Opinión | Azul Machado
Pipas romanas

Armaos de la Macerena. / Jesús Barrera
Quizás sea otra manera más de vivir las vísperas, otro comienzo más, no por ello menos expectante. En la explanada del Hospital de las Cinco Llagas, el pavimento de chino lavado conoce de sobra el personalísimo andar de la Centuria, como lo conocen el puesto de calentitos, el bar Manolo y las paradas de autobuses.
Tras varias vueltas, la Legion III cruza el paso de peatones de la Ronda como un Abbey Road macareno, adentrándose intramuros por los adoquines de la vieja Roma Hispalense. La circulación se ve alterada momentáneamente por el desfile marcial que origina el ensayo de los Armaos y aunque no se lleven plumas, se comen pipas, se marca el paso y la gente se aposta a los lados, para disfrutar del espectáculo de cada cruce, en una coreografía perfecta.
Los niños, aspirantes de aspirantes, observan serios e imitan el paso, a la perfección. El cabo gastador abre el camino, el teniente pasa lista, no se separa de su carpeta y el capitán en su sitio, solo, serio, en su ínsula ahora huérfana de plumas, en breve inundada de la majestuosidad que otorga el ser precisamente eso, el Capitán de los Armaos, el primero, el de las veintiuna plumas.
El cortejo avanza, pisando sus calles nuevamente y tras cruzar el arco chico, ya se intuye la alegría, esfervesciendo.
Reyes AguilarContradicciones Macarenas
Visten ropa de calle, con cierto decoro, afortunadamente pocos días después, serán todos uno, uniformados de faldón de terciopelo y medias rosas por la obra y la gracia de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, y la cresta de plumas al viento, altiva, señorial, imperiosa, mecerá el aire, mezclando señorío, identidad, cuartelá de pescao y corralón de vecinos.
La gente se asoma a los balcones, aplauden y aunque no les lancen tantos piropos como antes si les miran con sorpresa; la señora con bata de boatiné ha sido sustituida por el huésped de piso turístico que les fotografía desde un primer piso, con pantalón corto, calcetines y chanclas.
Pero la alegría avanza, ajena a todo, contagiando, discurriendo presumida, por las arterias macarenas y cuanto más avanza, más contagiosa es.
El andar marcial continúa su discurrir por esta Sevilla orillada por lo rancio y lo moderno, entre tabernas con alfombra de serrín y avellanas y modernos gastrobares de plato de duralex vintage. La barra de Mariano Camacho les observa, como lo hace el bar de tacos mejicanos, el pasaje Valvanera y lo hacen los balcones, entre macetas, banderas de España, de Andalucía, de Palestina y alguna olvidada guirnalda navideña. Los extranjeros que no saben lo que están viendo les graban y ellos, les miran con la retranca de sus ojos insolentes, radiantes, marciales y orgullosos, entre los grafitis, los coches, sus conductores sin paciencia y las bicicletas aparcadas en los árboles.
Ese barrio, que ya no es lo que era, sigue siendo lo que es, y resiste porque la resistencia está en su idiosincrasia. Quedan algunos bares y pocos vecinos autóctonos y vienen nuevos que no han comprendido que como cada día del Septenario y como toda la vida, la banda tocará tras el andar marcial acabando en las puertas de la Basílica, donde todo finaliza hasta el día siguiente, entre aplausos, como no puede ser de otra manera.
Las ventanas y balcones se cierran, hasta el día siguiente y hasta que llegue el día del pellizco del relente, según me apunta el poeta y vuelva a desfilar la Legión Tercera con sus cuatro siglos de historia, coraza, enagueta, rodelas y plumas, la Roma sevillana rendida a una Sentencia, la de los placeros del mercado de la Feria, la de los pescaderos, la de los trabajadores del Corte Inglés, la de los funcionarios del juzgado, la de los taberneros, la de los maestros e incluso la de algún torero, miscelánea de plumas blancas para una guardia pretoriana hispalense que solo tiene una misión año tras año; repartir alegría y Esperanza.
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