Opinión | La ciudad en la mirada
De la memoria en los lugares: la casa

El interior de una casa en el Pumarejo. / Cristina Vicente Gilabert
Encontrar un solar vacío en la ciudad me provoca curiosidad y nostalgia a partes iguales. No por el hueco que dejan, sino por el perímetro que los rodea. Estos espacios suelen estar abrazados por muros medianeros que despliegan hacia la calle un collage de texturas y colores: los azulejos del baño, el papel pintado de una habitación infantil, la huella de una escalera o un banderín del Betis que se quedó colgado en la pared. Son vestigios sutiles que nos hablan de las últimas personas que habitaron el edificio que hoy vemos desnudo y expuesto, aquel que antes ocupó el vacío.
Me fijo en las paredes. ¿Qué historias habrán vivido esos muros? Me vienen a la mente escenas cotidianas: una cena de Navidad en el comedor, una discusión familiar, una abuela cocinando torrijas o un niño haciendo los deberes en su habitación. Nada del otro mundo. O más bien, todo lo contario: es la vida misma. En esas paredes aún resuenan los ecos de las buenas noticias contadas, los lamentos por una pérdida, los goles celebrados y los silencios. Sobre todo, los silencios.
La construcción de la identidad es un proceso inevitablemente espacial, pues usa como soporte estructural lugares que habitamos y nos habitan al mismo tiempo. De todos esos espacios que transitamos a lo largo de la vida, la relación más íntima la establecemos con la casa. En El libro de las casas, el escritor italiano Andrea Bajani reflexiona sobre esta cuestión de una manera muy original. La novela se sitúa en la Italia de los años de plomo, con los asesinatos de Aldo Moro y Pasolini como telón de fondo: una época convulsa, de transformaciones profundas, donde todo parece desmoronarse y reconstruirse al mismo tiempo. Frente a este contexto volátil, las casas habitadas por el protagonista reflejan la permanencia. Son refugios del tiempo donde se deposita y se construye la historia vital.
Luis Cernuda, también retrató la idea de la casa como templo de la permanencia
Luis Cernuda, también retrató la idea de la casa como templo de la permanencia. Su poema Escrito en el agua comienza así: “Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. (…)”. La casa número seis de la calle Acetres representó ese anhelo de permanencia mientras hubo quien volviera a ella, aunque fuera desde el pensamiento. Durante sus años de abandono se convirtió en ese lugar donde resuenan los silencios. Pero hoy, afortunadamente, estamos más cerca de hacer realidad el deseo de eternidad del poeta.
Parece que en Sevilla se ha despertado recientemente un interés patrimonial acerca de lo doméstico que está impulsando a rehabilitar casas de sevillanos ilustres. No sólo la de Luis Cernuda se prepara para su reapertura; también es noticia que la casa natal de Velázquez cuenta con nuevos inversores que vaticinan su pronta recuperación. En estos edificios, el valor trasciende la materialidad de la arquitectura, y prevalece el valor simbólico de haber sido el escenario de vida de figuras clave para la historia de la ciudad. Protegerlas es también proteger una parte de la cultura sevillana.
Empezar a reconocer lo doméstico como patrimonio es un paso importante. Ojalá esto nos ayude a comprender que la ciudad se construye desde los hogares.
Sin embargo, no solo las casas de las personas consagradas por la cultura oficial tienen este valor. Cada hogar ha sido el escenario de vidas anónimas que han contribuido a la construcción de la identidad colectiva: aquella familia que vivió en un piso alquilado durante décadas y cada domingo tendía las sábanas en la azotea, el zapatero que trabajó en la planta baja de su vivienda toda la vida y saludaba a sus vecinos cada mañana, o la mujer que cada tarde regaba las macetas de su balcón para que la calle estuviera más bonita.
Empezar a reconocer lo doméstico como patrimonio es un paso importante. Ojalá esto nos ayude a comprender que la ciudad se construye desde los hogares. Ojalá comencemos a proteger también las casas anónimas para que dejen de ser ocupadas por vidas efímeras de fin de semana. Que vuelvan a ser refugios de la permanencia y cobijo de historias duraderas, capaces de dejar su impronta en el lugar. Ojalá que la memoria no se desvanezca antes de asentarse.
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