Opinión | A compás
Vivir como una gitana

Ágatha Ruiz de la Prada / Europa Press
Las declaraciones días atrás de la diseñadora Ágatha Ruiz de la Prada en una entrevista en Telecinco donde, a cuenta de su mudanza, declaró estar “viviendo como una gitana” por “no tener ni agua, ni luces, ni lavabo” despertaron pronto el malestar entre reconocidas figuras, como Lolita o Pitingo, y entre centenares de gitanos anónimos y artistas flamencos que utilizaron las redes para denunciar el comentario hiriente que para nada refleja la realidad social de su cultura. Ya lo decía la cantaora María Terremoto en la entrevista que publicaba el sábado este periódico: “Me encantaría invitar a esta mujer a que venga a mi casa o a casa de mi tía Luisa, la hermana de mi padre, y que tenga las esquinas tan limpias como las tiene mi tía, y que tenga la nevera tan llena como la tiene mi tía, y las comodidades de mi tía…”.
La indignación nace de una comunidad que está harta de que se le siga viendo como a ciudadanos de segunda y se proyecte de ellos la imagen de unos seres asalvajados, primitivos, conflictivos o delincuentes, que viene de un profundo desconocimiento y de dañinos prejuicios que los estigmatizan desde que nacen.
Es interesante comprobar, como explica la abogada, sindicalista, feminista, activista por los derechos humanos y mestiza gitana, Pastora Filigrana García, cómo muchos de los estereotipos que pesan hoy sobre el Pueblo Gitano han sido construidos y sostenidos a través de la representación de lo gitano en el arte, que ha oscilado siempre “entre la fascinación y el miedo”.
Una consecuencia de esta construcción ha sido, sostiene Filigrana, “la deshumanización con la que ha sido percibida la población gitana desde el imaginario hegemónico”. Es decir, los gitanos no han sido concebidos como personas de pleno derecho, y esto “ha posibilitado en muchos momentos históricos una gran connivencia social hacia la persecución y castigo de la identidad gitana”.
Los gitanos no han sido concebidos como personas de pleno derecho, y esto “ha posibilitado en muchos momentos históricos una gran connivencia social hacia la persecución y castigo de la identidad gitana”, sostiene la abogada, sindicalista, feminista, activista por los derechos humanos y mestiza gitana, Pastora Filigrana García
Esta persecución ha llegado en algunos momentos históricos a programas de exterminio étnico. Recuerdo al respecto lo que me impactó en 2012 el espectáculo Lo real-Le Réel-The Real en el que el bailaor Israel Galván puso el foco en el genocidio de los gitanos europeos bajo el régimen nazi, un hecho del que aún no se ha hablado ni se ha hecho suficiente justicia.
Más allá de estas atrocidades, este “disciplinamiento” ha servido para argumentar “tanto la pobreza y exclusión a la que sigue abocada gran parte de la población gitana en la actualidad como para justificar la especial vigilancia y control social que aun impera sobre los grupos gitanos”, señala la activista.
Afortunadamente, el flamenco me ha permitido conocer de cerca y convivir con gitanos y gitanas de todas las edades y procedencias y descubrir que vivir como una gitana es vivir con dignidad, con arte, con alegría, con amor, con valentía, con arrojo, con generosidad, con honestidad, con respeto y con poderío.
“Tienes que comprender que los gitanitos tenemos éste (corazón) más grande que usted…y a ver si aprendes a respetar a todita la gente”, ha respondido a Ruiz de la Prada por soleá en un vídeo que se ha hecho viral el cantaor Jonathan Torres, trabajador social de la Federación de Asociaciones de Mujeres Gitanas Fakali.
A veces pienso la suerte que tenemos de pertenecer a una tierra donde gitanos y payos crecemos juntos y compartimos espacio, vivencias y familias, aprendiendo unos de otros y enriqueciendo nuestro patrimonio y nuestra cultura.
Aquí en Sevilla, en Lebrija, en Utrera, en Granada o en Jerez, por citar sólo algunos ejemplos de convivencia, los gitanos más morenos y los rubios de ojos azules son reyes, príncipes, diosas, señoras de pies a cabeza y patriarcas a los que les debemos gran parte de lo que somos y lo que pensamos. Una manera de entender y de ver la vida más libre, igual más humana, y desde luego más fraternal.
Me enorgullece también que el flamenco, un arte cuyo origen y existencia no sería posible sin el talento, la creatividad, la expresión y la mirada del pueblo gitano, abandere esta relación natural que siento que a veces llama la atención desde fuera. Lo hablaba, por ejemplo, con la periodista austriaca Susanne Zellinger, directora del documental Paraíso de cristal, en el que recoge cómo el arte flamenco es un vínculo entre gitanos y payos en Andalucía a través de testimonios de artistas como Pepe de Pura, Manuel Valencia, José Valencia, Mercedes de Córdoba o Aitana Aguirre.
Afortunadamente, el flamenco me ha permitido conocer de cerca y convivir con gitanos y gitanas de todas las edades y procedencias y descubrir que 'vivir como una gitana' es vivir con dignidad, con arte, con alegría, con amor, con valentía, con arrojo, con generosidad, con honestidad, con respeto y con poderío
De hecho, me encanta comprobar que las posibles diferencias culturales de tradiciones o de pensamientos se hablan entre artistas y aficionados gitanos y payos desde el respeto mutuo, no desde la superioridad moral con la que se suele ver todo lo que provenga de esta comunidad. Y, es más, cuando entre nosotros decimos que algo ha quedado muy payo lo que queremos expresar es que le falta la fuerza, la expresividad y el carácter que los gitanos abanderan.
Por supuesto que meter la pata o soltar un comentario inoportuno no te convierte directamente en racista, machista o clasista, pero negar que el comentario lo sea y dar legitimidad a este tipo de improperios por aquello de que son frases hechas o que se han dicho toda la vida es irresponsable, inapropiado y censurable.
Más allá de los insultos directos, hay chistes que ya no nos hacen gracia, refranes que omitimos y chascarrillos que, como sociedad responsable, tenemos que rechazar si ridiculizan al débil, hieren a un colectivo, caricaturizan a una comunidad o desprecian al otro
Lo que decimos y las palabras que empleamos son un reflejo de lo que somos y si es fundamental cuidar el lenguaje y renovarlo cuando se queda obsoleto es precisamente por la capacidad de éste para modificar el pensamiento de una sociedad.
Más allá de los insultos directos, hay chistes que ya no nos hacen gracia, refranes que omitimos y chascarrillos que, como sociedad responsable, tenemos que rechazar si ridiculizan al débil, hieren a un colectivo, caricaturizan a una comunidad o desprecian al otro. Mucho más si se producen en un medio de comunicación que, como denunciaban en su comunicado Fakali, debe asumir su papel trascendental en la conformación del pensamiento. “Nos jugamos mucho cada vez que se permite en prime time un comentario anticonstitucional, racista, homófobo, intolerante o discriminatorio. Hay que asumir el error garrafal y constituir entre todos/as una sociedad más rica y más limpia, mentalmente hablando".
Pues eso, aceptemos la denuncia, pidamos perdón y desterremos el racismo de las conversaciones y de nuestras vidas. A los que piensen que qué tontería, que a ver si ya no se va a poder hablar de nada por miedo a ofender o sandeces del estilo, sinceramente prefiero verlos callados.
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