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Opinión | A compás

Al flamenco le hace falta un ‘Milagrito’

El presidente de la Junta, Juanma Moreno, y otros artistas flamencos escuchan al cantaor 'El Pele' tras la aprobación de la norma.

El presidente de la Junta, Juanma Moreno, y otros artistas flamencos escuchan al cantaor 'El Pele' tras la aprobación de la norma. / Junta de Andalucía

Al flamenco le hace falta un Milagrito que de una vez por todas elimine la suciedad incrustada de mafia, corruptela, clientelismo, abusos de poder, falta de compañerismo, deshonestidad y desvergüenza. A veces fruto del descaro, la codicia o la inmoralidad y otras acumulada simplemente por la pereza, dejadez, apatía o comodidad de quienes prefieren pasar una toallita rápida a abrir las ventanas y dejar todo escamondado.

Por más que me repito el mantra de tú a lo tuyo que me aconsejaba mi abuela, criada en una época en la que pasar desapercibida era lo único que podía protegerte del maltrato, el ostracismo o la muerte, se me sigue hinchando la vena cuando veo de qué modo hemos llegado a normalizar comportamientos y prácticas abusivas, inmorales y delictivas.

Como advertía el escritor uruguayo Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, parece que nos hemos dado por vencido frente a un sistema que instaura la cultura del terror a través de un colonialismo visible que te mutila sin disimulo: te prohíbe decir, te prohíbe hacer, te prohíbe ser. Y otro invisible que te convence de que la servidumbre es tu destino y de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser.

Estos días se me han cruzado en las redes publicaciones y comentarios de profesionales de lo jondo cansados de intentar conservar su dignidad entre tanta invitación a la ignominia. Porque, toma que toma, en el flamenco perviven y conviven representantes mafiosos que mercadean con las carreras y se quedan con el dinero de los recitales. Ayuntamientos cómplices que permiten estas prácticas y miran para otro lado dejando la contratación de sus festivales en manos de compadres y amigachos que les devuelven los favores en forma de jamones, por decir algo sano.

En el flamenco perviven y conviven representantes mafiosos que mercadean con las carreras y se quedan con el dinero de los recitales

Directores de medios de comunicación que se saltan a la torera los criterios de lo noticiable y el código deontológico para aupar o ignorar a según quién, en función de intereses espurios, obligando a los plumillas a “dar cariñito” a determinados nombres.

Instituciones que despiden o vetan a trabajadores por razones ideológicas y fichan como colaboradores a discípulos complacientes y tontos útiles que no han tenido que hacer en su vida un currículo.

Administraciones públicas que destinan partidas presupuestarias a medios que no pagan a sus redactores, asignan proyectos a dedo y financian con el dinero de todos iniciativas inútiles y cortoplacistas impulsadas con el único fin de salir en la foto. Cargándose en el camino las convocatorias, ayudas y subvenciones destinadas al sector y malgastando.

Políticos ignorantes, irresponsables y arrogantes que trafican con favores y repiten argumentarios vacíos porque saben que lo que se vota no es la gestión sino la oratoria.

Periodistas, críticos y lobbies que ponen trampas y zancadillas, arrinconan al débil, modifican su opinión según les rente y aprovechan su estatus, influencia y su voz para desprestigiar al que les hace sombra o molesta, con tal de colocarse en primera línea.

Gente con pasta, funcionarios, jubilados y altos cargos que se ofrecen gratis, tiran los precios y ocupan sillas para seguir en la pomada, a sabiendas de que así dilapidan el acceso al mercado laboral a los más jóvenes y trastocan aún más un mercado de por sí inestable y precario.

Programadores y directores de eventos inconscientes y vanidosos que, lejos de pensar en construir desde lo colectivo, integrar las distintas sensibilidades, favorecer consensos y dirigirse a todo tipo de públicos, toman decisiones arbitrarias desde un despotismo que se nutre en la camaradería.

Empresarios ineptos que no dan la cara, te dejan vendido y si te he visto no me acuerdo. Y caciques sin escrúpulos que no sólo no se comprometen con la sociedad de la que se enriquecen, sino que se aprovechan de la necesidad de los vulnerables.

Interventores, funcionarios, administrativos y técnicos que se cargan la industria y aniquilan la creatividad amparándose en una burocracia deshumanizada y cruel que cuestiona cada factura de un creador y retrasa los pagos lo que le parece sin dejar al interesado sin derecho siquiera a presentar una queja.

Peñas que reclaman dinero público para sufragar los gustos de la afición sin establecer un compromiso ni con la preservación y difusión de este arte ni con los artistas. Tablaos que contratan -eufemísticamente hablando- a sus cuadros con condiciones lamentables.

Artistas interesados que sonríen, cantan y bailan para medrar, desprecian a los que empiezan o triunfan y empujan a los de su competencia vendiéndose al mejor postor. Además de los impresentables que suspenden conciertos o llegan tarde a los encuentros alimentando una mala fama que lastra al flamenco.

Artistas interesados que sonríen, cantan y bailan para medrar, desprecian a los que empiezan o triunfan y empujan a los de su competencia vendiéndose al mejor postor.

Aficionados que presumen de jondura y son incapaces de rascarse el bolsillo para pagar una entrada. Espectadores que aplauden lo fácil o lo conveniente.

Las cloacas del flamenco, como las de la sociedad, están llenas de trepas, cobardes, rencorosos, cutres, caciques, machirulos, insensatos, acomplejados, ruines, pelotas... Lo peor es que la precariedad, la falta de oportunidades y recursos, la desigualdad, el miedo y el discurso neoliberal que aboca al sálvese quien pueda y nos convence de que nuestra suerte depende de nosotros nos convierte en consentidores de esta tiranía y nos mantiene callados. A ver quién es el primero que se atreve a sacar la fregona. 

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