Flamenco
De la pataíta al jaleo: diez conceptos flamencos que debes saber antes de ir al Festival de Jerez
El universo jondo, tanto en lo artístico como en lo comunitario, goza de un argot propio que no siempre es fácil de entender. Aquí explicamos algunos términos imprescindibles para iniciarse en este arte

El cantaor jerezano David Lagos, durante el espectáculo 'Cantes del silencio', que presentó en la pasada Bienal. / Foto de Claudia Ruiz para la XXII Bienal de Flamenco de Sevilla

La complejidad del universo flamenco se vislumbra en su faceta artística, que implica una alta exigencia en cuanto a conocimiento, desarrollo técnico y capacidad de transmisión, pero también en su faceta más comunitaria, donde se manejan unos códigos propios que favorecen el sentimiento de pertenencia a un grupo, cuando se comprenden, aunque a veces puede alejar a aquellos que los desconocen.
Un amplio catálogo de expresiones, vocabulario, e incluso comportamientos, que reflejan una manera genuina de entender y explicar el mundo desde el flamenco. Por eso, para iniciarse en este arte y disfrutar de él en toda su magnitud, como un aficionado cabal (dícese del entendido o experto en el asunto), resulta de gran utilidad aprender a manejar ciertos términos básicos que marcan las conversaciones habituales en torno a lo jondo.
Aquí os dejamos algunos imprescindibles en este glosario que escucharán seguro durante el Festival de Jerez, que arranca este viernes 20 de febrero al 7 de marzo, o la Bienal de Flamenco, que del 9 de septiembre al 3 de octubre llenará Sevilla del mejor cante, baile y toque.
Palos
Aunque en la RAE haya que esperar a la décima acepción para leer la que lo define como "cada una de las variedades tradicionales del cante flamenco", los palos son la base sobre la que se articula el arte flamenco. Aluden a las distintas formas musicales que engloban lo jondo, cada una con una melodía, compás, temática o estructura propia. Para explicar sus raíces y características comunes existen diversas versiones de un árbol genealógico que los representa visualmente desde un tronco, formado por los cantes básicos (soleá, seguiriya, fandango, tangos, tonás…), a sus múltiples ramificaciones y variantes (bulerías, alegrías, malagueñas, tientos…). Existen más de 50 palos y conocerlos a la perfección puede conllevar una vida entera, pero, de momento, basta con no preguntar "qué canción" o "qué tema" ha realizado el cantaor -nunca cantante- sino qué palo ha interpretado.
Jalear
En el flamenco no se anima, se vitorea o se piropea al artista, sino que se jalea. Esto es, se acompaña, arropa, estimula, seduce o divierte al bailaor, cantaor o guitarrista con frases espontáneas que les ayuden a encontrar el duende. Algunos de los jaleos más comunes son del tipo "vamos a verte/escucharte", "vamos a acordarnos" -que hace referencia a un momento de introspección en el que se invita al artista a acordarse de los maestros-, "vamo allá", "arsa", "agua", "échale papas", "grande", "la que manda, manda" y, por supuesto, el "ole" acompañado de lo que sea: "ole lo gitano", "ole las que saben", "ole tú"… Determinados artistas atesoran apelativos, como le ocurre a Manuela Carrasco, a la que se le conoce como "la diosa".

Manuel Carrasco, durante la Bienal 2024. / Juan Bezos
Palmeros
Al igual que los jaleos, las palmas ocupan un papel fundamental en los espectáculos flamencos, ya sea como acompañamiento, en transiciones o en piezas donde dialogan directamente con la figura. La profesión de palmero es tan importante que de ellos depende muchas veces que el artista se luzca o se venga abajo. Normalmente, el ejercicio de las palmas se ejerce en dúos donde uno marca el compás y el otro realiza los contratiempos o redobles que acentúan el cante o el baile. El virtuosismo rítmico de los palmeros (que también se acompañan de los pies o con los nudillos sobre una mesa) resulta especialmente llamativo e incita casi siempre al espectador neófito a acompañar con las suyas, algo que conviene controlar por el bien del desarrollo de la propuesta. Para empezar a hacer palmas se recomienda participar en las fiestas, donde el ambiente es más distendido, y siempre con palmitas sordas -las que se practican con sonido hueco y con menos fuerza- y no con las secas o agudas.
Compás
El compás -patrón rítmico o cadencia musical de un palo- es, sin duda, uno de los conceptos claves del flamenco y una de sus características más distintivas, no sólo porque actúa como un latido que guía a los artistas, sino porque de su control y manejo va a depender la capacidad de improvisación y de virtuosismo que puedan permitirse. De hecho, conocer los distintos compases de cada palo (binario, ternario o amalgama -de doce tiempos-) hace que los flamencos puedan compartir escenario hasta sin ensayar, ya que basta con seguir este pulso. Existen algunos estilos libres, como la malagueña, granaína o taranta, que no están sujetos a compás pero es imprescindible en otros muchos como la bulería y se considera siempre un valor a destacar, entre otras cosas por su dificultad. En este sentido, es habitual escuchar como un halago "está sobrao de compás", frente a "está cruzao" o "se ha salido de compás", cuando el artista se pierde.

