Flamenco
Rocío Márquez, desde adentro
Con las entradas agotadas, la cantaora y el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar estrenaron este viernes en Sevilla su ‘Himno vertical’, un ritual íntimo y profundo sobre la vida y la muerte que desató la ovación unánime del público

Rocío Márquez. / Alejandro Cayetano

Rocío Márquez deambula descalza y a oscuras por la escena. La guitarra de Pedro Rojas Ogáyar genera una atmósfera ecléctica, ora asfixiante, ora liberadora. En este bucle infinito que es el disco que da lugar a esta obra, y que es la vida, los creadores van transitando las sombras y el dolor en un ritual solemne, profundo e íntimo que camina hacia la luz, la calma y el consuelo para regresar de nuevo al abismo.

Rocío Márquez y Pedro Rojas Ogáyar. / Alejandro Cayetano
Recordando el título del poema de Roberto Juárroz, Himno vertical, que se estrenó este viernes en el Teatro Central de Sevilla dentro del ciclo Andalucía.Flamenco con las entradas agotadas, transforma el concepto tradicional de réquiem en una reflexión poética sobre el ciclo de la vida, entendiendo ésta como un proceso en continua transformación y renacimiento. De hecho, pese a que el disco-espectáculo, reconocido con el Premio MIN 2026 al Mejor Álbum de Flamenco, se compone de una estructura lineal de obertura, interludio y final, gira hasta convertirse en una espiral donde todo converge y sigue su vuelo. Igual que el águila imperial del fandango del Carbonerillo que regaló la artista entre ovaciones a pie de escenario.
Tras el éxito de Tercer cielo, la luminosa y fresca propuesta que protagonizó con Bronquio, la cantaora vuelve a romper los códigos para llevar el flamenco -y el arte- a un lugar mucho más incómodo, casi angustioso, donde su cante fluye en trance. Como si hubiera dejado de importarle no sólo si se comprende su discurso, como dice en una de las maravillosas letras compuestas junto a la poeta Carmen Camacho, sino incluso si se le oye.
En un exquisito equilibrio dramático y con un diverso repertorio de fandangos, seguiriya, soleá, malagueña, guajira, tangos o bulerías, la voz de Rocío se siente a veces como un grito y otras como un susurro indescifrable. Respira, exhala, dicta sentencias, repite mantras como dictados y alarga los tercios al límite con sus habituales melismas, no buscando el lucimiento, sino más bien como un llanto. Porque, además, aquí la onubense no le canta al público (nunca nos mira ni se sitúa en el centro), sino a sí misma, “desde adentro”, advierte al inicio.
Desde la guitarra flamenca, la eléctrica y los sintetizadores que distorsiona las notas y reitera las palabras necesarias (-acaba penilla acaba-), Pedro Rojas compone un brutal espacio sonoro donde ambos se abrazan y deshacen nudos bajo un clima hipnótico de relato gótico iluminado con la excelencia de Benito Jiménez (el mejor para poner luz en la penumbra).
Más allá de su carácter experimental, su coherencia conceptual, o su belleza visual, este Himno conmueve por la valentía de afrontar la pena, la ausencia y el vacío e invitar al espectador, en inevitable estado de permanente alerta, a compartir la fragilidad y la vulnerabilidad que todos sentimos cuando “se nos pierden las alpargatas y pisamos el cristal”.
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