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Danza

Andrés Marín, el inconsciente

'Recto y solo', el nuevo montaje del artista, ha inaugurado el Festival Internacional de Danza de Itálica en el Cortijo del Cuarto en su estreno nacional

Andrés Marín presenta 'Recto y solo' en el Festival Internacional de Danza de Itálica en el Cortijo del Cuarto

Andrés Marín presenta 'Recto y solo' en el Festival Internacional de Danza de Itálica en el Cortijo del Cuarto / Manu Suá

Sara Arguijo

Sara Arguijo

Todo es sombra. Para Andrés Marín la creación parte siempre de una pregunta cuya respuesta nunca es concluyente. Por eso, oculta, distorsiona y matiza los blancos y los negros, los dos colores con los que se viste, y empuja al espectador a perder la perspectiva a través de un continuo juego visual que convierte el sobrio escenario en una caja infinita donde las luces engrandecen y empequeñecen su cuerpo. Hasta el agotamiento o el abismo.

Sin más acompañamiento que la guitarra de Pedro Barragán, una silla y unos focos, el bailaor, Premio Nacional de Danza, parece invitarnos a mirar por la ranura de esos rudimentarios juguetes ópticos que permitían reproducir las imágenes en movimiento. Quizás porque más que dar con la verdad, a Marín le interesa hurgar en el engaño. Generar ilusión.

Así, Recto y solo, el nuevo montaje que inauguró este martes el Festival Internacional de Danza de Itálica en el Cortijo del Cuarto en su estreno nacional (se presentó en enero en Nîmes), se plantea como una pieza singular en la que el sevillano despliega su universo artístico para recordar la figura del inclasificable bailarín, coreógrafo, pintor y escritor, Vicente Escudero, una de las figuras más relevantes de la danza del pasado siglo y uno de sus principales referentes.

André Marín junto a la guitarra de Pedro Barragán

André Marín junto a la guitarra de Pedro Barragán / Manu Suá

Con el vallisoletano comparte la pasión por las vanguardias y, aunque desde lejos resulte contradictorio, una férrea reivindicación a la tradición flamenca, no como ancla sino como timón. También su formación anárquica -Escudero aprendió de manera casi autodidáctica-, su incesante búsqueda y su gusto por el cante, que aquí Marín suelta por completo interpretando él mismo toda la parte vocal de la obra.

Respecto al baile, señalaba el creador en la rueda de prensa del espectáculo, “compartimos la verticalidad. En una ciudad tan barroca como Sevilla, con tantas curvas, yo soy un bailaor muy vertical (y, como Escudero, muy irracional; toda la vida lo he sido, cosa que me ha acarreado más de un disgusto”, reconocía.

“En una ciudad tan barroca como Sevilla, con tantas curvas, yo soy un bailaor muy vertical (y, como Escudero, muy irracional; toda la vida lo he sido, cosa que me ha acarreado más de un disgusto”

Andrés Marín

Más que tratar de imitar al vallisoletano u ofrecer un recorrido por su obra o los momentos claves de su trayectoria, Marín se pone frente al transgresor artista para observarse a sí mismo, “ver en realidad quién soy yo y averiguar lo que nos une”, explicaba previamente.

En Recto y solo, por tanto, el reflejo del creador del baile por seguiriya o del famoso Decálogo del baile flamenco aparece en determinadas referencias, más o menos evidentes (proyecciones, estética, vestuario, cantes, gestualidad…), pero sobre todo en el propio Marín.

En el personaje a ratos grotesco y ridículo, a ratos vulnerable y a ratos soberbio que construye. En un bailarín de lenguaje coreográfico inagotable y con cada vez mayor peso escénico.

Estreno nacional de 'Recto y solo', el nuevo montaje de Andrés Marín que inauguró este martes el Festival Internacional de Danza de Itálica

Estreno nacional de 'Recto y solo', el nuevo montaje de Andrés Marín que inauguró este martes el Festival Internacional de Danza de Itálica / Manu Suá

En un artista personal que se cabalga desde lo más austero a la pantomima y lo burlesco, logrando atrapar al espectador en su recorrido y despertar el asombro. Como cuando aparece bailando por alegrías a un robot de limpieza, igual que hizo Escudero en París bailando al ritmo del ruido de dos motores como representación entre la lucha del hombre y la máquina.

“Prefiero bailar como un inconsciente que como un inteligente”, defendía Vicente Escudero entonces y refrenda Marín hoy. Probablemente porque lo que mata al artista sea la cobardía y el aburrimiento.

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