El Gran Derbi
Sevilla-Betis: la memoria del pique y la guasa desde el respeto
María del Carmen Gil y María del Carmen Pinto heredaron por legado familiar y por amor el veneno del fútbol en Sevilla, una ciudad que se paralizará durante horas por su derbi. Añoran la rivalidad de los años 70 y 80 y recuerdan con nostalgia cómo eran aquellos partidos entre amigos

Sevilla-Betis, alfa y omega y un derbi con acento de mujer / Bernardo Ruiz

A apenas 1.800 metros y 2.700 zancadas del Ramón Sánchez-Pizjuán, auténtico templo del Sevilla FC, se alza el Centro Deportivo Santa Justa, el hogar de uno de los clubes más laureados del fútbol base durante años, el AVV Centro Histórico, y el lugar en el que El Correo de Andalucía cita a dos mujeres que son referencia de cómo el amor y el legado familiar inoculan el veneno del balón de cuero en una ciudad dual. Única. Distinta.
María del Carmen Pinto Morales, bética hasta el tuétano y nacida en la Sevilla de 1959, ejerce de anfitriona en una charla que se prolonga durante una hora junto a María del Carmen Gil Ramírez, sevillista de cuna y carnet y sevillana de pura cepa desde 1964. El derbi es una religión en el hogar de ambas. "Yo soy sevillista por genética", presume Gil, nieta de Ramírez, un delantero que perteneció al Sevilla FC de los años 10 y 20 del siglo XX, e hija de Antonio Gil, directivo del club de Nervión en la época de Eugenio Montes Cabeza.
Bética por amor a su marido
"Pues yo soy bética por amor. Mi familia era sevillista, pero desde los 13 años quise ser del Betis", presume Pinto. "Con esa edad conocí a mi marido -Alfredo Caballero, presidente del AVV Centro Histórico e histórico líder vecinal en el capitalino barrio de San Julián- y me llevó a ver un partido del Betis", recuerda 53 años después. "Aquel día dije: el Betis es lo mío. Y hoy no sé si quiero más al Betis o a mi marido", comenta con una sonrisa jocosa y bajo la cómplice mirada de su compañera de conversación.
Fiel de carnet del Real Betis Balompié desde 1982 y socia 8.229, María del Carmen Pinto sólo se ausentó dos años del Benito Villamarín. "Fue cuando vendieron a Gordillo. Aquello no lo perdoné", comenta con una mueca de disconformidad. Aquel traspaso de 1985 al Real Madrid a cambio de 150 millones de las antiguas pesetas supuso un punto de inflexión en la vinculación de Pinto con el club de su vida. "Era mi ídolo y me dolía muchísimo que se fuera, pero tuve que volver porque el Betis es algo muy grande en mi vida", puntualiza mientras presume de su marido y señala el móvil que graba el diálogo: "Alfredo es el número 1.643. Ponlo también ahí".
Yo iba al fútbol con mi padre porque a ninguna niña de mi pandilla le gustaba el fútbol
Mujeres pioneras en las gradas
"Yo nací sevillista por genética. Mi abuelo materno fue jugador del club -aún consta su récord de 8 goles anotados en un derbi de aquellos lejanos años 20 del siglo XX en la extinta Copa de Andalucía- y mi padre directivo, así que yo sólo podía ser del Sevilla”, presume con el número 868 de socia grabado a fuego en la solapa. "Yo iba al fútbol con mi padre porque a ninguna niña de mi pandilla le gustaba el fútbol", recuerda mientras María del Carmen Pinto, con gesto reflexivo, matiza: "Es verdad que en la grada apenas había mujeres entonces".
Los primeros derbis de Pinto fueron en los albores de los años 70, época en la que Gil era apenas una niña que aún no había conocido al que posteriormente sería su ídolo futbolístico: el delantero argentino Daniel Bertoni. "Siempre me gustaron mucho Rodri o Hita, pero Bertoni era distinto", rememora con cariño y nostalgia.
"Los partidos entre Sevilla y Betis de antes eran muy distintos. Había rivalidad y guasa, pero con respeto.
"Los partidos entre Sevilla y Betis de antes eran muy distintos. Había rivalidad y guasa, pero con respeto. Mi padre siempre nos lo decía a mí y a mis hermanos. Que éramos del Sevilla pero había que respetar al Betis", insiste Gil. "Sí, eso es verdad, Mamen, ahora hay mucho pique pero antes eran encuentros que se vivían en familia y entre amigos. Muchas veces hasta los vivías con sevillistas y no pasaba nada", lamenta Pinto.
