Cultura
La alegría compartida de María Moreno

María Moreno (Cádiz, 1986). / Esteban Perles
Los andaluces sabemos bien que la alegría es exigente porque, aunque sea heredada, requiere activismo y reclama tiempo y atención. La celebración de lo que la vida va trayendo, no desde la resignación sino desde la consciencia del milagro de estar presentes, implica dejarse embaucar por la cotidianeidad y zarandear al otro para que se sume al regocijo. Entre otras cosas porque, también hemos aprendido aquí, que no hay fiesta sin abrazos.
Desde esta filosofía, María Moreno convoca en Magnificat una verbena en la que invita al espectador a disfrutar casi como remedio terapéutico frente a un flamenco -y una sociedad- cada vez más constreñido y enlatado. La escena de la Visitación, en la que la virgen, después de saber que será la madre de Jesús, acude a ver a su prima Isabel, embarazada también, le sirve a la bailaora como inspiración para hurgar en la idea de que no existe felicidad si no hay con quien compartirla.
La gaditana acude al imaginario religioso y a sus referencias más populares (llenas de fervor y pasiones) para recitar su propio evangelio en una suerte de viaje en el que parece alcanzar el éxtasis en lo terrenal. En la carcajada, en la mirada cómplice, en el diálogo, en el cuerpo a cuerpo.
En realidad, en Magnificat María parece ir dejándose llevar como en una disparatada rave donde el lenguaje es el flamenco. Así, la artista se acompaña de un diverso elenco de aliados (que cuenta con la guitarra y dirección musical del creativo y entusiasta Raúl Cantizano; el cante provocador de Miguel Lavi; el compás y las palmas chispeantes de Roberto Jaén y la interpretación, performance y dramaturgia de una esplendorosa Rosa Romero) con los que se interpela, comunica y relaciona continuamente.
No estamos, por tanto, frente a una obra trascendental o conceptual, ni frente a un concienzudo trabajo coreográfico o de movimiento, sino frente a un divertido trance, a veces algo machacón, en el que la bailaora se muestra tal cual es, sonriente y dispuesta a pasárselo bien sin sufrimiento.
Del repertorio nos quedamos con la seguiriya que interpreta con los palillos con el cante seco del Lavi, su diálogo de palmas con Jaén o el desparpajo que despliega en las alegrías con bata y mantón con las que abre la pieza. Pero, más allá, lo que destaca de María es la luminosidad y la franqueza de su baile. Su carácter enérgico, su carisma, su capacidad dramática y la flamencura que desborda. Por eso, toca decir lo que repite Romero a modo de mantra, ¡estamos contigo, María!
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