Un vino con…
Paquita Cruzado del Toro, matriarca de Casa Robles
Homenaje en el Día Internacional de la Mujer a una generación de incansables trabajadoras. “Ahora veo con orgullo el resultado de tantos años de trabajo”

Jorge Jiménez

Ella es una de esas vecinas a las que recuerdo de toda la vida. He tenido la suerte de vivir en el centro de Sevilla, donde sigo residiendo, y la figura de Paquita, del brazo de su marido, Juan, paseando, era una de esas imágenes frecuentes de una Sevilla pasada que no es que fuera mejor, sino que, quizás por la añoranza de la juventud, la recuerdo con enorme cariño.
Es una mujer elegante y coqueta. De esas a las que aplicar el “quien tuvo, retuvo” es obligación. Su labor silenciosa pero incansable contribuyó a la creación de un imperio de lo que era un bar de barrio, aunque estuviera en pleno centro de la ciudad. La perseverancia y sobre todo la pasión por su familia hace que hoy, cuando nos sentamos a tomar un vino, mire al pasado y lo recuerde, muy orgullosa de lo conseguido, pero como yo a la Sevilla que se fue, con añoranza.
Once años de noviazgo con dos fieles aliados al lado de Paquita y Juan: el cosario, que les servía de correo para intercambiar cartas, y su hermano Pepe, que empezó a trabajar con Juan en Sevilla y era la excusa perfecta para que nuestra pareja se viera con cierta frecuencia.
Me recibe en la puerta de donde empezó todo, en el restaurante que la familia tiene en la calle Álvarez Quintero. Pasamos a uno de los salones y es allí donde nos sentamos a compartir una copa de vino de naranja de su bodega, Marqués de Villalúa, que lleva por nombre Santa Águeda, como la patrona de su pueblo. Paquita nace en Villalba del Alcor, provincia de Huelva, en plena guerra civil y es la única mujer de un total de tres hermanos. Tras una infancia feliz, su juventud no fue menos. Disfruta de la vida con la moderación que la época y su padre le permitieron. Con diecisiete años conoce a Juan, el amor de su vida. Y me cuenta, orgullosa, que fue a pedir la mano a su padre nada más conocerla. Cosas de aquellos tiempos. La relación se fraguó a la antigua usanza. Once años de noviazgo con dos fieles aliados al lado de Paquita y Juan: el cosario, que les servía de correo para intercambiar cartas, y su hermano Pepe, que empezó a trabajar con Juan en Sevilla y era la excusa perfecta para que nuestra pareja se viera con cierta frecuencia.
Con veintiocho años se casa y, desde entonces, han sido inseparables. Más de sesenta años de matrimonio les contemplan. Trabajo, trabajo y más trabajo como secreto de un éxito que, en aquellos tiempos, se veía lejano. Con sacar adelante el día a día ya era suficiente. Y con un nexo entre ambos que les hacían invencibles: la familia. Por eso, a las labores propias de la casa y de unos recién llegados Pedro y Laura, se sumaba la elaboración de las tapas que mi invitada elaboraba para el bar, que estaba justo debajo de donde vivían por aquel entonces.
El almuerzo en casa de la abuela era una regla no escrita que se cumplía fielmente a diario. Esa parada a mediodía para reponer fuerzas suponía, además, un momento de relax en familia antes de continuar con la frenética actividad que supone llevar adelante lo que hoy es el Grupo Robles.
“Yo hacía un poco más de lo que hacía para comer nosotros y Juan lo vendía”. Famosos eran sus pajaritos que llegó un momento en el que tenía que elaborarlos por ollas porque el público, llegado de todos los puntos de Sevilla, iban a comerlos. La cocina de Paquita ha seguido al servicio de hijos, nietos, nuera y yerno hasta hace muy poco. El almuerzo en casa de la abuela era una regla no escrita que se cumplía fielmente a diario. Esa parada a mediodía para reponer fuerzas suponía, además, un momento de relax en familia antes de continuar con la frenética actividad que supone llevar adelante lo que hoy es el Grupo Robles.
Fue esa misma cocina y la atención de Juan las que pusieron los cimientos para que Casa Robles se convirtiera en un referente de la gastronomía sevillana de antaño y de nuestros días. Esa imagen de él atendiendo a los clientes y de ella en la cocina se replica, pasado los años, con sus hijos. Pedro se ha convertido en fiel reflejo de su padre y Laura en el de su madre. Y atentos a los que vienen pisando los talones, que vienen pisando fuerte. Los nietos de Paquita, después de un proceso de formación que los han tenido repartidos por rincones del mundo tan lejanos como Dubai, han regresado a casa para incorporarse al equipo. “Qué orgulloso estaría su abuelo si los viera ahora”, me dice.
Miro a esta mujer embobado mientras me cuenta. Su forma de expresarse, las palabras que utiliza del diccionario más tradicional andaluz traen a mi recuerdo expresiones que utilizaba mi abuela. Esto hace rato que dejó de ser una entrevista, se ha convertido en una lección maestra de vida plena. Lecciones maestras de una mujer luchadora que incluso tiene plasmadas sus recetas en el libro La Cocina no Escrita de mi Abuela, obra de su nieta Laura, que se ha encargado de recopilarlas para la posteridad.
Miro a esta mujer embobado mientras me cuenta. Su forma de expresarse, las palabras que utiliza del diccionario más tradicional andaluz traen a mi recuerdo expresiones que utilizaba mi abuela.
Se termina nuestro tiempo y me considero un afortunado. Mi vino de hoy lo he compartido con una mujer de la primera mitad del siglo pasado y a las que tanto admiro. Sin horarios, desvivida por su casa, por su familia, por su trabajo, fiel aliada de su marido para crecer juntos, con un proyecto de vida común donde el amor prevalecía sobre todas las cosas. Una madre que contempla a sus hijos como uno de sus grandes tesoros. Una abuela que ve en sus nietos el reflejo de lo que su abuelo habría querido que fueran, y de los que ella disfruta hoy en día… y por muchos años.
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