Icónica Santalucía Sevilla Fest
Robbie Williams, el formidable ‘entertainer’ que conquista el Icónica Santalucía Fest de Sevilla: 52 años, 75 millones de discos y una Plaza de España en pie
La superestrella británica ofrece un incontestable y divertidísimo concierto en el Icónica Santalucía Sevilla Fest dentro de la gira de su disco ‘Britpop’

El Correo

No mucho después del gran acontecimiento de la gira de reunión de Oasis, nuestro hombre se sumó a la nostalgia por los años de esplendor del britpop -extraña amalgama aquélla, pero con gran arraigo en prensa y público- con un disco cuyo título no engañaba a nadie: Britpop, para qué nos vamos a complicar más.
El regreso a aquel mood noventero de Robbie Williams, nuestra estrella global de visita este martes en Icónica Santa Santalucía Sevilla Fest, podría invitar a pensar en íntimas cuentas pendientes -su famosa arrogancia casi caricaturesca tal vez sólo encuentre parangón en su necesidad de reconocimiento de legitimidad artística- de aquel joven exmiembro de boyband lastimado y confuso tras su ruidosa expulsión de Take That.
La cuestión es que su primer disco como solista, Life Thru a Lens, una vaga y amable amalgama pop-rock, fue uno de los motivos por los que en su momento muchos, ya en el declive del movimiento (si es que alguna fue tal cosa) abjurasen de la etiqueta britpop, que ya no molaba porque era ultracomercial. Ocurre también que en aquel disco figuraba una balada, Angels, que catapultó al británico a esa clase de estrellato global y longevo que tiene ya regusto a otros tiempos para la industria de la música.
Más de 75 millones de discos vendidos después de aquello, el cantante y showman británico se ha presentado la noche de este martes en una Plaza de España atestada y rendida a sus pies nada más aparecer él ante el público para romper el hielo -si es que no estaba ya derretido con semejante calor- con una Let me entertain you magnífica y vibrantemente recreada por su banda. A continuación se adentró por primera vez en sus canciones más recientes con Rocket, una andanada de rock upbeat altamente coreable que en el álbum, porque sí, porque puede aunque no venga a cuento, fue grabada con el legendario guitarrista Tommy Iommi, de Black Sabbath.
Las mejores imágenes del concierto de Robbie Williams en Icónica Santalucía Sevilla Fest / Marina Casanova
“Fucking hell, it’s fucking hot… and I’m 52”, se quejó teatralmente en una de sus primeras pausas, en las que deleitó a los espectadores con sus dotes de crápula pícaro y sexy, lo mismo poniendo a corear al respetable el riff del War Pigs de Black Sabbath que parodiando la gelidez del público alemán. Tras el despliegue de su encanto, Rock DJ entró como cuchillo en mantequilla: sonido gordo, coristas on fire, base rítmica acorazada, bailarinas revoloteando, vientos energizantes. Puro espectáculo. Lo suyo, vamos.
Y del espectáculo es parte importante, claro, el monólogo chispeante para contextualizar las canciones. Como buen viejo golfo que coqueteó con toda clase de adicciones y autodestrucciones, uno de sus momentos más logrados fue su declaración de amor a su esposa y a los cuatro hijos que ha tenido con ella, a los cuales dedicó el medio tiempo Love my life en una interpretación realmente bonita. Hasta ese momento se alternaban a la perfección los dos tipos que canciones que grosso modo trabaja Robbie Williams: el hit pensado para ser coreado en estadios olímpicos y la balada o el medio tiempo sobre las inseguridades y pesares del cantante de hits pensados para ser coreados en estadios olímpicos.
Para no romper dicha dinámica llegó a continuación Pretty Face, otra de su último disco, guiñito al Smells like teen spirit de Nirvana incluido. Y para alargarla, siguió con una suerte de medley en clave íntima y cómplice con el público, al que de nuevo puso a cantar, de Better man, Sexed up y Candy. Bromas a propósito de sus comienzos en Take That y su rivalidad con Gary Barlow, gags cómicos con sus músicos, catarata de gestos, tics, posturitas, coqueteos ya inofensivos de family man… El tipo podría impartir una cátedra sobre Meterse a la Gente en el Bolsillo.
