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La contracrónica

Diego Urdiales, hecho consumado del toreo

El maestro de la Rioja realiza los mejores muletazos de la tarde al cuarto del Parrelejo y Sevilla ni se entera

Diego Urdiales da un excelente natural al cuarto de la tarde.

Diego Urdiales da un excelente natural al cuarto de la tarde. / Carmelo Calvo

El ‘hecho consumado’ es una expresión que significa que algo que ya ocurrió, no se puede cambiar. Así que lo que ocurrió ayer en Sevilla es el hecho consumado del toreo a manos de Diego Urdiales en medio de una gran corrida de toros de El Parralejo que propició la Puerta del Príncipe de Sevilla.

Ojo, pero Sevilla, en el Miércoles de Feria, no vio ese toreo de arrebatado pellizco, aunque también de toreo profundo, de sublime y largo trazo, y de una ligazón tan perfecta y tan arriesgada que bordeaba lo irreal.

Era el toreo ligado en redondo, enganchada la embestida adelante para traer al toro desde largo, mecido en el giro de las muñecas y ya prendido en el compás sedoso de su cante; para marcarle la métrica de su verso casi sonámbulo y trazarle el cauce sereno del toreo más puro, curvado en el meandro del embroque y guiado, con flujo cristalino, hasta la limpia desembocadura de la suerte, hasta detrás de la cadera.

Fue el caso de un torero tan extraordinario, que atesora tanta clase y pureza como Diego Urdiales, al que tanto admiran los maestros Curro Romero y Santiago Martín ‘El Viti’, y que el público de Sevilla -ya habría de hablar de público y no tanto de afición- no acabaron de darle el sitio que, por su brillantez, se merecía.

No lo vieron… o no lo supieron ver, sobre todo, después de ver el gran ‘Secretario’, el tercer toro de la tarde que llevaba el gran secreto de la bravura de El Parralejo: una extraordinaria profundidad por dos pitones, pero con un son especial por el izquierdo. Qué manera de empujar en el caballo y exigir en banderillas. Embestía al galope, precioso en su instinto. Un superclase que cuajó a placer un gran David de Miranda.

Pero en un mundo jerarquizado por el triunfo de lo común -best sellers en la literatura, superventas en la música, récords de taquilla en el cine-, lo excepcional apenas dispone de dos caminos: replegarse en la capilla íntima de unos pocos adeptos y convertirse en un artista de culto, o quebrar el sistema y conquistar a las masas precisamente por lo contrario, por su grandeza que, en el fondo, le hace vivir al margen de la norma. Y que, por eso -además de por su arte-, fascina.

SEVILLA, 22/04/2026.- El diestro Diego Urdiales con su primer toro durante la corrida de la Feria de Abril de Sevilla, con reses de la ganadería de El Parralejo, este miércoles en la plaza de la Maestranza. EFE/José Manuel Vidal

El diestro Diego Urdiales con su primer toro. / Jose Manuel Vidal / EFE

Sin dilación, Urdiales realizó los mejores muletazos de la tarde al cuarto. E incluso diría que de toda su trayectoria aquí en Sevilla.

Porque ayer se vislumbró las verdaderas raíces de su tauromaquia y su potencia emocional como uno de los paradigmas primarios de lo torero durante esta Feria de Abril.

Resulta llamativa ese secreto comunicativo de la forma de torear de Urdiales, que alcanza su clímax gracias a la sabiduría intuitiva de un intérprete capaz de materializar lo indecible.

Se trata de esa búsqueda de la esencialidad que hizo posible la definitiva decantación de su obra. A partir de ahí, se llegó a un territorio simbólico donde la torería también consiste taxativamente en un viaje a los límites. Y con la verdad a secas de su pureza, suponiendo naturalmente que la verdad a secas sea algo diferente a un lugar común.

Por lo tanto, sorprende porque la fiesta de los toros siempre ha tenido una especial querencia por quienes detentan el don de lo excepcional, aquellos toreros cuyo arte da a sus maneras, al trazo de su toreo, un prestigio de sobrecogido fervor.

El equilibrio riguroso de la presidenta Macarena de Pablo-Romero se confunde con la rigurosa nimiedad. Allá ellos. Lo visto, pero sobre todo, lo sentido con Diego Urdiales, vale mucho más.

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