Opinión
Manuel Bohórquez
Doña Pepa puede esperar

Doña Pepa puede esperar / Manuel Bohórquez
Alguna vez dije aquí que cuando murió mi madre –hará ocho años en abril–, no volví a soñar con ella. Estos días de Navidad me ha pasado, he soñado dos veces con ella y en los dos sueños ha intentado llevarme a no sé dónde, donde quiera que esté. Veía solo su silueta, reconocí su voz y trató de arrastrarme hacia ella en una habitación oscura. No sé qué pueden significar esos dos sueños cuando en casi ocho años no he podido verla. A los pocos meses de su muerte, en Nochebuena, cené solo en casa y la copiosa cena a base de salmón y carne mechada me provocó un sueño que no pude dominar. Me tendí en el sofá y me tapé con la ropa de la mesa camilla para que el brasero me diera el calor necesario, porque aquella noche hizo un frío casi hiperbóreo.
Me despertó un grito de mi madre, que me llamó por mi nombre: “¡¡Manolito!!”. Me sobresalté y la ropa de la mesa había comenzado a arder porque se resbaló y cayó parte de ella, de los flecos, encima del brasero. Hubiera ardido vivo de no ser por aquel grito desesperado de mi madre. Supongo que entonces aún no quería llevarme con ella, porque no me habría avisado. El sueño de hace dos noches, y el de la noche antes, eran claramente como si quisiera llevarme a su lado, quizá para evitarme sufrimientos, las irritaciones o berrinches que cojo con los discursos de Pedro Sánchez o cuando comparan a Rosalía con la Niña de los Peines, que es como comparar a Gayarre con el Niño de Elche.
Mi madre fue siempre excesivamente protectora con sus hijos, especialmente conmigo, por mi rara afición soñar a lo grande. Si es verdad que está intentando contactar conmigo para llevarme a su lado, quizá sea porque sabe que sería un buen momento, el mejor. Las madres lo saben todo, hasta muertas. El amor de una madre es más fuerte que todos los amores conocidos. Incluso cuando todo el mundo te rechaza, una madre te acepta con los brazos abiertos. Hace años escribí una soleá que trataba sobre eso:
A los ojos de mi mare
los está secando el tiempo.
Cuando dejen de mirarme
nadie me verá perfecto.
Si tiene ganas de verme, que parece que sí, doña Pepa tendrá que esperar. Aún no es el momento de irse, que hay deudas que pagar, mascotas que cuidar y proyectos que llevar a buen puerto. La vida es a veces una mierda, casi siempre, pero es mía y es mi único patrimonio de verdad. Tiempo habrá para el reencuentro con la única persona de mi vida que al menos trató de entenderme, aunque, sinceramente, sin mucho éxito.
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