Toros
Morante de la Puebla, rey del toreo contemporáneo (y de todos los siglos)
Sevilla vive el último estadio de la soberana lección del genio de la Puebla del Río, reaparecido, curado y en el culmen de su revolución

Clamorosa vuelta al ruedo de Morante. / Antonio Delgado-Roig
Profecía cumplida. Vista la generación torera de esta época y su toro, tenemos ante nuestros ojos el acontecimiento máximo que en ella tiene lugar: Morante de la Puebla, reaparecido, curado y en el culmen de su revolución tras su retirada en Madrid el pasado 12 de octubre, cuando todo un enorme cúmulo de vigencias taurinas se derrumbó en alud total e irrefrenable, es decir, que el toreo cayó en una aguda crisis con pocas referencias como él.
Pero ante todo, ¿qué supone Morante, o mejor, qué representa ante sus otros compañeros de profesión?
Con Morante, ni el público posee los mismos gustos, ni el torero siente el toreo como antes. Porque si antes de él se toreó de una manera, como pasó con los precedentes de Belmonte, Gallito o Chicuelo, después de él se torea de otra: precisamente de la forma que Morante ha enseñado a torear a toda una generación de toreros.
Los precedentes históricos
Juan Belmonte, con su esencial revolución, enseñó a torear, a templar, a cargar la suerte debidamente, a ajustar las distancias. Gallito dejó su vigencia con la inteligencia, la lógica, el poderío frente al toro y Chicuelo, la evolución de ambos en un mismo tronco, siempre genial. Sin olvidar, sobre todo, a Rafael El Gallo, el último representante de los toreros antiguos que permaneció impermeable a cualquier influencia exterior y la quietud que Manolete llevó a sus últimas consecuencias... Aunque no olvidemos que el arte consiste, como ha demostrado Morante, no en imitar los modelos, sino en mejorarlos.
Pero hay en el toreo de Morante una herencia de todo lo de antes, una evolución total que provoca una definitiva forma de subversión: la de ofrecer una experiencia única, viva y presencial, imposible de descargar y reproducir cuando hace el paseíllo. Considero de lo más meritorio que, a sus 46 años, el maestro se haya obsesionado empecinadamente en una especie de reconciliación a ultranza en torno a su genialidad, más allá de las opiniones opacas, veredictos justicieros y fogosas beaterías con ocasión de su vuelta a los ruedos.
Algo esencial sobrevive -nunca se agotó del todo en él- extramuros de su persona como es la fijación de un paradigma esencial que ya va generando sus propios modelos hasta convertirse en un punto de partida sucesivo, en una fundación a la vez clásica y contemporánea: la torería de un hombre excéntrico, catalogado en el anaquel de las rarezas personales y convertido en bandera de la contracultura por lo que hace en la plaza, por lo que supone verlo torear, tal y como demostró en su segunda tarde de la Feria de Abril, en su lidia total de capote, banderillas y muleta.
Y celebrado en Sevilla, "donde la muerte toca largos clarines a llegada de las primaveras y su arte está siempre regido por un duende agudo que le ha dado su diferencia y su calidad de invención", como escribió Federico García Lorca, poeta de la Andalucía más retórica.
La extraordinaria singularidad
Postergado en sus inicios -hasta en Sevilla-, confundido otras entre sus propias extravagancias, Morante ratifica hoy, y con qué venerable certeza, la extraordinaria singularidad artística de su tauromaquia, su impecable condición de puente entre todas las vanguardias posibles de los últimos tiempos.
Porque su toreo nace hoy de un convencimiento interior, de una decisión soberana de su alma que ha madurado durante toda su trayectoria: la pureza. De ella nacen una clarividencia y un valor de una autenticidad estremecedora ante el toro.
Claro que en el toreo de Morante, tan complejo y desmesurado, de tan inagotable ansiedad creadora, hay bifurcaciones un tanto propensas al desequilibrio nervioso, incapaces de sofocar la conmoción de la belleza de su tauromaquia y que ponen contra las cuerdas los pecados capitales del arte de torear, que diría Guillermo Sureda: la monotonía, la copia, el mimetismo, el servilismo estético, etcétera.
Él es un torero inclasificable para la palabra, angélico, único. Y así hay que tomarlo: como un mundo cerrado, como un eterno niño pequeño lleno de sueños maravillosos. José Antonio Morante Camacho tiene siempre un corazón misterioso y una cabeza privilegiada. De ahí todo su ser y todo su toreo.

Hasta ahí y algo más llegó el natural de Morante. / Antonio Delgado-Roig
El toro de Álvaro Núñez
El barroquismo de su cintura, la abundancia pastosa de la curva en el muletazo. Otro ritmo y otro son que nace de las muñecas más sutiles que presiden hoy el toreo. Su faena al toro ‘Colchonero’, número 54, de Álvaro Núñez, es una nueva lección, para quien sepa, para quien quiera y para quien pueda recogerla.
La emoción estética, la conmoción de la expresión. Esa otra emoción que nace cuando el torero logra crear, más allá del peligro, eso que llamamos el arte. No es la emoción áspera y angustiosa del peligro, sino la emoción serena, limpia y profunda de la belleza.
Morante como centro de altísimo rango, con una personalidad extraordinaria que da nombre a una época esencial de la historia del toreo. Porque frente a ese 'Colchonero' de Álvaro Núñez pudimos percibir que, entre Morante y el resto de toreros, existe un 'naide' aún de mayor calado que aquel que Guerrita utilizaba para desmarcarse de las demás coletas. Un 'naide' que supone un abismo insondable porque marca esencial diferencia en el espacio y el tiempo del toreo.

Templado derechazo de Morante. / Antonio Delgado-Roig
Morante es capaz de hacer que el arte de torear sobreviva en el recuerdo; con una suerte de eternidad. Porque se sale de la rutina, se eleva a otro plano y su faena adquiere automáticamente un tono inolvidable. De eso se trata, de revivirlo, de recrear mentalmente en la memoria la joya de sus obras.
La Puerta del Príncipe
Lo excepcional hay que premiarlo, sobre todo, para que no sea comparado con todo lo demás: Morante debió salir por la Puerta del Príncipe (sin orejas por el fallo a espadas) el pasado viernes tras una faena que marca el culmen de su revolución.
En un mundo de sensaciones esfumadas ya en la lejanía de los tiempos, Morante regresa a Sevilla hoy. Los aficionados siguen meditativos, soñadores… ¿Será capaz de volverlo a hacer?
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