Ausentes en el feudo del eterno rival
Sevilla, una urbe dual que retrató genialmente el inmortal e irrepetible rockero Silvio Fernández -sevillista hasta los huesos y que dedicó una canción inolvidable al Real Betis-, acogía en el verano de aquellos años de inocencia y rivalidad sana en las gradas los famosos derbis del Trofeo Ciudad de Sevilla. “Yo no iba nunca al campo del Betis excepto en el trofeo”, dice María del Carmen Gil. “Es verdad, ahí sí iba yo también”, comenta Pinto con una sonrisa.
Hoy, con las pulsaciones a mil revoluciones, ninguna será capaz de resistir la intriga y ni María del Carmen Gil acudirá al Ramón Sánchez-Pizjuán ni María del Carmen Pinto se conectará a la televisión. “No está el corazón para sufrir tanto”, dice con una carcajada sincera Pinto antes de que su compañera de conversación matice: "Si yo cuando voy al campo en un partido normal cierro los ojos cuando ataca el rival, imagínate en un derbi". "Qué va, qué va, yo no voy", dice en un gesto de autoconvencimiento.
"Iré encendiendo y apagando continuamente la radio y la tele y abriré la ventana porque vivo cerca del campo para enterarme de los goles", prosigue Gil. "Es verdad. Yo también abriré la ventana, pero Mamen, lo siento mucho, yo espero no oír nada", dice con sorna Pinto mientras ambas ríen en un gesto de complicidad mutua.
Fidelidad a prueba de bombas
Sevillista desde la niñez, María del Carmen Gil, periodista de profesión y Mamen para sus amigos, recuerda los momentos más felices de su travesía como sevillista. "Nunca olvidaré la Copa de la UEFA que ganamos en Eindhoven -ante el Middlesbrough inglés-. Fue el día más feliz en el mundo del fútbol. Pero también fue agridulce porque no estaba mi padre conmigo. Él recordaba cuando el Sevilla ganó la Liga y se fue con la pena de no vivir juntos un día tan grande. Desde que se fue él no abrazo a nadie cuando el Sevilla gana títulos importantes", relata.
"Yo me quedo con la Copa del Rey que ganamos en Madrid en 1977 al Athletic de Bilbao. Fuimos al Vicente Calderón mi marido, mis hijas que entonces eran pequeñas -Toñi e Isabelita son el fiel reflejo de su madre y béticas por tradición familiar y cegada obediencia paterna- y yo con muchos amigos. Fue un día inolvidable", rescata del olvido mientras un brillo especial invade sus ojos.
Un Sevilla FC-Real Betis o un Real Betis-Sevilla FC es una especie de religión inherente al ADN de la vieja Híspalis, que se paralizará durante dos horas. "No se me olvida un derbi que ganamos con gol de Beñat en el último minuto en el Sánchez-Pizjuán", rememora Pinto mientras Gil no elige un partido concreto: "Yo me quedo con cualquiera de los que jugaba Reyes. Solíamos ganar bien y él estaba siempre pletórico". "Pobrecito Reyes. Sí, era muy bueno", ensalza una bética de carnet y corazón.
Guasa espontánea y promesas de una convivencia entre fogones
Apagada la cámara de fotos y desconectada la grabadora surge, espontánea, la guasa sevillana de las horas previas a un partido único. "Nosotros veremos cómo llegamos. No están Amrabat, Isco ni Bellerín. No sé a quién va a poner este pobre hombre", dice con resignación María del Carmen Pinto en alusión a Pellegrini". "Tú no te preocupes, mujer, que nosotros estamos también malitos de verdad. Yo ya ni miro quiénes están lesionados", replica Gil con gesto alegre.
"Mamen, encantada. Aquí tienes tu casa", dice Pinto, Mari en su fiel familia del Centro Histórico, mientras señala con una sonrisa en el rostro la cantina del Centro Deportivo Santa Justa, desde hace décadas el templo de los fogones del fútbol base de la capital. Un cartel de tapas a precios populares confirma la seductora invitación. Albóndigas y menudo. Carne con tomate y potaje de bacalao. Macarena y Triana. Sevilla FC y Real Betis. Alfa y omega. Un derbi. Un partido con mayúsculas y con acento de mujer. Una excusa para una canción de Silvio, el hombre que supo retratar entre partituras, genialidades y ocurrencias la magia de una ciudad que atrapa al visitante. Sevilla, capital mundial del fútbol durante horas.
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