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Crítica

Rocío Molina: bailar o morir

Rocío Molina presenta en el Teatro Central su nuevo espectáculo, 'Calentamiento', una reflexión sobre la exigencia física y mental de la artista

Vídeo | Rocío Molina presenta 'Calentamiento' en el Teatro Central

Rocío Molina presenta 'Calentamiento' en el Teatro Central / Sara Arguijo

Sara Arguijo

Sara Arguijo

"Bailar duele", afirma una Rocío Molina exhausta cuando lleva casi dos horas de ejercicio extremo. Lo nota, dice, en las uñas de los pies y hasta en las pestañas. Pero ¿acaso no es mejor un cuerpo cansado que un cuerpo inmóvil? ¿Dónde está el desafío real: en seguir el ritmo o en quedarnos quietos?

De esta profunda reflexión, tan actual como generacional, parte la artista en la propuesta que llega estos días al Teatro Central con las entradas agotadas en apenas unos minutos. Calentamiento no es un espectáculo de danza, ni una obra teatral, ni una performance. Tampoco un ensayo, un work in progress o un recital. Es un acontecimiento escénico brutal y catártico, pero también un encuentro íntimo con una artista que se asoma a su propio abismo para compartir con el espectador su "terror" más atávico: "Que llegue un día en el que no pueda -o no quiera- seguir".

El poeta alemán, Raine María Rilke, confesaba que su remedio para combatir el miedo era "permanecer sentado toda la noche y escribir". De igual forma, Rocío Molina, recurre a la acción como resorte, como acto de supervivencia. Porque aquí, en la tabla de pies que sirve de calentamiento a las bailaoras de flamenco y que Rocío practica desde los 7 años antes de cada función o ensayo, está la “toma de tierra”. Treinta y cinco minutos exactos de punta y tacón que le permite entrenar no sólo la precisión, la potencia y el matiz de los pies, sino también la resistencia, el ego y el aburrimiento.

Calentamiento es un acontecimiento escénico brutal y catártico, pero también un encuentro íntimo con una artista que se asoma a su propio abismo para compartir con el espectador su "terror" más atávico: "Que llegue un día en el que no pueda -o no quiera- seguir"

En lo mecánico y elemental de esta rutina encuentra Rocío su sosiego. Entre otras cosas, porque resulta más sencillo, incluso reconfortante, seguir la disciplina que enfrentarnos a nuestros propios demonios. Llevar el cuerpo al extremo, sentir el sudor, el latido acelerado, la falta de oxígeno, o cómo le fallan las fuerzas, es en su caso una forma de abandono y liberación. La búsqueda consciente del letargo físico es, aunque resulte paradójico, un ritual sanador.

En una charla reciente que ofreció en el festival Flamencolee, Molina hablaba de la importancia de reconocernos en nuestros “cuerpos acumulados”. En esa memoria física y sensorial, de cicatrices y excitaciones, que han ido configurando las caídas, arañazos, tropiezos, caricias, estímulos o roces que recibimos y que ella muestra aquí con absoluta honestidad. Enfrentándose al silencio, a la soledad, a las críticas que le persiguen (-¿El baile pa cuándo Rocío?) y a los conflictos artísticos (¿bailarina o bailaora?) y reencontrándose en la comunidad de las cuatro magníficas compañeras de escena (Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango y Gara Hernández) y en la complicidad de un genial ‘Oruco’, que ejerce también de la voz dominante de la ortodoxia.

Rocío Molina en 'Calentamiento'

Rocío Molina en 'Calentamiento', sobre las tablas del Teatro Central / Sara Arguijo

Brillante, fresca, natural y en un estado de plenitud artística, la reconocida coreógrafa consigue sumergir al público en un bucle tan divertido como duro, tan complejo como naif, tan rígido como canalla, tan reflexivo como instintivo. Calentamiento, en este sentido, se plantea como una propuesta abierta, de múltiples capas y lecturas, que quiere romper con lo disyuntivo, invitando a acoger la contradicción. Un juego compartido con el público, al que ella misma pide aplausos y flores rojas.

"Ya estamos todas cansadas y hacemos obras de gente cansada, cansándose", repite Rocío en uno de los muchos mensajes que cuestionan y se ríen de la creación, la retórica del flamenco y la sociedad actual, recordando en el discurso a Angélica Lidell, aunque desde un tono más amable y menos feroz, en el que cabe la ironía, el humor y la distensión.

En este punto de su carrera, a la creadora de Trilogía para una guitarra o Caída del cielo parece interesarle más exponer las preguntas que formular dogmas. ¿Cuándo somos rebaño? ¿Hasta qué punto la rueda que nos atrapa es un refugio? ¿Dónde está la desobediencia? ¿Dónde el placer?

"No voy a dejar de empezar nunca", advierte casi como testamento vital. En perpetuar la fiesta hay un acto de rebeldía. Desfallecer para sentirnos vivos. Bailar para no morir.

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