Apuntes políticos de la semana
¿Qué gana y qué pierde Puigdemont con su ruptura con Sánchez?
Junts sigue queriendo cobrar, aunque ya no sea por adelantado y ahora le sale 'gratis' al no tener que negociar contrapartidas con el PSOE

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Júlia Regué
Junts lleva defendiendo desde la investidura de Pedro Sánchezque no pertenece a ningún bloque en el Congreso, pero Carles Puigdemontrecalca ahora que pasa "a la oposición" y advierte a Alberto Núñez Feijóo para que deje de fantasear con ser presidente a través de una moción de censura con sus votos. Tampoco reclama elecciones a Sánchez ni anuncia un boicot parlamentario que fuerce la caída del líder del Gobierno. Lo primero, por el temor a que, según reflejan las encuestas, sus votos resulten necesarios esta vez para investir a Feijóo y no a Sánchez, o, peor aún, que sus escaños ya no sean decisivos y que tras unos comicios sean menos de los siete actuales debido a un partido, Aliança Catalana, que ni tan solo se habrá presentado a las generales. Lo segundo, porque Junts no quiere jugar al 'no a todo' y quedar arrinconado en el córner del tablero parlamentario. Pero, ¿qué gana y qué pierde Puigdemont al romper con Sánchez?
La mesa de Suiza, en los últimos meses ya trasladada a Bélgica, se había convertido en un espacio de debate sin concreciones y en el que el PSOE acudía a salvar las iniciativas parlamentarias de Madrid. Junts detectó que no tenía más recorrido, que los socialistas no iban a afrontar el debate sobre la resolución del conflicto político a través de un referéndum acordado, y que se le estaba empezando a presentar como una 'muleta' más de Sánchez. Esto inquietaba especialmente a la dirección, tras haber detectado que, al igual que ERC, tampoco iban a "cobrar por adelantado" mientras Aliança Catalana iba haciendo mella. Tanto, que incluso Orriols se otorgó a sí misma la ruptura. "¿Es posible hacer caer al Gobierno de Madrid desde la capital del Ripollès? Yo creo que sí", publicó en las redes, tras conocer la decisión de Junts.
Otro de los motivos del divorcio es el recorrido de los acuerdos que no dependen exclusivamente del Gobierno. La amnistía, el principal triunfo de los pactos, sigue sin aplicársele a Puigdemont; la oficialidad del catalán en la UE avanza con el escollo de cosechar la unanimidad de los Veintisiete; y el nuevo modelo de financiación es una batalla abanderada por ERC, y pone a Junts en un brete. Todo ello, sumado al temor a que Sánchez decidiera, en otra de sus peripecias políticas, adelantar las elecciones por el auge de Vox en detrimento del PP como revelan los sondeos. La retahíla de ventajas de una ruptura fue expuesta por Puigdemont a su núcleo duro, pero la principal no es tener las manos libres, sino no ser vistos como corresponsables de las decisiones del PSOE de cara a una futura campaña electoral.

El presidente de Junts, Carles Puigdemont, durante una rueda de prensa, en el espacio Les 5 Éléments, el 27 de octubre de 2025, en Perpinyà. / Glòria Sánchez / Europa Press
Esta idea esconde otro cálculo estratégico. Más allá de que la ruptura se traduzca solo en que Junts seguirá votando según sus intereses en Madrid -'sí' a lo que les agrade y 'no' a lo que no-, el líder de los posconvergentes sabe que el PSOE seguirá con el plan trazado en los acuerdos. Primero, porque no le queda otra, ya que su firma también está estampada en el papel y el cumplimiento es una carta de presentación en los mítines. Segundo, porque esas 'victorias' serán de las pocas que Sánchez no tenga que sudar en el Congreso. Y, tercero, porque el PSOE sigue necesitando los votos de Junts en todo lo que planee llevar a votación. Puigdemont sigue queriendo cobrar, aunque ya no sea por adelantado y ahora le sale 'gratis' al no tener que negociar contrapartidas.
Pero, como todas las decisiones, la ruptura tiene costes. El principal, que Junts pierda relevancia política -aunque mantenga sus puestos en los organismos con participación del Estado como CNMW, RTVE o Aena- y que los nostálgicos de la esencia convergente alimenten al PSC en Catalunya. Hay otra, más cortoplacista, que se resume entre interrogantes: ¿Cómo frenará la fuga de votos a Aliança Catalana si no gobierna en Catalunya ni juega su poder de decisión en el Congreso? ¿Cómo marcará su posición, si no quiere negociar con Salvador Illa y ahora tampoco con Sánchez? ¿Cómo conseguirá alguna victoria legislativa, si no es alguna de las ya acordadas y pendiente de cumplimiento? Y es que el pactismo ha permitido a Junts no caer en la queja estéril que Orriols aliña con una buena dosis de antipolítica desde su escaño.
Hay un último factor: la credibilidad. Que Junts haya dinamitado un espacio de diálogo con un mediador internacional como árbitro y custodiado por organizaciones dedicadas a la resolución de conflictos políticos pone en cuestión su fiabilidad ante instituciones de primer nivel y cierra una vía difícil de reabrir en el futuro. Pero han pesado más, mucho más, los incumplimientos del PSOE. Ahora a Junts le tocará precisar el alcance de su cambio de rumbo, redefinir su estrategia ante Aliança Catalana y afrontar una campaña electoral que parece que ya ha comenzado.
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