Marilyn Manson en Icónica Santalucía Sevilla Fest: vodevil metalero cortito y con sifón
La estrella del rock industrial cumple el expediente en la Plaza de España con un concierto despachado profesional y mecánicamente

Pasaba casi media hora de las diez de la noche cuando la oscuridad se adueñó de la Plaza de España. Llegaba la hora de la ceremonia de Marilyn Manson, oscuro sumo sacerdote del metal industrial, ante una multitud de unas diez mil personas. A ver, ante un espectáculo de este tipo, de todo o nada, conviene poner toda la disposición del mundo para disfrutarlo plenamente. Hoy sabemos que la faz del verdadero mal, de la crueldad auténtica, del caos hecho nuevo orden, gusta más del maquillaje anaranjado-Cheetos que de del negro, pero aun así…
Entre una atmósfera sonora ominosa, cruces invertidas y luces -naturalmente- rojas, con su habitual rostro blanquecino, labios y ojos negros y envuelto en cuero de predicador de las fuerzas oscuras, como una especie de Saruman del metal noventero, Marilyn Manson apareció en el escenario para descargar Nod if you understand, aguerrida canción de su último álbum hasta la fecha, One Assassination Under God-Chapter 1, aunque no tardó en visitar su repertorio más temprano con Disposable Teens y Angel with scabbed wings, canciones de su repertorio clásico que sentaron definitivamente las bases del concierto: el sibilante ambiente electrónico que suele envolver sus discos, casi desaparecido en favor de guitarras agresivas y cortantes, un bajo demoledor y una batería bulldozer.
¿Estuviste en el concierto de Marilyn Manson en Icónica Santalucía Sevilla Fest? ¡Búscate en nuestra fotogalería! / Marina Casanova
Inevitablemente diluidos en tan contundente aproximación a su estética, los matices aparecieron un tanto mejor en Great Big White World, un tema con el diapasón más relajado que permitió apreciar la inclinación pop y glam que siempre tuvo la música del músico estadounidense, en el sentido de la búsqueda permanente de la melodía con gancho, y seguramente también en el anhelo secreto de ser una especie de Bowie del shock rock.
Aunque planteado muy física y directamente la noche de este lunes en su comparecencia en la Plaza de España, un concierto de Manson no deja de ser una especie de vodevil metalero en el que el maquillaje gótico, la utilería satánica y el espíritu grotesco es una prolongación por otros medios del comentario sobre la decadencia moral y la la hipocresía de la sociedad estadounidense que el artista lleva planteando lúcida y a la vez un tanto gruesamente desde los años 90.
This is the new shit, o Dried Up, Tied and Dead to the World, de aquel ya lejano Antichrist Superstar, pusieron de manifiesto la tendencia de Manson al estribillo pegadizo —de nuevo la querencia pop, aun envuelta en su habitual mescolanza de ruidismo industrial y alt-metal noventero—. Hasta entonces el espectáculo se hacía un tanto frío y mecánico, pero llegó al rescate un Nobodies, de Holy Wood, en la que crítica social y sentimiento se dieron la mano fuerte y coreablemente.
Tras un interludio instrumental que le dio un descanso al cantante de tanta guturalidad desatada, y tras un fugaz amago de Don’t like the drugs but the drugs like me que nos dejó con la miel en los labios, la actuación continuó su ritmo sin contemplaciones con The dope show, uno de sus mayores hits, de uno de sus mejores discos con diferencia, con la que nos acordamos -todos, suponemos- de nuestros años de instituto, carpetas forradas de portadas de discos y revistas Tipo.
Otro de los momentazos llegó con la versión del Sweet Dreams (are made of this) de Eurythmics. La canción caldeó de nuevo el ambiente… aunque de nuevo nos asaltó pronto cierta sensación de automatismo y frialdad. La intensidad de mObscene fue no obstante innegable, con ese coro de niños chiflados que tanto nos recuerda a los Faith No More del Angel Dust, y los móviles grabando The beautiful people, otra de sus imprescindibles, vinieron a recordar que estábamos ante otro de los momentos memorables del concierto… aunque nos lo recordó más ese gesto ligado a la memoria de los espectadores que la propia banda. Puede que el problema fuera nuestro, que no teníamos ya 16 años ni a nuestro amigo Dani dando calor, muy flipado él con el mesías de las tinieblas, pero lo cierto es que esperábamos bastante más pasión verdadera en esta noche.
Acto seguido, sin embargo, porque la vida a veces es pura contradicción, nos vinimos arriba con Tourniquet, quizás porque fue siempre una de nuestras canciones favoritas de Manson, con ese bajo gordísimo haciendo temblar el pecho y esa estupenda línea de guitarra planeando por la canción, quizás también porque el artista, ataviado para la ocasión como un transplantado de cerebro escapado de Mad Max le puso un poquito más de interés al asunto, viendo seguramente que el trámite estaba llegando a su fin.
Había pasado "una hora de reloj", cortita y al pie, vámonos que nos vamos, y llegó ya el amago de final de show. No llegó, claro, antes cayó otra versión muy inteligente elegida por Manson, esa Personal Jesus de Depeche Mode, con su riff glorioso, con su ritmo más marcial que nunca, con esa cualidad hímnica de los temas que nunca pasarán de moda porque son demasiado buenos como para que el tiempo les quite un ápice de su fulgor y de su fuerza, ¡reach out, touch faith!
¿Fue un mal concierto? En absoluto. Pero cuánta gelidez, cuánto piloto automático, cuánto cumplir el expediente y larguémonos ya de aquí. Uno crece y primero descubre que los Reyes Magos son los padres, más tarde que uno tiene hijos sólo para que le acaben llevando la contraria y finalmente, pongamos, que hasta las figuras con merchandising subversivo son las primeras en abrazar los peores y más manidos y conservadores tics del estrellato musical.
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