con Odd Sides. Es una propuesta muy especial, muy ecléctica.
P. Parte del éxito es también la relación con los espacios históricos.
R. Claro. Es un festival de patrimonio histórico. Hay que contextualizar esa música. No tendría sentido hacerlo todo en el Turina. Es cómodo, sí, pero frío. Escuchar música en San Luis o en El Salvador, con un órgano parecido al que sonaba en el siglo XVII, eso es impagable.
Escuchar música en San Luis o en El Salvador, con un órgano parecido al que sonaba en el siglo XVII, eso es impagable
P. Qué bonito es escuchar a alguien con tanto entusiasmo en la gestión cultural.
P. Es que los artistas somos los que movemos la cultura. En los grandes festivales europeos cada vez programan más los propios artistas. Si no eres artista, por muy gestor que seas, no sabes igual. Esto no es solo cuestión de números o de logística. Es cuestión de intuición, de riesgo, de saber qué diálogo se está produciendo entre unas obras y otras, de entender lo que pasa encima de un escenario. Si no es tu vida, si no te levantas y te acuestas con la música, el entusiasmo se acaba. Y cuando se acaba el entusiasmo, el festival se convierte en una máquina. El festival ahora es grande y potente, pero incluso cuando era más pequeño era una joya. Si algo dura 43 años es porque se hace con delicadeza, con amor y sabiendo lo que se programa.
P. Sus raíces son sirias y palestinas. ¿Cómo está viviendo la situación actual de escalada del conflicto en Oriente Próximo?
R. Tenemos familia en Siria, en Líbano, en Israel… prácticamente todos los puntos de vista posibles. Parte de mi familia se quedó en Haifa cuando aquello pasó a manos israelíes. Son cristianos israelíes ahora. Imagínate el cruce de historias que hay ahí. Aquello es una locura. Hay muchos locos. No nos creamos que el único loco es Trump. Hay muchísimos locos en esa zona. Y la vida de la gente no vale nada. Son intereses, fronteras que se mueven unos centímetros, un poco más para acá, un poco más para allá. Es la fiesta de los locos.
Tenemos familia en Siria, en Líbano, en Israel… y todos los puntos de vista posibles. Aquello es una locura. Hay muchos locos. No nos creamos que el único loco es Trump. Allí la vida no vale nada
P. ¿Va con frecuencia?
R. No. A Siria no puedo ir. Soy sirio, si piso Siria tendría que hacer el servicio militar. Es absurdo. A Israel no voy, no es un sitio que me apetezca pisar. Y Palestina… no sé qué queda de Palestina. Y el Líbano es un país que está siempre al borde de estallar. Es una putada decirlo así, pero es la realidad. Lo digo con dolor, porque yo viví allí once años. Son mis raíces. Pero me da miedo. Me da terror llegar a un aeropuerto y que te empiecen a preguntar, que te retengan. Tengo amigos que han pasado un día entero en un aeropuerto solo por su pasaporte o por su origen familiar. ¿Qué sentido tiene exponerse a eso? Habrá quien sea más valiente y haga esos viajes. Yo no. Yo prefiero irme a Lanzarote. O a Cádiz.
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