Opinión | Mollete de calamares
No es Siberia, es mi casa

Un brasero de cisco / Carlos García
Mariano Rajoy dijo un día que el sitio donde más frío pasó en su vida es en Écija. Se lo confesó a mi padre cuando este le contó que era ecijano. La ciudad del sol y de las torres, encajada en el valle del río Genil, tiene un maravilloso patrimonio histórico y artístico, pero también tiene un clima que en invierno se vuelve húmedo y frío, aunque soportable si uno no entra en el interior de una casa.
Durante toda mi infancia pasé las navidades en casa de mi abuela en Écija. Las recuerdo con gran felicidad, pero aún tiemblo de frío cuando pienso en aquel suelo helado y en la sensación glacial de salir de la mesa camilla para ir al baño durante la cena de Nochebuena. O en la nariz congelada mientras trataba de coger el sueño bajo tres mantas.
Pero no vengo aquí solamente a poner en cuestión el microclima interior de las viviendas de Écija sino el de gran parte de las casas de mi tierra. Se acercan los días más temidos del año. Llega el momento de volver a casa por Navidad. Pronto toca hacer la maleta y disponerme a pasar varios días caminando sobre suelos de mármol, sobreviviendo a corrientes heladoras que silban por pasillos de techos altos y buscando el calor de un brasero como el único lugar donde sentirse a salvo y confortable. Un lugar, la mesa camilla, convertida en refugio desde el cual salir a cualquier otra estancia se convierte en un acto heroico.
Si hay alguien que se beneficie de esta realidad, esos son los fabricantes de batas. Una prenda extinguida en mi día a día, pero que se hace vital en los dominios de mis padres durante las fechas navideñas
En Andalucía gran parte de las viviendas no tienen calefacción, ni suelos o muros preparados para combatir el frío, sino todo lo contrario. El calor que nos castiga durante muchos meses al año nos ha dado unas casas frescas en verano pero que en invierno se vuelven lugares donde solo podría habitar un oso polar ataviado, eso sí, con una buena bata. Porque esa es otra: si hay alguien que se beneficie de esta realidad, esos son los fabricantes de batas. Una prenda extinguida en mi día a día, pero que se hace vital en los dominios de mis padres durante las fechas navideñas.
A la realidad constructiva del caserío andaluz, poco preparado para el frío, hay que sumar la de quienes habitan esas viviendas. Familias que no pueden plantearse instalar un sistema de calefacción o afrontar una reforma que mejore la eficiencia y aislamiento de sus casas. Ya casi no hablamos de ello, pero esta misma semana hemos conocido que el 6,9% de los hogares españoles sufre pobreza energética severa, según el Observatorio de la Transición Energética y la Acción Climática. La factura energética se ha reducido desde 2022 pero el número de familias con problemas para pagar la factura de la luz sigue creciendo año tras año.
Soy de los privilegiados que pueden encender la calefacción en casa, en Madrid. Porque no se trata de tener calefacción, sino de poder ponerla. Afortunadamente, en casa de mis padres también se lo podrían permitir, pero aquí el problema es el contrario: no tienen calefacción. Así que allá voy. Llenando la maleta de calcetines gordos y confiando en que mis padres me presten unas babuchas y una bata. Y con un remedio bajo la manga que nunca falla: echarse a la calle. Hace menos frío que en casa. Feliz Navidad.
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