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Flamenco

Vicente Amigo, la guitarra de la felicidad: Sevilla se enamora en el Maestranza

Hace meses que el guitarrista agotó todas las entradas para una noche en la que regaló un repertorio luminoso de melodías reconocibles que el público agradeció con aplausos desde las primeras notas

Vicente Amigo, durante su actuación en el teatro de la Maestranza.

Vicente Amigo, durante su actuación en el teatro de la Maestranza. / GUILLERMO MENDO

Sara Arguijo

Sara Arguijo

Sevilla

En los días previos a este sábado14 de febrero, en los que las redes se llenan de corazones y ofertas de experiencias que invitan a celebrar la unión con rosas y champán, leía por ahí que es el amor lo único que puede combatir el odio y la barbarie. Una frase naif que, sin embargo, recuerda algo que hemos olvidado: que lo que nos hace humanos y nos hermana son precisamente nuestros afectos. Justo lo mismo que reivindicó este viernes Vicente Amigo con su guitarra en un Teatro de la Maestranza que había agotado todas las localidades para ver a este "maestro de la sensibilidad", como le vitorearon desde el patio de butacas.

Escuchar a Vicente es una oportunidad para reconectar con lo bonito de la vida y confiar en que los sueños pueden cumplirse. Quizás, por eso, parezca siempre que hace mucho que no viene y su presencia se antoje tan necesaria. "¡Qué va, traemos bocadillos!", respondió alguien cuando a medio recital él músico preguntó si estaba poniéndose muy pesado.

Relajado, sonriente y cómplice, al guitarrista se le vio entregarse a la música y al público con más ganas de compartir que de demostrar -si es que tuviera que hacerlo aún- por qué es uno de los artistas flamencos más universales. "¿Esto qué es para mí?", dijo al escuchar las primeras ovaciones. "Esto es para vosotros, por venir aquí a acompañarme con la que está cayendo en el mundo", agradeció este sevillano nacido en Guadalcanal y cordobés de adopción.

Cabalgando por un repertorio luminoso, de melodías reconocibles que eran aplaudidas en cuanto arrancaban los primeros acordes, y acompañado de un lujoso y elegante elenco que le abrigaba sin estridencias (Añil Fernández a la guitarra, Paquito González a la percusión, Ewen Vernal al bajo, Los Makarines a los coros y compás, María Ángeles Bellido al violín, el violonchelo de Antonio Fernández y las flautas y el oboe de Francisco Javier Márquez), Amigo regresaba a "esta Sevilla que te quita el sueño" desplegando su magia desde las seis cuerdas.

Temas como los Tangos del Arco bajo, Autorretrato (del álbum Paseo de Gracia), Corcovado, las bulerías Manuela o Turrón y chocolate confirmaban que no sólo toca, sino que canta y cuenta con su guitarra. Entre otras cosas porque la riqueza de sus composiciones y sus melodías inspiradoras, estimulan y contagian frescura y delicadeza. Ofreciendo "ese abrazo que tanto nos hace falta".

Vicente Amigo bien acompañado sobre las tablas del Maestranza.

Vicente Amigo bien acompañado sobre las tablas del Maestranza. / GUILLERMO MENDO

El pulso de Vicente, su maestría para manejar los contrastes armónicos, su pulgar prodigioso, y la rapidez con la que su mano izquierda se mueve por un mástil que parecía ir alargándose según tocaba, no son en él un ejercicio exhibicionista. De hecho, más allá del virtuosismo, lo que cautiva del guitarrista es su poética y la naturalidad de su toque. Su capacidad para construir un discurso que, por imperecedero, es todavía joven.

Su mítico Réquiem, que terminó enlazando con Roma, sirvieron para cerrar este nuevo idilio con el creador que se fue llevando la luz de la escena con sus últimas notas, pero que dejó el teatro lleno de serenidad y de un susurro contundente: "Paz y libertad".

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