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Moby en Icónica Santalucía Sevilla Fest: bocados de ‘rave pop’ para todos los públicos

El emblemático rostro de la electrónica de los años 90 repasa sus grandes éxitos en un entretenido y eficaz concierto en la Plaza de España

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Paco Camero

Paco Camero

Sevilla

El caso de Moby nos hace recordar siempre aquella sentencia que nos regaló hace años nuestro viejo amigo y antiguo jefe Luis: el verdadero drama para un artista –hablábamos de libros, pero es de aplicación universal– no es que le salga una obra mala o mediocre, sino hacer la mejor posible con demasiado camino por delante aún.

Moby lo ha intentado casi todo, desde calcar al milímetro la fórmula que le dio fama y dinero a espuertas hasta entregarse a ejercicios vagamente experimentales de paisajismo ambient, pasando por sus incursiones en el terreno de la pianística minimalista a lo Philip Glass… Pero no ha logrado causar siquiera de lejos el formidable impacto que logró con Play en 1999.

Aquel disco artesanal y técnicamente medio tosco (lo cual por supuesto tiene su parte de encanto) conjugaba techno ligerito, ambient y trip-hop pasados por un filtro bastante genérico con una serie de samples y muestras vocales de remotos discos de gospel y blues de sonido rasposo. Esencialmente, nada que no hubiera podido escucharse ya en otros coetáneos suyos como Orbital o Fatboy Slim

Pero aquel disco, tal vez por su facilidad para el gancho melódico, puede que por el exacerbado sentimentalismo de sus música, fuera de toda duda porque sonó hasta el agotamiento en no menos de una veintena de películas y anuncios de televisión, se convirtió en una obra emblemática del cambio de siglo que, además, levantó una compuerta e invitó a entrar en la música electrónica a un público masivo que probablemente hasta entonces en su mayoría no había tenido el menor interés por ella.

De modo que ahí estábamos la noche de este martes en la Plaza de España, una multitud y quien escribe, a vueltas de nuevo con la dichosa nostalgia. Comenzó la cosa in media res, una banda con batería, teclados/sampler, violines, coristas y, claro, el protagonista absoluto, un Moby vestido íntegramente de blanco y con la guitarra eléctrica colgada para atacar la enérgica Bodyrock, a caballo entre el big beat y el ritmo hiphopero. Con su intro orquestal-misteriosa a lo Angelo Badalamenti, sus arpegios de piano de sabor ácido Madchester, Go fue la primera andanada de aire ravero, y la multitud, evidentemente, respondió como es debido: agitándose, elevando los brazos al cielo, sudando un poco más si cabe en una jornada en la que el calor puso a prueba cuerpos y psiques.

Alternando guitarra eléctrica, teclado y bongos, el músico neoyorquino volvió a colgarse las seis cuerdas tras la festera Next is the E para interpretar, con la ayuda de una corista cuya garganta emitía potentes ecos de dance noventero, In this world, uno de esos temas suyos expansivos y medio místicos, inundados de emotividad. Los primeros acordes de In my heart arrancó gritos del respetable, aunque se habría agradecido después que la ecualización, con la trotona base rítmica a todo lo que daba, dejase apreciar algún matiz más.

Una intro de funk cósmico con sintes juguetones y kraftwerkianos abrió paso a continuación a We are all made of stars, uno de esos temas que parecen pensados ex profeso para enardecer a las multitudes sedientas de sentimiento comunitario y trascendencia, siquiera durante un ratito y bailando.

Conocido activista por los derechos de los animales, el artista reservó un momento para recordar y celebrar a Jane Goddall, célebre etóloga fallecida a finales del año pasado y que mantuvo una gran amistad con el músico. Pudo inmediatamente después evocar su amistad con un gigante de la música del siglo XX. En su infancia, cuando era pobre de solemnidad, contó en su voluntarioso español, comprar un disco de David Bowie era uno de los pocos lujos que podía permitirse. Y acto seguido entregó una versión de cámara de Heroes, una de esas canciones que inflama los pechos de emoción y que por sí solas justificarían la existencia de la tradición rock, por lo que irremediablemente echamos de menos esa electricidad del tema original que te pone a levitar y te da ganas de abrazar a quien tengas al lado.

Si la escuchase, probablemente hasta a la madre de quien firma le sonará Why does my heart feel so bad, perteneciente a su rama de temas conmovedores por la vía de la amplitud emocional del gospel. ¿Efectista? Como él solo. Pero qué bien entró. De modo que era evidente cuando sonó, con otra de las coristas soportando lógicamente el peso vocal, que sería otro de los momentos especialmente sentidos de la noche, sobre el escenario y abajo de él. Tras el recogimiento tocaba volver a botar, y para ello llegó Raining again, con su retorcida y pegajosa línea bajo sintético, y una Disco Lies con la que empezamos ya a cansarnos un poco de más con la fórmula, aunque para bailar va como un tiro, de eso no cupo duda.

En un paroncillo para recobrar el aliento, Moby dedicó la pullita protocolaria a Trump, “el peor presidente de la historia de Estados Unidos”, finalmente “humillado” tras la derrota ante Bélgica pese al colosal mangazo de la FIFA. Bien, lo celebramos, aunque seguramente Trump no sabe siquiera que en el fútbol el único que puede tocar con las manos un balón en juego es el portero.

Eficaces y diligentes como Infantino doblando la cerviz ante el patán poderoso de turno, Honey, el corte inicial de Play, y la épica Extreme ways llevaron al público a la actitud adecuada -sudorosa y eufórica- para Natural Blues, uno de sus temas inapelables.

En el tramo final sonó otro de sus mayores éxitos, Porcelain, uno de esos temas de atmósfera flotante e hipnótica perfectos para ser usados como cortinillas en programas de televisión por los que la crítica musical en general practica el desprecio a Moby como deporte olímpico. Lo que pasa es que a nosotros Play nos lo grabó en CD nuestro primo Antonio, que tanta música nos descubrió en la infancia y al que tanto queremos, y el momento hasta nos emocionó un poco porque recordamos aún exactamente el título del disco escrito con su letra en aquel disco pirata, dónde andará.

Pero no nos pongamos sentimentales, que aquí se vino a bailar. Y para ello el electro-rock dopado con beats XXXL de Lift me up volvió a funcionar perfecta, populista, contundentemente. Tras hacer un canto a la cultura rave, a su unión de cuerpos y almas buscando alguna forma de trascendencia, Feeling so real, único tema pre-Play que sonó durante la noche, despidió la fiesta, para entonces ya fiestón, ahora sí, si es que por entonces quedaba aún alguno de esos críticos musicales cuyos ceños acaban fruncidos por la pesada carga de la superioridad moral, con una cascada atronadora de ritmos breakbeat no amansados aún por el éxito mundial, ese accidente que a tantos amarga y agravia y a otros tantos tan buena vida les ha dado.

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