El Pele, durante la Bienal 2024. / Juan Bezos
Fiesta (fin de fiesta).
A pesar de que hay propuestas escénicas que la recrean o se alimentan de este espíritu, la fiesta flamenca es la que habitualmente se vive en ambientes privados, de distensión o intimidad, donde artistas y aficionados comparten un buen rato de cante, baile y guitarra improvisada, sin presiones ni juicio. Además de las normas básicas de educación y convivencia, la fiesta flamenca requiere saber escuchar y acompañar sin romper el encanto y la magia que suele florecer en estos momentos. También implica paciencia y flexibilidad porque no hay nada peor que querer forzar la fiesta que, a veces se da y a veces no surge. Normalmente se forma un corrillo donde se coloca quien sabe cantar (o cantiñear -defenderse en el cante-), tocar la guitarra o bailar y el resto anima y disfruta. Uno de los palos que más se interpretan en las fiestas flamencas son las bulerías que, por su carácter vivo y alegre, invitan al jolgorio. En espectáculos tradicionales, existe una suerte de consenso por el que, después de los aplausos y a modo de bis, los artistas regalan al público un fin de fiesta, donde canta y baila todo el elenco intercambiándose muchas veces los papeles.
Pataíta
La bulería, como hemos comentado, es el palo festero por excelencia y en el que más se premia la improvisación y la naturalidad. En la fiesta, los participantes suelen "arrancarse" con una serie de pasos cortos y acompasados -la pataíta- que, aunque implican una secuencia determinada (entrada, marcaje, desplante, llamada o remate), se ejecutan con libertad y espontaneidad. Es verdad que ahora muchas escuelas ofrecen clases específicas para aprender a pegarse una pataíta, pero basta con pasearse por Jerez para darse cuenta de que la genialidad de este baile radica precisamente en la personalidad del intérprete. Es más, en el ambiente flamenco se reconoce a verdaderos reyes y reinas de la pataíta; personas no necesariamente profesionales que, sin embargo, dejan su impronta y contagian la alegría, gracias a su energía, desparpajo y frescura. También existen pataítas en los tangos, con ejemplos sublimes en barrios como el de Triana donde las mujeres se reunían en los patios de vecinos y hacían alarde de desvergüenza y sensualidad.
Aje
Todo ese conjunto de frescura, desparpajo, originalidad y poca vergüenza, sumado al carisma escénico, la capacidad de transmisión y el control del compás, es lo que se conoce en el flamenco como aje. Los artistas que atesoran esta suerte de don natural tienen la habilidad de llevarse al público a su terreno con un simple gesto o detalle que los convierte en únicos. En esta línea, se suele decir que alguien está sembrá o sembrao, cuando está en estado de gloria y rebosa esa chispa que lo hace único sin necesidad de ser técnicamente perfecto ni un artista completo. Diferente al aje es la guasa, otro término muy utilizado también en el ambiente jondo, que implica un componente de picardía o sensualidad, cuando se usa como halago, o de broma o incluso falta de gracia o pesadez, cuando se utiliza de manera peyorativa. Conocer el límite entre el aje y la guasa es fundamental.
Ojana
Dice la IA que ojana "es una palabra del habla popular andaluza y flamenca que se refiere a la hipocresía, la palabrería vacía, el aparentar o el farsantismo, denotando a alguien que habla mucho sin fundamento o que simula cualidades que no tiene". En otras palabras, la ojana o dar ojana conlleva querer demostrar que se sabe más de lo que se sabe o tratar de agradar al otro diciéndole lo que quiere oír, con cierta guasa de la que hablábamos antes. Sin embargo, en lo jondo la ojana se sube también al escenario, atribuyéndosele a los artistas que salen a hacer lo que mejor se les da y lo que presuponen que el público espera sin esforzarse demasiado o entregarse de formar sincera. Esto generalmente funciona porque es difícil de detectar si no se es un aficionado cabal, pero una vez se percibe produce un rechazo inmediato porque una de las exigencias del flamenco es precisamente la autenticidad.
Quejío
En el flamenco es más común hablar de ecos o metales que de voces, quizás porque estos términos reflejan de forma más concreta las características del cante jondo. Del mismo modo, es habitual hablar de quejío para definir esos ayeos, frases onomatopéyicas o requiebros que forman parte de la interpretación. Un simple ayeo, que se usa para coger el tono en un cante, ya nos puede dar la pista de la excelencia cantaora de un artista, sino que le pregunten a Pastora Pavón o a la Paquera de Jerez. En cualquier caso, más allá del sonido, el quejío es una búsqueda necesaria en la que el artista se pelea con el cante para encontrar los tonos o las melodías más precisas, resquebrando su voz, cortándola en seco o arañando su garganta.

Fotografía de archivo de la cantaora Francisca Méndez Garrido, La Paquera de Jerez, tomada el 03 de agosto de 2002 en Sevilla. / EMILIO MORENATTI / EFE
Duende
Como una fuerza misteriosa, oscura y telúrica que emana de la tierra y la sangre, un poder irracional que el artista debe despertar en su interior para lograr un arte verdaderamente auténtico y conmovedor, distinto al que inspira el ángel (intelectual) o la musa (exterior). Así lo definió Federico García Lorca en su Juego y teoría del duende (1933). Claro que ni éste ni los infinitos escritos que han tratado de poner palabras al término han logrado describir ese momento de máxima emoción que a veces aparece en el flamenco y que, sin necesidad de entenderlo, todo el mundo siente en ese mismo instante. Tener duende tiene que ver con el carisma o la virtud que tienen algunos artistas -pocos- de transmitir algo especial, más allá de las facultades. Claro que para que el duende aparezca es necesario también que el público se sume a la llamada con su entrega y ahí está parte de la magia, que nunca se sabe cuándo nos pasará cerca.
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