Opinión
Manuel Bohórquez
Una efeméride fundamental

Silverio Franconetti. / Manuel Bohórquez
Si tuviera que elegir una fecha concreta de relevancia en la historia del flamenco en lo que respecta a Sevilla, elegiría 1864, que fue cuando el cantaor sevillano Silverio Franconetti Aguilar (Sevilla, 1831-1889) regresó de Sudamérica tras estar allí desde 1857, enrolado en una cuadrilla taurina como picador de toros, la del matador sevillano Manuel Pérez. Siempre se dijo que se fue de Sevilla porque había matado al cantaor gitano Curro Pabla, uno de los hermanos de El Fillo, pero Silverio era un niño de 12 años cuando mataron al citado cantaor isleño Francisco Ortega Heredia, que así es como se llamó el hermano de El Fillo, en la localidad sevillana de Cantillana, según averiguó el investigador moronero Luis Javier Vázquez Morilla. No mató ni a este ni a ningún otro cantaor gitano, aunque se asegurara desde el mairenismo, por la manía de querer quitarlo de la historia del cante flamenco por ser gaché y de sangre italiana. En definitiva, por no ser calé.
Silverio se fue a Sudamérica en el año ya citado porque seguramente tenía ganas de aventuras, como otros sevillanos o andaluces. Se fue con 26 años, siendo ya cantaor y sastre ¿Célebre? Lo sería, cuando a su regreso por Cádiz, los aficionados y los artistas lo aclamaron y en los periódicos aparecía como “el célebre Silverio”. Llegó por la Tacita de Plata y se quedó a vivir allí antes de regresar a Sevilla, que lo hizo un año más tarde, en 1865, para seguir cantando en las academias de baile de los Barrera, Miguel y Manuel, que evidentemente sabían de él antes de emigrar al Nuevo Continente, de ahí que volviera a tener su sitio en el cante junto a Juraco, Perea del Puerto, Antonio Pérez, Antonio el Pintor, Enrique Prado El Peinero o José Lorente. Pero no se quedó para siempre hasta 1870, convencido ya de emprender en serio sus negocios con el cante, el baile y el toque flamencos en los cafés y en su propia compañía de arte, después de casarse en Málaga en 1868 con la linarense Ana Torrecilla.
Fue trabajando de nuevo en teatros sevillanos y salones de baile cuando el maestro de la Alfalfa entendió que el flamenco era un arte con proyección nacional y pensó en programar conciertos en cafés cantantes de la ciudad, para lo que se volvió a a fincar en el centro, en concreto en la calle Potro, de la Alameda de Hércules, llegando a vivir también en la misma Alameda, además de en la calle Tarifa, en lo que fue el Salón Recreo, que luego sería el primer Café del Burrero, Albareda, Rosario y Plaza de San Francisco, donde murió el 30 de mayo de 1889. Se van a cumplir en verano 160 años de su regreso de Sudamérica, lo que significó el principio de todo, la fundación del flamenco como arte de profesionales, el comienzo de la dignificación de los primeros artistas que empezaron a vivir de cantar, bailar o tocar la guitarra tanto en cafés como en academias y teatros. ¿Sevilla va a conmemorar esta efeméride tan fundamental? Perdonen que lo dude.
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