Festival de Jerez
El mal sueño de Eduardo Guerrero
El bailaor gaditano deja desconcertado al público del Festival de Jerez en el estreno de ‘El manto y su ojo’, una artificiosa obra que reflexiona sobre el inconsciente

'El manto y su ojo', de Eduardo Guerrero / Tamara Pastora
Con la misma sensación de desconcierto y malestar que provoca un mal sueño salimos este domingo del Teatro Villamarta tras el estreno de El manto y su ojo, el nuevo montaje con el que Eduardo Guerrero volvía al Festival de Jerez. Es verdad que leyendo previamente la engorrosa sinopsis costaba hacerse una idea del concepto del que partía el bailaor, lo que no esperábamos es que la obra aún iba a dejarnos más confundidos.
Lo que dice el texto es que estamos ante una “reflexión sobre las fuerzas de lo ingobernable, lo que está más allá de todo lenguaje, lo inefable, lo que aún no podemos nombrar pero que nos constituye irremediablemente como seres humanos”. Un enigmático y misterioso recorrido por los umbrales del inconsciente que se traduce, al fin, en un batiburrillo incoherente y a ratos ridículo de imágenes inconexas e incomprensibles.
De La intemperie a El asombro del mundo, pasando por El tacto y las cobijadas, La herida de la vida y El roce de la muerte, títulos que nombran las distintas escenas, se produce una artificiosa sucesión de llamativas y efectistas estampas, más o menos atractivas visualmente, que parecen buscar más la foto que la conmoción real.
Sara ArguijoEl Festival de Jerez, entre pataítas y pataletas
Su cuerpo desnudo a modo de cristo yacente que lucha por despertar, con el que arranca la historia, desvela la belleza del cuerpo y la precisión de movimientos del gaditano. Pero su virtuosismo y su baile enérgico, acrobático y atrevido, con momentos de especial lucimiento como sus personales tangos o la caña que interpreta haciendo equilibrismos en una minúscula silla, se diluyen pronto en lo caótico de la propuesta. Entre otras cosas porque para que el baile resulte creíble necesitamos que parta de una intencionalidad y se integre en un relato hilvanado.
Lejos de esta búsqueda, Guerrero se queda en la exhibición y parodia, transitando con soltura por los inesperados gags que incluye en las acciones y provocando la confusión del espectador.

'El manto y su ojo', de Eduardo Guerrero / Tamara Pastora
Cómplices de estos delirios le acompañan y arropan un solvente coro de voces femeninas que, como cobijadas -mujeres que se cubrían con el manto tapado a medio ojo para ocultar su identidad y gozar de su libertad contra los imperativos de la época- invitan a que nos sumemos a este extraño y farragoso juego donde, como en ése de la sillita al que juegan por tanguillos de Cádiz, nosotros nos quedamos fuera.
En su papel de performer, el premiado y reconocido artista se muestra divertido cuando, como sonámbulo, se sale del telón para bajar al patio de butacas y pedir al público -móviles en mano- que le cante cualquier letra que la baila. Suena desde el patio la sintonía del ole, con ole y ole del festival hasta que Luis de Perikín, creador junto a Pino Losada de la composición musical, le canta si supieras las noches que paso sin poder dormir…

'El manto y su ojo', de Eduardo Guerrero / Tamara Pastora
Tras este impasse que hace dudar sobre el final, el artista vuelve a ¿la irrealidad? para continuar, ante la extrañeza, con una farruca con acompañamiento de guitarra, unas sevillanas y unas alegrías con aire tecno que ejecuta en penumbra.
Como el cuentista, falsante y enterao, que él mismo se define aquí desde el escenario, Eduardo Guerrero, nos deja perplejos cuando coge el móvil y, como en Los Serrano, todo era un sueño.
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