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Bienal de Flamenco

Eva Yerbabuena, la que manda manda

La bailaora llegó al Maestranza para bailarle 'Solo a Sevilla' con un vibrante espectáculo rebosante de flamencura donde vimos a la mejor Eva

Eva Yerbabuena le abila 'Solo a Sevilla' con un vibrante espectáculo

Bienal de Flamenco

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Sara Arguijo

Sara Arguijo

Sevilla

La Yerbabuena pasea por el escenario, va saliendo el resto del elenco, se va todo a negro y zas. Luces y acción. La bailaora con el cuadro al completo baila a todo lo que da en unas arrebatadoras soleá por bulerías donde los oles se nos disparaban solos. Así, sin dejar tiempo casi de acomodarnos en la silla, la genial artista hizo temblar con esos pies frenéticos que suenan a gloria y una riqueza de movimientos que obligaba a no quitarle el ojo de encima por no perdernos el siguiente desplante. Porque Eva pone su cuerpo entero al servicio de la música, sabedora de que bailar también es encoger los hombros, esconder la cabeza o agitar las muñecas.

De esta forma, con genio, fuerza y una furia interior que le subía por las tripas, la granadina salió al Teatro de la Maestranza en esta Bienal para bailarle Solo a Sevilla con un vibrante y enérgico espectáculo en el que vimos la mejor versión de sí misma. ¡Cuánto necesitábamos esta corriente eléctrica de flamencura!

En este sentido, el pésimo sonido con el que empezó la propuesta que impedía oír con nitidez las voces de los cuatro magníficos que llevaba a sus espaldas (Jesús Corbacho, Segundo Falcón, El Turry y Miguel Ortega), y la falta de coherencia entre las piezas importaron poco porque pudimos disfrutar en plenitud de esta maestra, referente de varias generaciones, que guarda dentro la esencia del baile. De la danza toda.

Agradecimos, por tanto, olvidarnos del programa de mano (que advertía que la rigidez muta y se hace flexible) y de la retórica para vislumbrar a una artista entregada, como poseída, cuyo cuerpo maleable se vaciaba en cada palo. Así, en el taranto apareció enigmática y seductora, marcando con sus brazos el compás que le marcaba la espléndida percusión de Daniel Suárez, y mostrando su faceta más contemporánea. Por seguiriya y taranto salió la Eva más oscura y profunda, la que encoge su cuerpo y tan pronto se deja vencer como se mantiene firme como un hierro imperturbable. Y por tangos de graná, con el cante radical de La Fabi y Marina Heredia, su lado más terrenal y subterráneo, de giros precisos y caderas lentas. Una pena que el número perdiera calidez con las cantaoras sentadas, lejos de la Yerbabuena.

La excelente iluminación, tan penetrante e intensa como el baile de la creadora, nos iba guiando la mirada generando distintas atmósferas que servían de transición. Aquí la obra incidió en la polifonía de las voces de los excelentes cantaores que dejaron uno de los momentos más aplaudidos de la noche por fandangos. Pero también hubo espacio para una suerte de duelo rítmico por seguiriyas entre José Manuel Ramos ‘El Oruco’ y el bailaor Cristian Lozano, con quien Eva interpretó una conmovedora milonga en un paso a dos. Por su parte, la guitarra envolvente de Paco Jarana, que se torna una orquesta sinfónica creando un riquísimo espacio sonoro, introdujo una dulce granaína en la voz de la joven Esperanza Garrido, quien arrancó ovaciones desde el patio de butacas.

Ya con una impresionante bata de cola roja de lunares y mantón morado se descubrió la Yerbabuena en unas alegrías que, si bien no fue lo mejor del recital (sobre todo porque no pudimos verla mover la bata y el mantón pareció pesarle), sirvieron de magnífico colofón para este mágico reencuentro con esta “señora” del baile. La que manda, manda.

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