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Me siento sucio

Kylian Mbappé

Kylian Mbappé / Matthieu Mirville/ZUMA Press Wir / DPA

Mbappé se dirigió a los jóvenes franceses para pedirles que voten, se mostró en contra de los extremismos y en su debut en la Eurocopa le partieron la nariz. Ocurrió al chocar con un integrante de la escuadra austriaca, lugar de origen de Adolf. Pero, en este caso, fue sin querer.

   Los deportistas más populares están muy expuestos, conocedores de que tanto a los dirigentes de diferentes disciplinas como a los gobernantes sin disciplinar les pirra sacarles partido. Hasta el intocable Nadal tuvo que salir al quite de su figura tras el vínculo con Arabia para admitir que «la sensación es que me he vendido al dinero y lo entiendo. Hubo un error de comunicación, no pretendo blanquear a ese país ya que creo al cien por cien en la igualdad». A Carvajal, uno de los capitanes del combinado que se bate el cobre en Alemania, le cayó la del pulpo por pedir respeto para la cita de las derechas y derechita en Colón y por dar la espalda a Jenni Hermoso en el contencioso con Rubiales. Menos mal que Ancelotti tiene soluciones para todo porque ponerlo en la banda con la estrella gala y conseguir que se entiendan no debe estar al alcance de cualquiera. El portero de la selección tampoco es manco y una parte de la afición no sabe ya si le pone más nervioso que inicie el juego en el área o ante el micro.

   Si exceptuamos a los Zidane, Lilian Thuram, Kanouté... algún directivo casi siempre de equipos vascos o el pelotero del Arsenal Declan Rice, quien salió en defensa de su pareja a la que los francotiradores de las redes despreciaron por no pertenecer a la constelación de muñequitas despampanantes con ataques gordofóbicos y señalando que el jugador debería «aspirar a algo mejor», a lo que respondió que «ella ha estado conmigo desde que yo no era nadie. No me importa lo que digan. Es el amor de mi vida». Son tan pocos los elementos representativos que se salen de la norma que, a veces, me siento sucio por gustarme tanto el invento. Pero entonces me agarro a Billy Wilder y sigo comiéndome las uñas. Bueno, nadie es perfecto.