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Trump cumple seis meses en la Casa Blanca, pero ¿dónde está Melania?
La primera dama capitaliza la alternancia de ausencias prolongadas y apariciones virales y se acoraza tras una imagen de supuesto lujo enigmático

La incógnita de la Casa Blanca: ¿Dónde está Melania Trump? / Jacquelyn Martin / AP

Se ha convertido casi en un secreto de Estado en Washington DC. A pesar de que Melania Trump aseguró que estaría mucho más presente en este segundo mandato de su marido —tras las críticas por su flagrante desatención al cargo en el primero— ha sucedido más bien lo contrario. Cuando Donald Trump cumplió 100 días en el cargo, la primera dama había pasado menos de 14 jornadas en la Casa Blanca, según fuentes próximas a su agenda. Ahora, al cumplirse seis meses en el cargo, la tendencia se confirma. Melania vive entre la mansión de Mar-a-Lago (Florida) y su apartamento de la Torre Trump, en Manhattan. Ni siquiera el personal de la Casa Blanca sabe con certeza cuándo está en la capital.
Su ausencia no es solo simbólica. Melania parece haber renunciado a gran parte de las funciones de primera dama, que tradicionalmente lidera un programa de interés nacional de su elección. En su caso, su presencia es muy escasa, también en acompañar al presidente en actos oficiales. Incluso ha dejado de involucrarse en las pocas tareas que, según su propio relato, sí disfrutó en su primer mandato, como la redecoración de la residencia presidencial. En su lugar, Donald Trump ha asumido funciones típicamente reservadas a la primera dama, como recibir visitantes e incluso rediseñar espacios.
Las ausencias de Melania generan polémica y alimentan el simbolismo de sus escasas apariciones. Desde las críticas por unas condolencias tachadas de cínicas tras las inundaciones de Texas —atribuidas a recortes previos de la actual Administración— hasta el revuelo por su apoyo velado a Ucrania en redes sociales. La última iniciativa en esta línea es que Donald Trump le quiere cambiar el nombre del mítico Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas y ponerle el nombre de su mujer: Melania.
Esta visibilidad intermitente le ha permitido capitalizar su imagen pública. Además del libro de su memorias, ha vendido los derechos para un documental a Amazon Prime por 40 millones de dólares y lanzado una 'memecoin', una criptomoneda de carácter especulativo. La imagen de mujer independiente, enigmática y ajena a las expectativas del cargo, vende. Y hacer negocio con su imagen pública es una especialidad de los Trump.
"Melania Trumpenko"
El nombre de Melania salió a relucir inesperadamente alrededor de la invasión rusa de Ucrania, tras una anécdota compartida por Trump en una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte: “Yo le digo: ‘Hablé con Putin, fue una conversación maravillosa’. Y ella me responde: ‘¿Ah, sí? Acaban de bombardear otra ciudad’”, relató el presidente.
Nacida en la actual Eslovenia, cuando aún formaba parte de Yugoslavia, Melania ya expresó en 2022 su apoyo a Ucrania al pedir donaciones a la Cruz Roja y calificar las imágenes del conflicto como "desgarradoras y horribles". Aunque estos gestos han sido puntuales, el simbolismo ha calado: la ministra de Exteriores eslovena, Tanja Fajon, celebró que haya "una primera dama del lado de Eslovenia y de Ucrania", aunque admitió que no sabe lo que Melania "realmente piensa".
Los medios afines al Kremlin han arremetido contra ella, apodándola “Melania Trumpenko” y acusándola de endurecer el tono de Trump hacia Putin. El diario 'Vzglyad' la calificó de “peligro para Rusia” y se burló del presidente al sugerir que “sería mejor que le comprara zapatos antes que vender Patriots a Kiev”. La televisión estatal rusa la responsabilizó de las promesas de enviar más armas a Ucrania e imponer nuevas sanciones, aunque no hay pruebas de su influencia real.
Ya en noviembre, pocos días después de la victoria electoral de Trump, la televisión estatal rusa difundió fotos explícitas de Melania de su etapa como modelo mientras felicitaba al presidente electo. No quedó claro por qué optaron por ese enfoque ni cómo accedieron a las imágenes, pero analistas lo interpretaron como una advertencia velada a Trump, una forma de recordarle que lo tienen vigilado.
Capitalizar el cargo
El distanciamiento de Melania con su marido se remonta a la campaña electoral y coincide con tiempos turbulentos para la pareja: juicios por pagos irregulares a una actriz porno, dos intentos de asesinato frustrados contra el presidente y la muerte de la madre de Melania. Más recientemente, ha vuelto al foco la vinculación de Trump con el entorno de Jeffrey Epstein y las denuncias por abuso y sobornos.
En los días posteriores a la victoria electoral, Melania concedió una entrevista a Fox en la que prometió implicarse más en esta legislatura. “Esta vez lo tengo todo: planes, muebles, maletas hechas”, dijo. “Mi primera prioridad es ser madre, ser primera dama, ser esposa”. En 2017, retrasó varios meses su mudanza a Washington, algo que, dijo entonces, no se repetiría.
Justificó su desaparición del primer mandato como una autoprotección. “Siento que la gente no me aceptó entonces”, declaró. “No me entendían como tal vez lo hacen ahora. Y no tuve mucho apoyo”, lamentó. Añadió que quería cambiar la percepción que se tiene de ella.
Persianas bajadas
Lo cierto es que sus apariciones públicas son hoy aún más escasas. Su actividad institucional sigue siendo mínima. A diferencia de otras primeras damas que como ella se implicaron en causas sociales -Laura Bush, que promovió la alfabetización, o Michelle Obama, que lideró la lucha contra la obesidad infantil-, Melania apenas ha respaldado su campaña ‘Be Best’, centrada en la salud mental juvenil y el impacto de las redes sociales. Se presentó como madre coraje frente a las especulaciones sobre la salud mental de su hijo Barron, de 19 años.
Mientras Trump gobierna desde Washington y Barron estudia en Nueva York, Melania mantiene un perfil bajo, viajando discretamente entre Manhattan y Mar-a-Lago. Solo ha acompañado al presidente a Roma, para el funeral del Papa, y no estará presente en la próxima gira por Oriente Medio. En la Casa Blanca, las persianas de la residencia presidencial siguen bajadas.
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