Por momentos a uno le dio por pensar que va convirtiéndose cada vez más convincentemente en una especie de versión 2.0 de su compatriota Tom Jones, porque sí, cantar canta, y de lo lindo
Por momentos a uno le dio por pensar que va convirtiéndose cada vez más convincentemente en una especie de versión 2.0 de su compatriota Tom Jones, porque sí, cantar canta, y de lo lindo. Verdaderamente habría que tener demasiado miedo a no parecer inalcanzablemente sofisticado para no aplaudir con fuerza la preciosa versión de Relight my fire que se marcó junto a una de sus coristas, una de esas afro-fuerzas de la naturaleza que tanto imperó en el dance de aquellos años 90 tan añorados durante toda la noche de este martes.
El momento crooner a su manera llegó -crooner a su manera porque la garganta de esta hombre pareciera hecha a medida para sonar mastodónticamente, para ser lanzada a los aires por equipos de sonido que no caben en trailers normales- con una divertidísima relectura del clasiquísimo New York, New York, que progresó desde el recogimiento al piano, fular rosa incluido, hasta el desparrame final. Luego presentó a su banda mediante guiños al Back in black de AC/DC, al Summer loving de la banda sonora de Grease, al We will rock you de Queen, al It’s raining men de The Weather Girls, al Y.M.C.A. de los Village People, al Sweet Dreams de Eurythmics y al Hey Jude de los Beatles; y lo mejor que podemos decir es que en todas nos quedamos con ganas de mucho más (bueno, de todas menos de la de Queen, por motivos que si no resultan obvios no nos vamos a molestar en comentar).
Una de las innegables virtudes del show de Robbie Williams es su perfecto ritmo, con subidas y bajadas, todo dinamismo
Lo malo de que todo sea tan intenso, tan arriba todo el rato, es que llega un momento en el que todo suena… un poco a lo mismo. Magníficamente, pero a lo mismo. Tampoco es que sea esto un gran problema, porque una de las innegables virtudes del show de Robbie Williams es su perfecto ritmo, con subidas y bajadas, todo dinamismo.
Tras Come undone, Kids y She’s the one, dedicó otro de sus parlamentos a su padre -su héroe, como lo calificó, un antiguo cantante y cómico ahora enfermo de parkinson- para introducir una versión del standard de Sinatra My way durante la cual aprovechó también para compartir con el público unas pocas estampas de dicha y serenidad caseras junto a su familia, proyectada en formato álbum fotográfico sobre las pantallas gigantes.
Para el final dejó sus dos mayores megaéxitos. Primero, Feel, con su épica, sus condenadamente pegadizos arpegios de piano, su solo expansivo de guitarra, las manos abiertas al aire… con todos sus perejiles, en fin. Y para rematar, evidentemente, Angels, la misma que cantó la noche del lunes junto a un músico callejero en un lance improvisado -pero convenientemente viral- en las calles del centro de Sevilla, sólo que en esta ocasión ante una multitud cautivada, como hipnotizada, porque por algo este tipo tiene más carisma que el diablo.
¿Nos parece su repertorio tan resultón como apabullantemente impersonal? ¿Va uno a volver a escuchar dos canciones seguidas de Robbie Williams sólo en el caso de que el cantante regrese alguna vez a Sevilla para ofrecer un concierto y deba asistir al mismo por motivos profesionales? ¿La actuación que ha ofrecido es un espectáculo –casi de variedades– de toma pan y moja? La respuesta a todas las preguntas es sí, claro. Habría que estar un poquito muerto por dentro para no divertirse ante semejante derroche de carisma, buena voz, buenos músicos, talento escénico y ligereza magníficamente entendida.
Algo así sólo lo puede lograr una de estas estrellas de viejo cuño, y para apreciarlo con toda justicia ciertamente hay que contemplarlo en directo, donde los matices y la vivacidad y el ingenio cobran realmente vida, frente al sonido aplanado y anodino de los discos. Esto puede que le cueste a uno más de una chanza de sus muy queridos y admirados amigos culturetas, de exquisito y minoritario paladar, pero para levantar y sostener girando en la punta del dedo un espectáculo así –como un globetrotter con su balón de basket– hay que tener, sin discusión, ahora lo hemos entendido, un talento formidable.
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