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Opinión | Cartas a Marina

Sevilla

Consumir cofradías

Pasos por la carrera oficial en Sevilla.

Pasos por la carrera oficial en Sevilla. / Eduardo Briones - E.P.

La Piedad de los Servitas nos sorprendía bajo la fina llovizna de los últimos días de invierno en el palio de traslado de la Virgen de los Dolores de La Puebla de Cazalla y con una banda tronando tambores destemplados. Ha habido quien ha descrito la escena como un producto para minorías selectas. Sin embargo, el hecho no fue más sagrado que cualquier palio de periferia cuyas bambalinas barren balcones al compás de marchas triunfales. Como bien describe el periodista Jorge Pulgar, un producto menos comercial ―lo que podría equivocarse con un gusto más exclusivo― que busca llenar un vacío.

¿Por qué nos gusta una Virgen y no otra? ¿Por qué amamos a una hermandad y detestamos a su vecina? ¿Qué hace que un momento nos parezca sublime y otro, simplemente, una vulgaridad? Vemos cofradías ―y nos inscribimos en ellas― como quien configura sus preferencias en Netflix. Series de suspense o películas de acción, thrillers germanos o comedia romántica hollywoodiense, humor inglés o cine de autor iraní. Con las cofradías pasa igual. Hay quien se extasía con los motetes de la Quinta Angustia en la tarde del Jueves Santo y quien revienta de alegría cuando el olivo de Montensión se cimbrea por Correduría. Nuestras decisiones pretenden satisfacer nuestros deseos y, al mismo tiempo, conectarnos con quienes compartimos gustos.

Contemplar cofradías y pertenecer a ellas es un acto de consumo como tantos otros. Como comprar una vivienda, como salir a cenar al restaurante de última moda, como elegir el voto de las próximas elecciones municipales o como comprarse un coche. Habrá quien al leer esto ya esté poniendo un mohín de desagrado. Sin embargo, lejos de suponer una mala noticia, este enfoque permite explicar procesos sociohistóricos tan complejos como la sustitución de imágenes sagradas, las controversias por los horarios o las transformaciones estéticas del último siglo, solo por citar alguno de los debates actuales. También permitiría explicar el éxito del cofradierismo en las últimas décadas: frente a las religiosidades rígidas de los nuevos movimientos eclesiales ―Camino Neocatecumenal, Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación, Opus Dei et al.―, el cofradierismo tiene la virtud de integrar diversas religiosidades dentro de un mismo fenómeno. Al fin y al cabo, lo llevan haciendo de su origen: esencialmente, canonizar las prácticas religiosas marginales que se encuentran en las periferias de la Iglesia.

Confundir consumo con banalización es un tremendo error. No solo consumimos para autosatisfacer nuestros deseos. Como han explicado los autores de la reflexividad, también consumimos para expresar nuestra identidad: lo que somos, lo que sentimos, lo que nos representa y con quién o qué queremos que nos asocien. Lejos de la supuesta laicización que en los noventa le impusieron al cofradierismo ―esa idea de cofradías sin Dios―, hoy, más que nunca, todo lo relacionado con ellas está embadurnado del hecho religioso. Consumimos cofradías ―bandas, ensayos de costaleros, videos de hace una década, vestimentas de vírgenes, palios, montajes de altares― con el profundo convencimiento de que expresan creencias manifestadas en la vida cotidiana. La misma lectura tiene un concierto de Hakuna que llena el Wizink Center de Madrid con 17.000 espectadores que la abarrotada iglesia de la cofradía del Polígono: vivir la religiosidad con un lenguaje contemporáneo. Nuevos productos para nuevos públicos.

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